Salud a todos, y con todas las venias que sean necesarias, me permitiréis que empiece con un saludo y un agradecimiento. Saludo cordial a los presentes, chicos y grandes, de aquí o de fuera, porque tenéis la suerte de vivir las fiestas grandes de vuestra patrona, la Virgen de la Casita. Recuerdo entrañable a los ausentes, a los que el trabajo, la familia o el destino llevó a otra parte y no pueden estar aquí estos días. Agradecimiento sincero a vuestro Ayuntamiento y a vuestra alcaldesa en particular que me concedió el honor de pregonar estas primeras fiestas del milenio, haciendo así que vuestra historia colectiva se mezcle un poco con la mía particular.
Siempre que uno se encuentra en este trance de preparar un pregón festivo, le asalta la misma duda de qué debe hacer. Si documentarse en la historia y glosar las grandezas del pasado, o si mirar hacia adelante y animar a los presentes a encarar el futuro. A mí me parece que lo adecuado es eso que popularmente llamamos mitad y mitad, y con brevedad. Mitad de nostalgia porque el preludio de las fiestas es un buen momento para pasar revista y recordar, para sentirnos miembros de una colectividad cercana. Mitad de aliento porque el momento también se presta a hacer balance y a impulsar proyectos, no en vano nuestro tiempo vital se mide por fiestas, con más intensidad de la que marcan los calendarios oficiales. Las vuestras, como las de tantos pueblos (el mío sin ir más lejos) son de la hornada de septiembre. De sobra sabéis que nuestros pueblos se clasifican por esa elección, o las fiestas son en junio o julio (San Juan, San Pedro o Santiago), según comenzará la cosecha en cada zona, o en agosto o septiembre, según la tradición de la virgen de cada sitio. A mí me gustan más éstas, porque están más en su sitio. Conceden un respiro entre la recogida del trigo y la preparación de la vendimia. Permiten, por ello, poner en contacto el pan con el vino, que son los dos elementos más vitales de nuestra cultura. Así que la historia eligió bien en vuestro caso y ello os otorga el privilegio de ser otro símbolo más, clavado aquí, en mitad del corazón de la tierra castellano y leonesa, como lo están estas dos torres imponentes de Santa María y San Pedro, clavadas en mitad de la llanura.
Esa es sin duda la imagen más familiar. Quien discurra por aquí, entre Valladolid y Salamanca o entre Salamanca y Valladolid, no podrá evitar dirigir la mirada hacia este espectáculo que forman las dos torres, primero superponiéndose durante un rato la una con la otra y luego separándose, como si fueran dos reproducciones de la misma. Quien lo vea una vez no se olvidará nunca, porque es una de esas imágenes únicas que se quedan en la mente. Cientos de veces habré hecho yo ese recorrido. Cientos de veces he quedado asombrado de esa imagen que tanto os identifica y que da un tono de reciedumbre contundente a vuestra trayectoria.
Ese monumento de la Ilustración que es el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de D. Pascual Madoz, elaborado a pie de obra entre 1845 y 1850, decía de Alaejos: “bátenla todos los vientos, y disfruta de clima saludable, sin que se conozca enfermedad endémica alguna, siendo las más comunes las fiebres catarrales”. Pues qué mejor prueba de la reciedumbre que todo el mal que D. Pascual encontró por aquí sea algún que otro catarro. Pero constata también que por entonces erais 804 vecinos, 3.255 habitantes, entre ellos 672 propietarios, 6 abogados, 3 escribanos, 3 procuradores, 2 boticarios, 4 maestros, 5 comerciantes al por menor, 26 fabricantes de paños, curtidos y lienzos, 62 artesanos, 14 eclesiásticos, 376 jornaleros y 56 mendigos. No sé si las proporciones son adecuadas: a alguno le parecerá que 672 propietarios y 376 jornaleros no lo es; otros opinarán que 6 abogados y 3 procuradores son demasiados, y lo son; otros pensarán que lo que de verdad es excesivo son los 14 eclesiásticos, dicho esto con buena intención. A mí, lo que me parece más impropio son los 56 mendigos que censó D. Pascual Madoz. Pero, vistas las cifras en su conjunto, lo que de verdad llamará la atención es que la población actual anda por la mitad de la que entonces existía. Y éste, aquí como en tantos pueblos de nuestra región, es sin duda el principal problema que afecta a nuestro futuro colectivo, el que nos exige más compromiso y más atención y más energía para conseguir ese objetivo de que vuelvan los mayores que lo deseen y se queden los jóvenes que lo prefieran.
Yo estoy seguro de que, en lo que de vosotros dependa, aquí no ha de faltar nada de eso. Vuestra historia es testigo del empeño en superar las dificultades. Ya ocurrió cuando la Guerra de las Comunidades o cuando la invasión francesa o cuando las crisis agrarias y las epidemias de los siglos XVII y XVIII, que por aquí castigaron con dureza. Siempre se salió adelante con orgullo y con tenacidad, con la actitud firme de aquel Fray Miguel de Alaejos que, al decir de las crónicas, era uno de los pocos que se atrevía a levantar la voz al mismísimo Felipe II, que le consultaba en asuntos principales. Es la misma decisión y valentía que en 1785, en plena crisis agraria, llevó a algunos antepasados vuestros a constituir una de las primeras, y escasas, Sociedades Económicas de Amigos del País, que aquí se llamó la Real Sociedad Caritativo-Económica de la Villa de Alaejos. El programa de fiestas glosa tal iniciativa en un delicioso artículo que firma D. Adolfo Araújo y González. Esas instituciones, que fueron desapareciendo a principios del siglo XIX, constituyeron entonces un valioso instrumento de solidaridad y de modernidad, como lo constituyó el hospital que aquí existió, o la fundación piadosa que, según sus estatutos, tenía por fin “dotar doncellas, vestir pobres y pagar botica a los enfermos”. De modo que estos pueblos donde han florecido iniciativas llenas de sentido del progreso, en la interpretación de cada época, tienen que tener futuro. Datos más recientes también lo atestiguan: en un magnífico estudio histórico he podido comprobar que en 1857 se creó aquí una fundición de hierro, que en 1910 había luz eléctrica, que en 1923 circuló el primer coche y en 1931 se instaló el primer teléfono, que en 1948 apareció el primer tractor y en 1959 la primera televisión, fechas todas ellas comparativamente tempranas y avanzadas.
Si en algo, en fin, me permito insistiros es en esto: en que mantengáis este talante que siempre supo combinar el respeto a la historia, la confianza en el futuro y el afán de progreso.
Y que todo ello se exprese oportunamente en estos días de fiesta en honor de la Virgen de la Casita que, según reza la tradición, se apareció a Catalina de la Cruz sobre una retama llena de luz. Tantas veces como se le quiso construir a la imagen un grandioso templo, tantas veces la imagen regresó a la retama. Aquella virgen no quería una catedral. Quería simplemente una casita, quién sabe si dejando en la creencia popular un rasgo de espontaneidad humilde o de autenticidad sencilla, virtudes que tanto abundan por aquí.
Pues que lo celebréis con alegría. Que bailen los bailarines de la Virgen y que no se cansen. Que corran los toros y que no pillen a nadie. Que no falte el vino y que a nadie le haga daño. Que las pruebas deportivas y los juegos de mesa, los gane el mejor y con limpieza. Que los que tienen que amenizar las verbenas suenen como deben. Que los fuegos artificiales suban hasta donde tienen que subir. Que no decaiga el ánimo de las Peñas. Que niños, jóvenes y mayores se diviertan cada uno a su aire y todos a la vez. Que las Reinas de las Fiestas, a quienes dedico un saludo especial, sean felices estos días y siempre, y como reinas concedan todos los deseos (o casi todos). Que por encima de todo haya salud y trabajo, y amor en abundancia, y dinero el necesario. Y que tengáis la seguridad para el resto de mis días de mi afecto y agradecimiento. Y que viva Alaejos y muchas gracias.
Jesús Quijano González