Faltaría a normas para mí esenciales, si no comenzara agradeciendo al Alcalde y a la Ilustre Corporación que preside, el honor que se me ha dispensado, al otorgarme el título de pregonero en estas fiestas.
A este nombramiento sólo puedo corresponder con la aceptación ilusionada, a la vez que asustada de tan emotiva empresa, “cual es la de convertirme en la voz del pueblo”, “mi pueblo” y transmitir el mensaje que como pregonero me obliga que no es otro que convocar a vecinos, amigos y forasteros para compartir los días que comienzan en este atardecer estival bajo la mirada de Nuestra Señora de la Casita, a cuya protección se ha acogido y se acoge nuestro pueblo, pues no en vano repetimos que es “el apoyo y el cariño de la Villa de Alaejos”.
Esta villa de Alaejos, que como socarronamente suelen decir “es ese pueblo que se encuentra allá a lo lejos”, emerge en la llanura abierta y extendida como la palma de la mano, en la que en los meses de verano “quema el sol y el aire abrasa”.
Esta llanura, que es Castilla, hecha para vivirla, para contemplarla, a ras de sus campos inmensos, tantas veces sedientos, en los que el terrón se resquebraja y recibe el agua con la ansiedad abrasadora del desierto.
Esta tierra, capaz de heroicas epopeyas, como aquella que de niña me contaron, en la que transcurriendo la guerra de la Independencia, unos campesinos interceptaron a un correo francés y, gracias a ello, Sir John se enteró de las posiciones enemigas, cambiando su rumbo hacia Toro en vez de dirigirse a Valladolid.
Historia que en mi mente me repetía, imaginando cómo correrían los campesinos por los caminos de Alaejos a la vez que con extrañeza el pueblo observaría a las tropas acampadas en sus campos.
Tierra por otra parte de sentires antaños, arraigados en lo profundo, de un espíritu abnegado, tesonero, curtido con el esfuerzo de cada día, con la frente inclinada sobre los surcos, cuando no, con la mirada implorante al cielo caprichoso, que rebosa de estrellas en las noches de estío.
Cuántas veces he recordado el silencio que corría por las calles cuando en los meses de mayo o junio se anunciaba una tormenta que podía ser granizo.
Pasada la tormenta y si no había caído la piedra, las voces y el ruido volvía a invadir las calles y seguíamos jugando a las puertas de la Iglesia.
Si por desgracia la tormenta era de pedrisco, veía cómo los hombres, con la tristeza reflejada en el rostro y con la incertidumbre a cuestas, salían al campo, con objeto de comprobar el daño que se había producido. Con resignación y paciencia volvían, habiendo palpado en sus campos cómo quince minutos destrozan el trabajo de un año, dispersándolo todo sobre la tierra.
Pero hoy no es día de tristezas, porque Alaejos es también alegre y grandioso y así se anuncia desde la lontananza.
Ya desde el teso de las dos leguas, nuestro monte querido, se divisan las dos inmensas torres, que al igual que el ciprés de Silos, ensalzado por el poeta, casi alcanzan las estrellas, permaneciendo como flechas de fe, saetas de esperanza y símbolo de firmeza de un pueblo.
Estas magníficas construcciones han sido testigos de riqueza y de múltiples actividades que enorgullecen a este pueblo. Nadie olvida su riqueza vitivinícola, que ahora se intenta recuperar. No en vano, esta localidad llevó sus caldos dorados al paladar nacional en los días del siglo de oro de las letras españolas: quién no ha oído y repetido con orgullo la frase de Quevedo, quien atestiguó “los paños franceses no abrigan lo medio que una santa bota de lo de Alaejos”; del mismo modo, recordaba Cervantes, en El Licenciado Vidriera, y Tirso de Molina señalaba que el vino de Alaejos es bueno para los mozos y mejor para los viejos.
También Santa María y San Pedro observaron con admiración y asombro todas las actividades desarrolladas siglos más tarde por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, como fueron los talleres de paños, esteras y ceras, amén de las acciones encaminadas a la Instrucción de la Juventud y socorro de la pobreza, creando la casa de la Misericordia.
Esta casa de la Misericordia se instaló en el antiguo Hospital del Buen Pastor que parece que existía desde 1580 y se restauró para este fin. Testimonio de esta labor se encuentra reflejada en la piedra al haberse conservado, con todo el cariño y esfuerzo, este edificio.
Todos estos hechos y acontecimientos, junto con la Ermita de Nuestra Señora de la Casita y el pequeño muro del castillo, que en su día retuvo a doña Juana de Portugal y destruido y abandonado desde el siglo XVIII, forman parte del ayer.
Pero el ayer y el hoy fundidos en el recuerdo obligado de la historia son un mismo batallar de sus gentes: la lucha sin desaliento, intentando asir un futuro mejor.
En busca de este futuro, algunos permanecerán, otros marcharán.
Los que quedan, seguirán luchando por sus campos, intentando nuevas alternativas, no en vano dice el refrán que el “caudal de la labranza siempre rico en esperanza”.
Y con esta esperanza se debe continuar, logrando incluso transformar nuestro paisaje castellano, pues de unos años a esta parte se ha producido un cambio de color. En las épocas de estío el campo aparecía como una lámina amarilla de matices diferentes, interrumpida por ciertas zonas de barbecho. Sin embargo, ahora, un nuevo cultivo, “el girasol”, junto a los nuevos regadíos, han puesto en estos áridos campos castellanos una nota de frescor, quebrando la secular amarillez estival.
Lo mismo que se introdujo el girasol, se ensayarán, se rebuscarán nuevas alternativas que permitirán que Alaejos siga viviendo con fuerza.
Los que marchan (los que marchamos), aún luchando y viviendo en otras calles, en otras plazas, permanece la unión en Alaejos con una suerte de lazos invisibles, imposibles de romper, porque son nuestros orígenes, es nuestro arraigo a una tierra que siempre permanece fiel y firme, son los lazos de afecto a la familia que ha quedado, a los amigos con los que tanto y tanto hemos jugado y soñado. Por ello “aun cuando se haya salido, nunca se deja de estar”.
Y de este modo, definido escuetamente el carácter de esta tierra, que por ser de ella se me hace difícil describirla, porque no sólo es el espacio físico formado por las calles, las iglesias y la ermita, sino que es el espacio espiritual, donde se han sucedido todas las vivencias de una infancia, debo retomar mi deber aún no cumplido: pregonar, en nombre del Alcalde, que las fiestas de la Casita de 1992 darán comienzo sin dilación. Fiestas que, celebradas año tras año, definen la identidad de un pueblo y mantienen viva la tradición. Pues parece ser que desde 1712, año en el que se configuró la Cofradía de Pastores, se vienen festejando estos días de un modo similar.
Serán unos días de paréntesis en el quehacer diario; los que permanecieron, habrán arreglado sus casas y habrán dispuesto todo para recibir, con los brazos abiertos, a los que se fueron; serán días de volver a ver amigos y familiares; serán, en definitiva, unos días de reencuentro.
Y para hacer estos días más agradables y divertidos, el programa festero, elaborado por el Ayuntamiento y desde hoy presidido por la reina, ya coronada, y sus damas, a las que desde aquí transmito mi sincera felicitación, se irá desgranando sobre los días que, por buenos, parecerán breves.
Grandes y pequeños encontrarán el aliciente requerido con dianas, verbenas y fuegos artificiales, y nuestra Patrona, “La Chiquitita”, que vela por Alaejos, tendrá en su honor solemnidad religiosa, con la tradicional romería y procesión, en la que al son de la charambita y el redoblante, la Cofradía de Bailarines danzará alrededor de la ermita, acompañados en ocasiones de algún llanto de niño que, cuidadosamente engalanado por su madre, es llevado por padres o abuelos a las andas de la Virgen, implorando que la protección de la Virgen siempre les acompañe.
No faltarán tampoco en estas fiestas las corridas de toros ni los tradicionales encierros por las calles y el campo, y seguiremos con el ritual juego del Tío Maragato en las Peñas. Al igual que se continuará con el Certamen Literario de poesías.
Y llegado este punto, vaya también el obligado final con las palabras mágicas que por costumbre hacen ley: porque el Sr. Alcalde de esta Villa hace saber que han comenzado las fiestas y por ello lanzo mi pregón hasta lo alto de las torres que impasiblemente observan.
Carmen Lucas Lucas
Alaejos, 6 de septiembre de 1992.