CIPRIANO BARAJA CARRETERO
Pasado y presente de un pueblo castellano. (1968)
La Mariseca. (1975)
[BARAJA CARRETERO, Cipriano: "Pasado y presente de un pueblo castellano", Programa de Fiestas de Nuestra Señora de la Casita , Ayuntamiento de Alaejos, 1968.]
PASADO Y PRESENTE DE UN PUEBLO CASTELLANO
Un año más Alaejos celebra sus tradicionales Fiestas de la Casita, de todos conocidas. Lo que no conocemos es por qué estas fiestas de Septiembre las llamamos Fiestas de la Casita.
Por tradición ha llegado a nosotros esta denominación; denominación que acepto y respeto, y sé que continuará en lo sucesivo hasta un futuro indefinido. Aunque la creo algo lógica, la encuentro errónea e impropia.
Indudablemente que estas fiestas se celebran en honor de Nuestra Patrona la Virgen de la Casita, el día 8 de septiembre, festividad de la Natividad de Nuestra Señora. Sin embargo, a mi juicio, la verdadera fiesta de La Casita, debiera ser el día 10 de mayo, por ser este el día en que la Santísima Virgen se apareció en Alaejos a una devota mujer, para ser venerada bajo la advocación de Virgen de la Casita.
No es aclarar este punto, ni mucho menos discutirlo, lo que me lleva a escribir estas líneas, sino amenizar con ellas el programa de estas fiestas. Para ello, quiero hacerlo con una breve exposición de Alaejos en su origen y en su historia, así como en su presente, en su aspecto como pueblo castellano.
El origen de Alaejos no es muy conocido, pero sí antiquísimo. Se cree que ya uno de nuestros Reyes Godos, por haber tomado parte en su erección, como por haber formado de sus valientes y bravos vecinos una legión “alada”, por muy querida, la puso este apellido, de donde nació, sin duda el nombre de Alaejos.
En la historia hay también otras versiones sobre el nombre, llamándole unas veces Alaexos, otras Alhaejos, Alarejos o Alaejos, como ha llegado a nuestros días.
Por la simple exposición del origen de Alaejos, ello nos dice que indudablemente ha tenido su historia. Nos lo dicen también las ruinas de su castillo; el antiguo hospital; los escudos nobiliarios que aún se conservan en las fachadas de muchas de sus casas, y, sobre todo, los dos maravilloso Templos Parroquiales, verdaderas obras de arte en cuanto a su estilo y valor arquitectónico y artístico.
A lo largo de su historia, Alaejos ha sido cuna de un gran número de personas ilustres. De forma simbólica quiero tributar un recuerdo a todos ellos, con la mención especial de alguno.
Al mencionar a unos y silenciar a otros no lo hago porque aquellos fueran de más elevada posición o linaje, puesto que comienzo por la más humilde de las personas que ha tenido la villa: Catalina de la Cruz, quien tuvo la dicha de que a ella se la apareciese Nuestra Patrona la Santísima Virgen de la Casita el día 10 de mayo del año mil cuatrocientos noventa.
El P. Valeriano de Ledesma; el P. Juan Carrasco Corregidor; Fr. Manuel de San Bernardino; Fr. Gabriel de la Anunciación; Fr. Francisco Fernández, confesor de la Reina Ana María de Austria; el P. Bernardo Recio; el eminentísimo D. Manuel Arias, Gran Canciller y Embajador de la Religión de San Juan, Presidente de Castilla, Gobernador del Reino, Arzobispo de Sevilla y Cardenal de la Iglesia Romana; el Rvdo. P. Miguel de Alhaejos, Prior de San Lorenzo el Real, el cual renunció al Obispado de Cuenca que le otorgó el Rey Felipe II, y a su súplica honró Su Majestad a su paisano D. Juan Fernández Vadillo, quien erigió de su patrimonio un pósito para labradores de su pueblo, una memoria para vestir pobres y otra para curar enfermos, siendo por último consuelo de sus paisanos; D. Juan de la Fuente, Presidente de Castilla; Don Cristóbal Salamanqués, a quien otorgó el Emperador Carlos V muchas mercedes, haciéndole Gobernador de Calingas, Capitán General de Artillería y Gobernador de la Plaza de Olivenza; D. Pedro Salamanqués, confesor del Emperador; Don Pedro Payno, Obispo de Zamora y Orense, Capitán General de aquellas fronteras y Arzobispo de Sevilla; Fr. Lucas de Lozoya, Obispo de Zamora; el General Zabacos; Don Antonio Hernández Morejón, autor de varias e importantes obras de medicina, escritor y humanista de primer orden y médico de Sus Majestades; y otros muchos que han dado gloria y honor a su pueblo.
Alguno de los citados anteriormente tuvieron su vida en el siglo pasado; pero desde mediados de él, parece como si, súbitamente, se hubiera interrumpido la historia de Alaejos. ¿Es el motivo que ya desde entonces comenzó la decadencia de los pueblos de Castilla que tanta vida y esplendor tuvieron en épocas anteriores...?
Sin embargo, Alaejos, continúa su vida; sigue su historia.
Vamos a hacer un rápido viaje retrospectivo a través del tiempo y nos trasladamos a los primeros años del segundo tercio de este siglo, y desde entonces comenzamos una nueva historia para nuestro pueblo, historia que si la estudiamos con detalle, también se pueden escribir de ella muchas páginas gloriosas.
Indudablemente, Alaejos, en su historia, a partir de entonces, ha sufrido un cambio rotundo. Su único medio de vida es la agricultura, y ésta ha cambiado totalmente sus estructuras y manera de cultivo.
Con este cambio, no sé si decir que desgraciada o afortunadamente, muchos de sus hijos han tenido que experimentar un cambio total en su modo de vivir. Digo desgraciadamente, porque se han visto en la ineludible necesidad de abandonar su pueblo natal, porque los modernos sistemas de cultivo de la tierra imponen la restricción de la mano de obra, marchando a zonas industriales, en las que encauzar una nueva vida. Y digo también afortunadamente, porque éstos, tan abnegados en el trabajo y por sus excelentes virtudes y cualidades, pronto encontraron un nuevo medio de vida económicamente superior al que lograban apegados al terruño.
Los que aquí quedan, aún siguiendo su misma profesión de agricultores, también se han visto precisados a cambiar por completo su forma de trabajo, y, súbitamente, han pasado del clásico y arcaico arado romano, a manejar las más modernas máquinas agrícolas.
También esto requiere un esfuerzo; esfuerzo para imponerse en estos nuevos métodos; esfuerzo económico, por el elevado costo de estas máquinas. Pero no importa; sin reparar en medios, porque así tiene que ser si se quiere lograr algo eficiente, se está consiguiendo el fin propuesto. Así pasamos en estos últimos años del arado al tractor; de la hoz a la cosechadora; de los antiguos sistemas de cultivo, a los modernos; de poseer los vecinos de la villa solamente el veinticinco por ciento de la propiedad, al ochenta por ciento de que son propietarios actualmente.
Como vemos, mucho se ha conseguido, pero hay que aspirar a más, a mucho más. La nueva forma de vivir lo impone. ¿Por qué no buscar, dentro del pueblo, como complemento de la agricultura, otros medios de vida?
Hablé antes de la emigración impuesta por las circunstancias. ¿No puede haber algún día en que la emigración pasada se convierta en la inmigración de muchas personas que vuelvan gustosas a su pueblo natal si en él encuentran una ocupación digna que les permita cubrir con holgura sus necesidades de vida?
Seguro que pensaréis que esto es un sueño; que ya no se puede (ni se quiere) vivir en los pueblos porque es dura y monótona la vida en ellos; que Castilla es fea, y que existen otras zonas donde el trabajo es más cómodo y cuyas ciudades y paisajes son primorosos.
Puede que algo sea cierto, pero no en su totalidad. Cuando no se podía vivir en los pueblos era antes; lo que hacíamos entonces era malvivir; si teníamos necesidad, por ejemplo, de comprarnos unos zapatos, teníamos que caminar en carro (o en burro) veinticinco kilómetros hasta Medina del Campo, porque ni de bicicletas disponíamos, y si alguna había, no creo que existiera ningún valiente que emprendiera la hazaña de recorrer esos kilómetros por aquellas carreteras. Pero, pensad un poco. ¿Verdad que ya es distinto?
¿Que Castilla es fea? Aquí sí que no estoy de acuerdo. Miradla; estudiadla detenidamente, y después os respondéis a vosotros mismos. Cierto que hay otras zonas, cuyas ciudades y paisajes son maravillosos, pero no quiere decir que Castilla no lo sea; son completamente distintos, y precisamente en ese contraste, es donde nos hace ver que si aquello tiene sus encantos, Castilla también tiene los suyos.
Si hacemos un viaje a la montaña, al llegar a ella nos extasiamos y se infunde en nuestro ánimo, en nuestro espíritu, una alegría, una sensación de felicidad indescriptibles, y, a la vez, explicables.
Al regreso, al dejar la montaña y volver a la inmensa llanura de la meseta, podríamos sentir la nostalgia de lo que dejamos, y, sin embargo, no ocurre esto ¿por qué?, porque Castilla también nos ofrece algo. Cierto que en Castilla no tenemos las enormes montañas, los frondosos valles, los ríos de aguas limpias y cristalinas, la exuberante vegetación, el tipismo de sus edificaciones, de sus costumbres..., pero tenemos la luz de Castilla, el sol de Castilla, el aire limpio y puro de Castilla.
Si anteriormente nuestros ojos han contemplado el maravillo espectáculo de la montaña ¿no contemplan ahora otro paisaje, ¡también maravilloso! de la extensa llanura, al ver confundirse la tierra con el cielo, allá en el horizonte? ¿No es maravilloso también contemplar el bello espectáculo que ofrece un amanecer o crepúsculo castellano; el aspecto de sus tierras y sembrados, confundiéndose el eterno verde de sus pinares con el de sus trigales en primavera, el amarillo de sus cebadas en el verano o el pardo color de sus barbechos? ¿No es acaso Castilla, en primavera, el más bello jardín natural de España? ¿Habéis visto alguna vez otra flor más bonita que la amapola o los cardos de los campos de Castilla?
Ahora ya veis, estoy seguro, algo atractivo en Castilla, que antes, quizá no habríais visto. Pues seguid, seguid mirando, y cada día veréis algo nuevo en ella, algo que os invite a seguir contemplándola.
Supongo os daréis cuenta que al hablaros de Castilla es como si continuara, como en un principio, hablándoos de Alaejos; en él también existe todo eso que habéis leído; lo habéis visto infinidad de veces, todos los días; pero tan familiarizados estáis con ello, que no lo habéis dado importancia. Por un momento, cerrad vuestros ojos y veréis cómo viene a vuestra mente la clara visión de todo lo que habéis leído.
Si, además, os sentís románticos, músicos o poetas, veréis aún multiplicados sus encantos. Si hubo alguien que, inspirado en el vuelo del moscardón, compuso una bella partitura de música ¿por qué no puede surgir otro que, recogiendo el trinar de los pájaros del campo, el cantar de los grillos, el ladrido de los perros, las esquilas de las ovejas o el trepitar de los motores de las máquinas agrícolas, compusiera también otra no menos bella y armoniosa?
Cipriano Baraja Carretero
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[BARAJA CARRETERO, Cipriano: " La Mariseca ", Programa de Fiestas de Nuestra Señora de la Casita , Ayuntamiento de Alaejos, 1975.]
LA MARISECA
No es mi intención hacer una definición de la etimología de esta palabra, que ignoro, y no la encuentro en ningún diccionario. No quiero tampoco andar en averiguaciones, que, a buen seguro, algo positivo encontraría en nuestro rico y abundante vocabulario castellano. Sin embargo, sí lo es intentar explicar “qué significa LA MARISECA” en nuestras fiestas.
Cualquiera de nosotros sabe que, físicamente, La Mariseca es, simplemente la silueta de un toro, colocada en el extremo superior de un alto mástil.
Así de breve y sencillo. Lo que ya no sería tan breve, y menos aún sencillo, es hacer una exposición del origen de La Mariseca, que, como símbolo o anuncio de los tradicionales festejos taurinos, ha llegado a nuestros días.
No cabe duda que Alaejos, desde tiempo inmemorial, ha tenido, y sigue teniendo, gran tradición taurina. La fiesta de toros, a nuestro estilo, se cuida con detalle y esmero. Anualmente, el mes de agosto, con ilusión y esperanza de días divertidos y alegres, nos recuerda la proximidad de la fiesta.
De aquí, que el día 15, festividad de la Asunción, antiguamente se hacía un breve y merecido descanso en las rudas faenas del verano de entonces, no sólo para conmemorar la festividad del día, sino para vivir y gozar, año tras año, del –si me lo permite– emocionante acto de La Colocación de La Mariseca, a la vez que en la mañana de dicho día se celebraba un animado y vistoso baile que llenaba por completo el maravilloso recinto de nuestra hermosa Plaza, como preludio a los próximos venideros del mes de septiembre.
Simultáneamente se celebraba en la Casa Consistorial la subasta para la construcción de los tablados y de la adquisición o arriendo de las reses bravas para las corridas. La manera breve, simple y eficaz de dar a conocer al público si había habido adjudicación, y por lo tanto si había o no toros (que por cierto el acto siempre debió resultar afirmativo) era la colocación de La Mariseca en un ala de la parte alta de la fachada principal de la Casa Consistorial, y su posición sería también para dar a conocer el itinerario del encierro de aquel año.
Con gran regocijo es acogida por el público la colocación de La Mariseca, porque, sin lugar a dudas, es el símbolo de nuestra fiesta, y el anuncio deseado y esperado de días de sana alegría, esparcimiento y recreo y de convivencia y unión entre familiares, convecinos y amigos que anualmente acuden a gozar de las delicias de la fiesta, y por supuesto también, a contemplar La Mariseca.
Septiembre 1975.
C. B. C. [Cipriano Baraja Carretero]