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PREGÓN DE LAS FIESTAS DE NUESTRA SEÑORA DE LA CASITA 2011

 

Buenas tardes Sr. Alcalde, autoridades, paisanos todos.

 

La galantería me obliga a dirigir mis primeras palabras a las recién proclamadas reinas de las fiestas, para vosotras mis parabienes. Habéis sido elegidas por vuestra lozanía, juventud, belleza y simpatía, adornadas, sin duda, por otras virtudes, que encarnáis y personificáis, pero que representan la idiosincrasia, los rasgos distintivos de todos nosotros, los alejanos, como la compostura, el buen sentido, la humildad, la honradez y la bonhomía. Para no repetir la famosa coplilla que compara la belleza de las alejanas con las mozas de otros pueblos os diré que guapas todas, pero vosotras sois nuestras mozas, nuestras reinas. Mi enhorabuena de nuevo y que disfrutéis de las fiestas y de vuestra juventud.

Dice uno de mis cuñaos que estoy para una pedrada y, en verdad, muy sesudo no debo estar para atreverme a hablar ante mis paisanos en un acto tan importante como éste en el que se anuncia oficialmente el comienzo de las fiestas más queridas por todos nosotros, las de Nuestra Señora de la Casita, madre y patrona de Alaejos, nuestro pueblo.

En confianza, me costó aceptar la petición de nuestro alcalde, pero a mi pueblo no le puedo negar nada, tanto presumir de alejano por esos mundos de Dios tiene un precio y aquí estoy ante vosotros para pagar el alboroque, posiblemente, con un exceso de osadía. Es algo que tendrán que perdonarme. En lo que no pecaré será en alargarme demasiado, soy forofo de nuestro antiguo párroco D. Antonino y sus ingeniosidades, como aquella, que, con sutil sabiduría,  afirmaba que los sermones cortos mueven las conciencias y los largos mueven el culo.

La primera duda que me asalta es qué decir, qué contar, de qué hablar que no haya sido dicho en años anteriores por personajes eminentes del mundo académico, social o político y acudo a lo que desde hace muchos años ha sido y sigue siendo mi pasión: la defensa de mi pueblo, sus gentes y sus valores. Puede parecer que soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor, no, sólo que fue distinto, es muy posible que esta percepción sea fruto de una acentuada subjetividad pues de todos es sabido que con el paso del tiempo las cosas se ven de  otra manera.

Pero vamos a ir centrándonos en el meollo de este pregón. La fiesta como tal. El ser humano es un sujeto festejador, fiesta y persona  originariamente ligados a la religión, el hombre que trabaja para sobrevivir disfruta de un día de fiesta después de varios laborables y lo hace  para liberarse de las penalidades de la tarea cotidiana y del requisito indispensable de la reparación de fuerzas en el reposo de un día festivo.  Dios, que nos hizo a su imagen y semejanza, tras la creación, descansó para contemplarla y lo hizo complacientemente.

El humano es el único ser vivo capaz de volverse hacia sí mismo y su actividad, desde la distancia del reposo y la reflexión. Cada seis días deja de arar los campos para descansar y abandona sus surcos para examinar si están bien trazados y disfruta en la contemplación de su trabajo al igual que Dios hizo con el suyo.

Pero en la fiesta el hombre se aproxima no sólo a Dios, sino también al animal, a quien priva de su autonomía abusando mitológicamente de él; en nuestro caso, ese animal no es otro que el toro, el centro de la fiesta.

Ahora bien, el hombre que festeja ¿existe como individuo? El ser individual que pasa el día de su santo en solitario con una botella ¿está celebrando una fiesta? La respuesta a esta reflexión retórica nos llevaría al mundo de lo intransferible, al anhelo humano que se halla encerrado en uno mismo, al mundo intangible, a ese punto interior en el que la soledad, la alegría o la tristeza, el dolor o el placer son parte indisoluble de nuestro ser.

En la fiesta, el ser individual pierde una porción de su autonomía que sólo podrá encontrar en la comunidad y en ésta cede su posición social a favor de la igualdad de un festejo común como ocurría en las Saturnales romanas en las que esclavos y amos intercambiaban incluso los papeles.

La fiesta pertenece en esencia al pueblo llano y festejándola se libera; el poderoso, los privilegiados disfrutan de otro tipo de fiesta más sofisticada y barroca, por eso el folklore, los juegos, las canciones son creaciones populares, no aristocráticas y reflejan, en ocasiones, la burla, la chanza o la crítica hacia esa clase privilegiada.

El mundo infinito de las formas y manifestaciones festivas, en el que se incluye, cómo no, la risa o la risión, esa risa socarrona y maliciosa, se opone a la cultura oficial, al tono serio e incluso al religioso.

Dentro de su diversidad, estas formas y manifestaciones, las fiestas públicas patronales, poseen en general una unidad de estilo y constituyen partes indivisibles de la cultura festiva popular. Los espectadores no asisten a la fiesta, la viven, y se convierte en una segunda vida del pueblo que temporalmente se adentra en el reino de lo utópico, de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia.

Las fiestas oficiales, en cambio, no crean esa segunda vida; al contrario, contribuyen a consagrar, sancionar y fortificar el poder existente, es decir, consagrar la estabilidad, la inmutabilidad y la perennidad de las reglas que rigen la sociedad como la jerarquía, los valores, las normas, los tabúes religiosos, políticos y morales al uso.  Es por ello, que las fiestas oficiales traicionan la verdadera naturaleza de la fiesta humana pero, como su carácter auténtico es indestructible, la fiesta popular se opone a toda reglamentación y así permite establecer nuevas relaciones, verdaderamente humanas. El hombre, como ya he dicho antes, se vuelve hacia sí mismo y se siente un ser humano entre semejantes.

Pero lo fastidioso de la fiesta es su acabamiento, como la muerte es la contrariedad del hombre en cuanto al fin de la vida. La fiesta nos la debemos tomar, por tanto, como una intensificación de la vida en un periodo corto de tiempo en el que cada hora tiene su propio rostro y cada día un aroma distinto y requiere caracterizarse con una señal que la supere en el tiempo, pues de lo contrario perdería su rango de marca cronológica; en nuestro caso, esa señal no es otra que el 8 de septiembre, la Natividad de María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Casita.

¿Tiene la fiesta tal y como hoy la entendemos porvenir? ¿Perdurará la cultura que de ella emana? El tiempo lo dirá. En las dos últimas décadas el desarrollo tecnológico e industrial ha modificado sustancialmente la sociedad con unos espacios de ocio cada vez mayores e incluso ilimitados y con unas posibilidades económicas crecientes. El factor trabajo, o su eliminación, ha extendido su poder, por lo que no es disparatado pensar, que no afirmar, que nos encontremos en el final de una época y que la historia cultural de la fiesta esté llegando a su fin.

Todo lo dicho hasta el momento es sólo una interpretación de la fiesta, pero no la única. Hay quien busca sus orígenes en ámbitos paganos y la eleva a un estadio de objetivos superiores de la existencia humana, al mundo del espíritu y las ideas, a la utopía de la regeneración y la felicidad, haznos felices y nos harás buenos afirmaba un poeta inglés (Robert Brownins)–, al mundo de los ideales y se afirma que, sin estos, no es posible un clima de fiesta.

Todo está en los libros, la fiesta como elemento cultural está magníficamente tratada por antropólogos de prestigio reconocido como Tyler, Lévi-Strauss y el español Julio Caro Baroja entre otros, y en algunos aspectos magníficamente personificados por Cervantes en Alonso Quijano y Sancho.

Lo que no está en los libros son la forma y el fondo de vivir la fiesta cada uno de nosotros. Ya son años celebrando, siempre con renovado entusiasmo, estas fiestas patronales. Son nuestras Casitas. Con sus amores y desengaños, no en vano, la Casita, es época propicia para noviazgos y pedidos a la cigüeña, con los miedos en los encierros, los gritos de la plaza, con el sueño en el que el toro te pilla antes de subirte a la ventana y el sobresalto del mal despertar, con la primera melopea de limonada, las peñas, un primer beso, el coqueteo y el galanteo y, como he dicho con anterioridad, es ésta precisamente mi rareza, mi pasión y mi ilusión, que no se pierdan en el tiempo esas remembranzas y para ello es menester compartirlas.

Los que me estáis escuchando sois el presente de tiempos pasados y aquellos que por la edad aún no lo comprenden, nuestros hijos pequeños o nuestros nietos, tienen el derecho de conocer el cómo y el porqué de  nuestros recuerdos, hay que contarlos, yo voy a contar los míos.

En un día como el de hoy, finales de agosto, el pueblo era un hervidero de vida, unos empeñados en acabar las tareas en las eras,  otros en acabar los tablaos en espera del chaparrón que los apretara, los chicos aprovechando los últimos palos para hacer columpios, el ayuntamiento una locura, la llegada de las carretillas –a ver si este año no se le ocurre probarlas al alguacil–, las melodías entrecortadas en los ensayos de los músicos en la casa de correos, el olor a horno que desprendían las mujeres con las canastas a rebosar de magdalenas y priscos, el olor a limpio de las calles con los afanes de las gentes encalando las fachadas, la llegada de los forasteros, recordad la canción (ya se acerca la Casita/ ya llegan las forasteras/ a comernos el pan blanco/ de lo poco que nos queda), la Casitera adecentando la ermita, el cañero ahíto de cántaros de agua, las señoras de la casa acaparando agua y viandas, las tinajas rebosando, las fresqueras y  frieras llenas, van a ser días de abundancia, una de las características de la fiesta como antes he señalado. La Mariseca impertérrita lo observaba todo en silencio.

Hace 40 o 50 años esta plaza en la que nos encontramos era distinta, hogaño remozada, encierra una historia que se encuentra en cada uno de los ladrillos de las casas, en cada columna del soportal, en cada alero de los tejados y en cada uno de los arrecájeles que la sobrevuelan incansablemente. Espero despertar en vosotros con mis recuerdos, los vuestros.  Revivamos todos una tarde en esta plaza, una tarde de toros de una Casita de hace 50 años.

En la plaza jugábamos, cantábamos, reíamos, gritábamos, bailábamos, bebíamos. Vayamos verbo a verbo, acción tras acción.

Entre toro y toro, jugábamos y mucho y lo más importante, todos, niños y mayores, mozos y mozas, hombres y mujeres. Uno de los juegos nombraba a una tal Conchi, chica de familia muy formal, que tenía por manía, mira tú, llevar el perro a misa y el gato a confesar, era un juego cantado y bailado pero en esencia un juego de cortejo, en el que quedaba de forma bien patente la pavisosez de los mozos y la gracia no exenta de sensualidad y de malicia de las mozas que, brazos en jarras, contoneaban las caderas ante el mozo, posiblemente el de sus sueños, al que invitaba a sustituirla en el baile.

Varios corros, unos en pie y otros sentados en el suelo, escamotenado la zapatilla, zaptilla un tanto rara pues tenía forma de cinto, y avidando al ratón de que mucho cuidadito con el gato, que si no te pilla hoy, te pillará mañana; al lado, en otro corro, se habla de una pastora que tenía, también, mire usted por donde, otro gato, éste muy goloso, aquí y allá que vuelva el corro que vuelva el corro, con ilusión, que sí, que no, ¿hasta la saciedad? No, hasta que el redoble de Quitín y la trompeta de Teodoro irrumpían con el taratatí anunciando la salida de un nuevo toro.  En ese momento todo se rompía, gritos y carreras para un lado y otro, a buscar sitio en los palos o a acomodarse de nuevo en los tablaos.

En la plaza  bebíamos. Los bares de Hilario Peña, el café Varela,  bar el Tubo y El ideal servían vino, cerveza de la Cruz blanca, café con achicoria, anís la Castellana, brandi Veterano, Mirindas, palomitas de anís, belmontes, zarzaparrilla, vermú con sifón, si aderezado con una aceituna segullana, todo un lujo.

En la plaza reíamos y en ocasiones  llorábamos. La risa como fuerza regeneradora y liberadora es inherente a la fiesta popular y recalco lo de popular para dejar claro que no comparto la opinión de Umberto Eco que, en su famosa novela El nombre de la Rosa,  pone en boca de uno de sus protagonistas que "la risa deforma el rostro y nos hace parecer monos", frase, por otra parte, muy acertada en el contexto de la obra citadaal estar en clara consonancia con el cristianismo primitivo que condenaba la risa y la hacía emanar del mismo Diablo. Hay quien señala que el hombre debe sonreír más que reír, tampoco estoy de acuerdo. Aristóteles afirma que el hombre es el único ser viviente que ríe y señala que el niño ríe por primera vez a los 40 días de su nacimiento, momento en el que se convierte en ser humano de verdad. La sonrisa, por tanto, se la dejamos a la Gioconda y a los aristócratas ingleses que, además, la disimulan tras un pañuelo (acudan a Lord Chesterfield).  Yo prefiero la carcajada espontánea y sincera que ante un posible mal mayor el toro sólo deja en paños menores a un espontáneo.

Bailábamos, pues claro, y panceao. Los componentes de la Orquesta FLOR, más tarde Ritmo 80, integrada sucesivamente por los saxos, Félix Pérez Viviano "el rubio", Luís Mena y Manuel Belloso Parrado, los trompetas Bernardo Prieto Pozo  y Teodoro Caballero Guerras, los clarinetes Manuel López Gallego y Manuel Belloso Parrado y los baterías Julián Rodríguez González, Ángel Prieto Pozo y Agustín Caballero Guerras nos amenizaban la tarde con pasodobles toreros y canciones festivas; había quien no les hacía caso y se liaban con Jalisco y su conga o el pasimisí, pasimisá por la calle de Alcalá.

En la plaza… mirábamos por las rendijas del tablao, tema delicado que si les parece lo dejaremos en el recuerdo de alguna balsa purificadora, o en la intrahistoria de cualquier alcacer de los muchos que antaño existían.

Dicen las malas lenguas que han matado al gato del tío maragato, los alejanos tenemos tarea, hay que encontrar al gaticida, han pasado mil años y aún no le hemos encontrado así que comencemos de nuevo la búsqueda, comencemos la fiesta, hagámoslo cantando, como en tiempos pasados, una vieja canción, aquella que ya cantaron nuestros antepasados y recuperada para todos nosotros por mi añorada Carmen Aguado: ¡Ay que tío!

A la puerta del alcalde

ha nacido un arbolito

con un letrero que dice

señor alcalde toritos.

 

¡Ay que tío, hay que tío!

Qué puyazo le ha metio

¡Ay que tío, ay que tío!

Qué borrachera ha cogido.

 

Si los ricos no los quieren

nosotros sí los queremos

si estamos de pasar hambre

lo mismo lo pasaremos.

 

¡Ay que tío, hay que tío!

Qué puyazo le ha metio

¡Ay que tío, ay que tío!

Qué borrachera ha cogido.

 

Al alcalde de Alaejos

le vamos a regalar

unas zapatillas blancas

pa que salga a torear.

 

¡Ay que tío, hay que tío!

Qué puyado le ha metio

¡Ay que tío, ay que tío!

Qué borrachera ha cogido.

Si recordáis más cosas que yo, algo de lo que estoy seguro, el objetivo primordial de este pregón lo doy por cumplido, si así es, y aunque, empleando términos taurinos, es ésta una plaza difícil, espero de vuestra benevolencia, me perdonéis los errores cometidos y merecer, al menos, un saludo desde el tercio. Muchas gracias, buenas noches y Viva la virgen de la Casita.

     

Antonio Lucas Varela

Alaejos, 28 de agosto de 2011

 

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