Alaejos en texto
Alaejos en Imágenes
La Res Pública
Colaboraciones
Yo, mi, me, conmigo
Et cetera
Patrocinadores
Contacto
Aviso
Home

Visitas

Alaejos en texto

JESÚS MENÉNDEZ MONTES

Nuestra flora. (1987)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[MENÉNDEZ MONTES, Jesús: "Nuestra flora", Programa de Fiestas de Nuestra Señora de la Casita , Ayuntamiento de Alaejos, 1987.]

NUESTRA FLORA

 

La trayectoria arbórea en Alaejos –empleando la denominación de bosque en un sentido amplio referido a la superficie poblada de árboles, matorrales y plantas espesas, incluyendo otras porciones de menor extensión– ha sufrido, en los últimos tiempos, un proceso de regresión similar al de otras zonas.  Tanto es así que el cruzar ciertas partes del término, a veces, se tiene la sensación de encontrarse con un paisaje desarbolado y monótono, resultando difícil imaginar que en épocas no lejanas, la vegetación cubría una parte importante del mismo, dejando aparte los pinares que representan una de las masas vegetales más importantes, por medio de plantaciones de viñedos, alamedas, olmedales, retamales, mimbrales, nogales, frutales y otras especies arbustivas.

 

Las causas del clareo existente son múltiples y variadas.  Además de las causadas por los cuatro jinetes del Apocalipsis del suelo: el fuego, la sequía, la erosión y el frío; se complementan con la manía arboricida de considerar el árbol o el bosque como enemigos de la agricultura; con la falta de estímulo económico del precio de la madera en origen que trae como consecuencia que la repoblación forestal cuando opera sobre especies de despacioso crecimiento supone un desánimo de nuevas plantaciones; teniendo en cuenta que en ocasiones la explotación abusiva de madera, que al alborear el despegue industrial de los años sesenta exigía a la naturaleza un ritmo de rendimiento que ésta no estaba en condiciones de atender; todo ello junto a nuevos planeamientos de explotaciones agrarias como consecuencia de la concentración parcelaria y otros factores han configurado la situación actual.

 

Los bosques o zonas arboladas no sólo son útiles en si mismos por su producción de madera, leña, frutos, etc., realzados hoy por razones económicas y energéticas, sino que se puede decir que la agricultura está íntimamente unida a la existencia de arbolado.  Cuando se tala éste sin consideración, las lluvias inundan las tierras de labor circundantes, arrastran arenas y residuos que cambian el cauce de las aguas, dando origen a que al no ser retenidas, vengan períodos cortos de excesiva humedad, a los que suceden otros, a menudo largos, de sequedad extraordinaria, pudiendo cambiar, incluso, el microclima de la zona.  Está suficientemente demostrado que los sitios que disfrutan de mayor vegetación gozan de mayor pluviometría.

 

La defensa del monte no consiste en animar a la plantación indiscriminada de todo tipo de árboles en cualquier terreno, sino en conservar a ultranza los que hay, aprendiendo a decir no a la corta arbitraria de los que tenemos, exceptuando la explotación racional del bosque y repoblando las tierras marginales o trozos de las mismas que en la actualidad producen deficientes rendimientos agrícolas y en algunos casos resultados económicos negativos.  Las nuevas plantaciones resultan fáciles a través de orientaciones y suministros de múltiples viveros y ayudas de organismos públicos.  Es necesario insistir sobre las variedades autóctonas como el roble, fresno, encina, chopo, álamo, etc., dejando fuera las especies exóticas no propicias en estos parajes.  El pino aunque no es originario de esta tierra y ser, sin embargo, el exponente más característico de la misma, es conveniente cuando la calidad mala de la tierra lo haga necesario por tratarse de una conífera sobria y poco exigente.

 

Árboles sí, pero cuidados y protegidos con cumplimiento de la normativa al efecto, y regulando las lagunas existentes como la de prevención de incendios forestales con fuerte responsabilidad para los provocados.  Ocio y disfrute de las masas forestales por supuesto que también, pero guardando las medidas de seguridad necesarias en evitación de posibles daños y no dejando en ellas restos de comidas, botellas y otros desperdicios que pueden ser causa de trastornos serios.  Todo ello sin olvidar que no se puede ser ecologista de ocasión; es decir, plantar un día una serie de árboles sin preocuparse más de ellos, es preciso regarles para que agarren, podarles y entresacarles.  Con esto se logran de paso otros objetivos como el de hacerles rentables, conservación de la flora y de la fauna, refugio y hábitat de la caza, y desde el punto de vista estético hacer más agradable el paisaje.

 

Siempre se ha dicho que los árboles están íntimamente unidos a los pueblos cultos.  Estos administran sus recursos vegetales, mientras que los otros los despilfarran.  Es meritoria la iniciativa emprendida en el casco urbano mediante la instalación de parques, jardines, terrazas y diversas plantaciones de distintas especies.  Animo a seguir en este camino, pero sin olvidar que el entorno del pueblo es el campo y éste necesita savia nueva y energía renovadora.  Todo esto, no es una cuestión de días, sino de años.  No podemos utilizar la naturaleza de un modo simplista y arbitrario, tenemos derecho a usarla, disfrutarla y a aprovecharla, racionalmente, pero también tenemos la obligación de conservarla.  Debemos pensar que no es sólo asunto nuestro, sino de las generaciones anteriores y de las que nos van a sustituir.  Estamos obligados a rendir cuentas a estas últimas de la naturaleza que administramos, sin que se nos pueda echar en cara la desaparición o extinción de ningún elemento de la fauna y de la flora.  Cuando consigamos esto y logremos considerar a los árboles como seres vivos, habremos ganado el futuro.  Así de sencillo.

 

 

Alaejos, agosto de 1987.

Jesús Menéndez Montes.

 

Subir