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PREGÓN DE LAS FIESTAS DE NUESTRA SEÑORA DE LA CASITA 1998

Reinas de las fiestas, ilustrísimo señor Alcalde, ilustrísimo señor Presidente de la Diputación Provincial, diputados provinciales, alcaldes, alaejanos y amigos todos:

Antes de comenzar mi modesto pregón permitidme que os diga que hoy, al conocer a las Reinas de las Fiestas, Araceli, María Eugenia y Sara, he comprendido, en el pleno sentido de su expresión, un refrán de esta tierra que, pidiendo disculpas a los amigos de Nava o de Rueda que puedan estar hoy aquí, voy a repetir en voz alta, pues es cuestión de justicia; y como se dice en mi tierra, que no está muy lejos de aquí, que quien dice la verdad, ni peca ni miente, allá va el refrán: “Muchas chicas hay en Rueda, también en Nava del Rey, pero las alaejanas son las que marcan la ley”, y quien no lo crea sólo tiene que mirarlas para comprenderlo.

Y sin más prólogos, permitid que las primeras palabras de mi pregón sean de agradecimiento por haberme invitado, a mí, modesto maranchón como llamáis en Alaejos a los descendientes de los tratantes de ganados, a subir a esta tribuna a cantar las fiestas de la Villa; tema difícil porque, por mucho que diga y me esfuerce, ya lo habréis oído de labios de alguna de las personas que me hayan precedido en el uso de la palabra en años anteriores.

Dicen que todo alaejano experimenta un aldabonazo en su corazón cuando llega septiembre.  Los que aquí vivís porque con la fiesta llega la justa recompensa a todo un año de trabajo, alegría que siempre asumís mejor que aquellos que viven fuera porque ya habéis participado progresivamente y os habéis imbuido en el espíritu de la diversión con la bajada de la Mariseca a los balcones del Ayuntamiento, porque habéis seguido, paso a paso, la elaboración del programa oficial y, sobre todo, porque para vosotros no puede existir el concepto de nostalgia.

No es ese el caso de los que, por circunstancias de la vida tuvieron que emigrar un día y vuelven con la esperanza de revivir las fiestas de La Casita, con sus mentes preñadas de recuerdos de otras épocas en las que disfrutaron de ellas en compañía de familiares y amigos.

Los “Alaejanos ausentes”, que también tuvieron hace unos días su pequeño homenaje, cuando vuelven a esta tierra de Catalina de la Cruz, tras la visión magnífica de conjunto de las torres de San Pedro y Santa María, sobre un fondo azul y blanco tan típico de esta tierra, aceleran los coches, como antiguamente precipitaban el paso quienes a pie accedían a la villa con la certeza de disfrutar de familiares, amigos, fiestas, música y encierros.

Para quienes llegan de lejos, detrás de la fiesta, asociado a ella y especialmente unido al nombre mágico de encierros, se encuentra el Altozano del Castillo desde donde, siendo niños, presenciaron, una y otra vez, la llegada de la manada desde el prado.  Desde allí corrían prestos a Tejares o a Zabacos para contemplar su paso, y a esta plaza para verlos llegar y participar en la lidia de los toros de prueba.

En ellos renacen los recuerdos de unos años mozos que ya no vuelven y en los que a cuerpo limpio, cuando se podía, o con la ayuda de un cuévano –digamos cesto que estamos en Alaejos– cuando había peligro interponiéndole en la cara del morlaco, lucían su arte de cortadores.

Inseparable de la fiesta, quienes vienen a Alaejos y tienen una cierta edad, sin necesidad de ser, como aquí decís “más viejos que la esquina del teatro”, recuerdan, asociadas al conjunto de su infancia, las siegas, el acarreo de las mieses, la trilla y hasta aquellas competiciones hípicas de los “hateros” cuando llevaban las comidas a las cuadrillas de segadores.  A propósito de las siegas, en Alaejos es notorio que sonaron en siglos pasados trompetas para despertar a los segadores, en las que se encuentra, nadie lo dude, la afición que aquí tenéis por esas dianas que, cuando suenan, inundan de alegría el alma alaejana y predisponen los cuerpos para la fiesta.  Mas si de música se habla, y la unimos a la danza y a los colores blanco y azul que siempre os definen, como tonos señeros y típicos de los bailarines de la virgen, encontraremos un baile tan especial y tan típico de Alaejos como “La Charambita”.

Si de sonidos y música hablamos, no podemos olvidar aquellos que fueron tradicionales en Alaejos y que surgían, no podía ser de otra manera, de las campanas de San Pedro y Santa María: María de la O, la grande o la gorda, las pascualejas, las de asistencia, las del viático y muchas otras que anunciaban, como pregón de la vida misma, los  acontecimientos sociales, tañendo a rebato, a concejo, a difunto o a fiesta, como sonoros testigos de la vida de un pueblo.
No hay que olvidar que unido al son de esas campanas, siempre solemnes en esta villa cargada de historia, iba parejo el sentimiento de solidaridad secular, que encontró su máxima expresión en el Hospital del Buen Pastor y en la Sociedad Caritativa y Económica, una de las primeras de España, que tuvo por norma socorrer la pobreza y desterrar la pereza, en una tierra donde de tanto trabajar sólo llegaba la pobreza con las terribles sequías que asolaron nuestros surcos o las temibles plagas que devoraron los campos del término.  Esos campos que llevan nombres tan llenos de historia y recuerdos como Carrascal, Carrealvar, Las Zorreras o la Cava.

Pero si la sequía fue siempre uno de vuestros azotes, Nuestra Señora de la Casita, la de la doble fiesta de mayo y septiembre, siempre supo extender su manto de protección para aliviaros y, cuando así no fue, los alaejanos y la propia naturaleza encontraron tres remedios para calmar la sed: el frescor de vuestros melones que tanta fama os dieron, el caño de la Fuente de Hontazos, en el pago de los Hontanares, nutrida de ese arca madre que llenó siempre botijos y dotó de sabor especial a vuestros garbanzos cuando en ella se cocían, y los vinos, nacidos de la vid de aquesta tierra, cuya fama trascendió con mucho los límites de la comarca llegando a la propia Corte, y cuyas virtudes salutíferas y nutritivas cantaban nuestros mayores “Vino de Alaejos, hace hombres a los niños y remoza a los viejos”.

Muchas de las tradiciones e imágenes de esta tierra se han perdido.  Desapareció, sin decir adiós, el árbol de La Casita, donde dos entrañables amigas, una ya fallecida, María Luisa Bacho, y otra presente en este pregón, María Losada, echaban chinitas aprovechando una oquedad, cuando jugaban de niñas.  Dijo adiós también una parte del vocabulario típico de “ues” cerradas y del léxico característico de la tierra que otro buen amigo, Armando Caballero, ha intentado recuperar en su libro “A la antigua usanza”, pero muchas otras costumbres y tradiciones siguen en pie como testigos de vuestra historia.

A lo largo de los años, si ahondáis en los programas de fiestas de otras épocas, veréis que la evolución de los tiempos nos ha privado de aquellas 15 sesiones teatrales del Coliseo, propias de principios de siglo y que hoy, señor presidente de la Diputación, permítame que reivindique, solicitando la inclusión de Alaejos en la Red Provincial para que pueda recuperar esa tradición secular.  En el recuerdo también quedan los encierros por Tejares y Zabacos, los aguardientes de la “Alaejana”, los chocolates de Belloso, las tiendas del “Porvenir” y de las “Américas” y hasta esa sala de fiestas que hizo que muchos de nosotros, los más jóvenes, tuviéramos un lugar de diversión, cuando en otros pueblos nada teníamos para divertirnos, el “Don Buho”.

En pie se mantienen, como testigos de la historia, otros establecimientos, como el “Viena”, cantado por más de un poeta y, sobre todo, el arte de la villa, las iglesias y todas esas costumbres que hacen de Alaejos un lugar diferente y atractivo.

En definitiva, esa es la grandeza de esta tierra: la música, las dianas, el Tío Maragato, la fuente, La Charambita, la Cofradía de Pastores, la Mariseca, los colores blanco y azul, las torres, las campanas, las hogueras de los quintos, la empanada, las cagadas de gato, el amor a la fiesta y los encierros.  Costumbres todas que nada ni nadie podrán arrebatarnos porque forman parte de lo más íntimo de vuestro ser alaejano y desde hoy, si me lo permitís, también del mío.

En definitiva, un espíritu y una forma de ser, de ayer, de hoy y de siempre que hacen posible que este domingo, 30 de agosto, nos congreguemos en esta plaza para corear juntos esos vivas con los que siempre empezaron, empiezan y empezarán nuestras fiestas mientras exista en la faz de la tierra un alaejano para gritar:
¡Viva la Virgen de la Casita!
¡Viva Alaejos!

Javier Solana Sedeño
Alaejos, 30 de agosto de 1998.

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