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FELIPE AGUILAR LUCAS

Historia de doña Juana. (1992)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[ AGUILAR LUCAS, Felipe: "Historia de doña Juana", Programa de Fiestas de Nuestra Señora de la Casita , Ayuntamiento de Alaejos, 1992.]

HISTORIA DE DOÑA JUANA

 

Prisión del campo rebelión del alma, pero llegó el año 1467, decisivo para el porvenir de Doña Juana y esta fue entregada por el propio Rey en rehenes al Arzobispo de Sevilla que la llevó al castillo de Alaejos, donde parece que fue galanteada por el procaz prelado, y aun algunos insinúan que logró seducirla.

 

“El Arzobispo de Sevilla perdió el seso”, nos dice Palencia con la prenda que en rehenes le había entregado Don Enrique: la llevaba sobre una mula de cazar por los bosques de Coca y aprovechaba el cinegético paseo para requebrarla atrevidamente.  Parece cierto que no sólo no logró sus propósitos, sino que el deseo de huir de él fue una de las razones que determinaron la fuga de Doña Juana del castillo de Alaejos.  Según Enríquez del Castillo, esta actitud de la reina fue causa principal del odio que la cobró el Arzobispo, y motivó en gran parte la reunión de Guisando y las consecuencias de este pacto: y es de gran interés este comentario para explicar los turbios fondos pasionales en que se fraguó el histórico suceso, que tanto se ha querido explotar contra Doña Juana.

 

Está bien averiguarlo que quien la enamoró no fue pues el prelado guardián, sino su sobrino Don Pedro de Castilla, el mozo, bisnieto de Don Pedro el Cruel, este sí, sin duda, fue su amante, pero su único amante.  Salvo Sitges, los historiadores poco piadosos con Doña Juana no insisten lo suficiente en que el pacto de Guisando (año 1468), redactado por los enemigos de los reyes con la bárbara e irrespetuosa crudeza de todos conocida.  Se hace constar sin embargo expresamente que “la reina no había usado limpiamente de su persona de un año a esta parte”; es decir, justamente en el año de su supuesto adulterio con Don Beltrán, al que no se alude para nada y no sería por falta de ganas en dicho documento.

 

Resulta pues inequívoca dolarada por sus propios enemigos, la mentira de los amores de la Reina con el fanfarrón de Don Beltrán; como de estos amores se deriva todo el pleito, históricamente transcendente de la legitimidad o ilegitimidad de la infanta Doña Juana la Beltraneja, conviene insistir sobre este dato de valor crucial.  Sólo Sitges, como hemos dicho, comenta en este sentido la declaración de Guisando.

 

En cuanto a la Reina no hubiese usado limpiamente de su persona de un año a esta parte, era verdad como vamos a ver; pero nótese que si sólo había hecho mal uso de su persona de un año a esta parte, esto parece indicar que antes no había cometido tal desmán y es muy raro que cuando tan atrevidamente se hablaba, no se hiciera mención o referencia a su supuesto adulterio con Don Beltrán de la Cueva.

 

Este razonamiento es irrefutable y nada pueden contra él otras sutilezas.  Llanos y Zorriglia me decía en una admirable carta: La frase de Guisando no exculpaba a la inculpada por su conducta anterior, sino que equivalía a decir, en mi opinión: ¿Ven ustedes cómo la que ahora está tejiendo este cesto era capaz de tejer cien cestos más?  No; la frase de Guisando es terminante y no admite interpretaciones partidistas; no quiere decir más que lo que dice y es esto: “que la Reina de un año a esta parte no ha usado limpiamente su persona”, y no antes; ni más ni menos y es lo suficiente para que el historiador tome una actitud digna de este asunto.  Y aquella actitud no puede ser otra que esta: si admitimos como debemos admitir, la no existencia de los amores de Doña Juana y Don Beltrán, por lo menos este hecho con los datos expuestos al principio sobre la relatividad de la impotencia de Don Enrique resurge en el fondo de nuestra conciencia la convicción de que la Beltraneja está en la densa oscuridad que envuelve su genealogía, en apercibirse de la causa que la impulsaba a arrastrar antes el escándalo de la fuga que el peligro de su permanencia en la Fortaleza.

Entonces fue cuando don Beltrán dicen que dijo lo de las piernas flacas.

 

Enríquez del Castillo dice que la Reina fue descolgada en un cesto, que se golpeó al caer y que se lastimó la cara y en la pierna derecha, pero luego que así cayó, fue arrebatada y puesta en las ancas de una mula de Luis Hurtado y así sin más andar, sin parar, se vino con ella hasta la Villa de Buitrago donde estaba su hija.  Ya hemos dicho que para este cronista otro de los motivos de la fuga fue el apartarse de las solicitudes del Arzobispo.

Cuando Don Enrique se enteró de la fuga de Alaejos dice Palencia que tuvo gran disgusto.  Es lo menos que le pudo producir tal noticia aun teniendo en cuenta la mansedumbre de su espíritu.  Luego veremos que quiso prender a Don Pedro, pero desistió ante el llanto de la adúltera, de Doña Juana.

Fue el vestido que adoptó para disimular el abultamiento del vientre y luego por moda adoptaron también todas las damas nobles españolas, vestidos de desmesurada anchura que mantenía rígidos en torno del cuerpo multitud de aros durísimos, ocultos y cosidos bajo la tela, de suerte que hasta las más flacas parecían con aquel traje corpulentas matronas y a todas podría creérselas próximas a ser madres.

Es conocido este origen escabroso que se atribuye al guardainfante; pero no tanto a lo que creó su relación con Doña Juana de Castilla.  Los libros de historia de la moda como el de Max Boehn señalan erróneamente por lo tanto el origen del guardainfantes, nombre harto explicativo en el siglo XVI, mucho más cerca del rey, débil e ingenuo de sí mismo que del fachendoso galán.

 

En Alaejos sí empieza la vida extralegal de doña Juana, pero sólo entonces y en verdad, recordando las circunstancias que habían rodeado a la Reina, es indigno, aunque muy español, el hacer caer sobre su pobre cabeza femenina la culpa elaborada por tantos hombres sin escrúpulos; y no se precisa aquella mirada con que crito como el águila en las nubes, contemplaba, desde lo alto las conciencias, para invitar, ante esta Reina infeliz a tirar la primera piedra a los que en trance semejante no hubieran claudicado también.

 

De su amante Don Pedro el Mozo tuvo la Reina dos hijos: Don Apóstol y Don Pedro, con el que se fugó dramáticamente del castillo.  Y es digna de ser recordada la página vigorosa y dramática en que Palencia describe la aventura estando ya embarazada de siete meses.  Terminó el motivo que la tenía en rehenes y el Rey envió a varios nobles a que la sacaran del Castillo de Alaejos y la acompañasen a Madrid.  Se aterró la Reina, porque en la Corte la hubiera sido imposible disimular su embarazo y despidió con un pretexto a los enviados de su marido, y una noche se descolgó por el adarve siendo recogida abajo por su amante Don Pedro, que según lo convenido, la aguardaba junto al portillo del muro inferior, a la sazón tapiado con piedras sin trabazón de cal.  Apartáronlas prontamente, penetraron por él y, siguiendo el sendero de la cava en que se asentaban los cimientos, salieron al campo donde hallaron a Pedro de Castilla y a Juan Hurtado, hijo de Rodrigo Díaz de Mendoza, con diez caballos, reunidos todos dirigiéndose por orden de la Reina a Cuéllar en busca de Don Beltrán que allí estaba y aunque ella le dio una explicación falsa del motivo de su venida no tardaron él y los suyos.

 

Pero volviendo a Doña Juana, después de su fuga, su vida entra en un rápido ocaso.  Vivió primero con los Mendoza en Trijueque y otras villas de sus Estados, luego se trasladó a Madrid y allí vegetó con sus dolores y sus recuerdos, retirada en el convento de San Francisco hasta que murió en 1475 a los treinta y seis años de edad, pocos meses después de fallecer Don Enrique.

 

Dicen que esta Reina fue buena, pero que nunca fue ni entendida ni comprendida por aquella sociedad de entonces.

 

 

Felipe Aguilar Lucas.

 

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