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PREGÓN DE SEMANA SANTA 2010

          

                Buenas tardes a todos:

                Muchas gracias, presidente de la Junta Local de Semana Santa de Alaejos, gracias a todos por vuestra asistencia.

                Supone para mí una gran satisfacción compartir este momento con todos vosotros. Quisiera dar las gracias también a todos mis hermanos cofrades nazarenos y a la Junta Directiva por la confianza depositada en mí para representar a nuestra cofradía en este acto. Espero estar a la altura que demanda dicha responsabilidad y que mi cofradía se sienta dignamente representada.

                Pregonar la Semana Santa de mi pueblo es un motivo de orgullo para mí, pues siempre he vivido estos días muy intensamente. Ya desde muy niño sentía la Semana Santa como una de las fechas más especiales del calendario en las que nuestro pueblo se va desperezando de los rigores del invierno y de los días con cortas horas de sol.

                Fue sin duda mi familia la que desde los primeros momentos de mi vida en este mundo me asoció a esta bella iglesia. Precisamente en esta iglesia fui bautizado con apenas cinco días de vida, aquí celebraría mi primera comunión y desde mi más tierna infancia, entre estos muros, fui abriendo poco a poco mis ojos y mi corazón a la Fe, haciendo que pronto sintiera deseos de ser monaguillo. Este templo reconozco que ha tenido y tiene una gran significación en mi vida, siempre entre estos muros me he sentido como en mi propia casa. Han sido muchas las horas que en mi infancia he pasado como monaguillo por aquí, muchos son los recuerdos; D. Ausencio, el Sr. Mariano, la Sra. Elena y, cómo no, Tito. Son recuerdos no sólo de imágenes, sonidos y olores, son recuerdos también de vivencias personales imborrables que con el pasar de los años, pese a parecer olvidados, a menudo vuelven a mis pensamientos.

                La Semana Santa es precisamente una época que siempre ha alimentado esos recuerdos de procesiones con ciriales, incensario, palio, faroles y cruces parroquiales. Me hacen revivir el ajetreo que inundaba la iglesia con un ir y venir de gente, unos a poner los pasos, otros a hacer el monumento, el volteo de las carracas y carrancones, el tableteo de matracas…

                ¡Con qué esmero y celo lo organizaba todo el Sr. Mariano! Qué gran maestro para tantos niños de nuestro pueblo, cuánto le debemos a él; mientras nuestros padres nos educaban en casa, él lo hacía entre estos muros.  Y tengo que decir que en esos años claves de la infancia yo he pasado muchas horas en este lugar y que el Sr. Mariano no sólo era un maestro de monaguillos, era también un maestro de la vida. Recuerdo como si de hoy mismo se tratara cuando se preparaba el reparto de los cirios del monumento al Santísimo; todo perfectamente organizado alfabéticamente y por calles, todos los cirios marcados con el punzón y el pimentón. En esos días de la Semana Santa todo, hasta el más mínimo detalles estaba perfectamente organizado y ritualizado año tras año. ¡Con qué diligencia nos disponíamos a repartir los cirios para poder llevarnos esas propinas que nos parecían una fortuna y que rápidamente se esfumaban de nuestros bolsillos.   Y es que si hay algo que caracteriza a la Semana Santa es su carácter de rito, de tradición.

                Al hilo de esto me vais a permitir que hoy tenga también un momento de recuerdo y homenaje a ese maestro de la literatura castellana que recientemente nos ha dejado. Don Miguel Delibes supo como nadie utilizar el lenguaje del pueblo castellano, y con esa maestría en la utilización del lenguaje ha sabido como nadie reflejar los tipos y costumbres de nuestros pueblos castellanos. Delibes en su obra “Castilla habla” pone en boca de uno de sus personajes, Ciriaco Sedano, las siguientes palabras:

“ –Yo, de cualquier forma, lo he vivido desde chico, o  sea, en este pueblo esto es ya tradicional, una costumbre de siglos. Según unos libros viejos que guardamos, allá por el año 1710 había aquí una hermandad que le decían de la Santa Vera Cruz y los hermanos, de alguna forma, asistían a ceremonias de tribulatorio, como en los entierros. Y parece ser que el fin principal de la organización, aunque el libro no lo diga, estaba muy relacionado con la Semana Santa. O sea, tal noche como hoy, la noche de Viernes Santo, todos los hermanos, con velas, formados en dos filas, armaban una procesión; podríamos decir que eran un poco como jueces, un silencio, una seriedad impresionantes.

[…] Y, si me apura, esta tradición de que le hablo, puede que sea anterior al 1710, que ya entonces figuraban en cuentas los higos, las alubias y el litro de vino que se bebía cada hermano después de la procesión, pero, como no conservamos libros más antiguos, vaya usted a saber de cuando viene esta ceremonia. Por lo que a mí respecta, llevo diez o doce años saliendo con la cruz, sí señor, que a mayores no lo llevo en cuenta. Lo que sí me recuerdo es que la cogí, por así decirlo, cuando al señor Maximiliano, que la llevaba, le vinieron mal las cosas y tuvo que emigrar a Bilbao”.    

(Miguel Delibes. Castilla habla. Ed. Destino,  Barcelona, 1986) 

                Lo que esta narración de Delibes demuestra es que la Semana Santa en las gentes y en las tierras de nuestra Castilla tiene una singularidad especial que todos nosotros experimentamos y que muchas veces no sabemos muy bien cómo explicar. En este sentido todos apelamos siempre a la tradición, a la costumbre, en definitiva a ritos y momentos que vivimos junto a las generaciones que nos precedieron. En casi todos nuestros pueblos hay algún rito único y exclusivo, algo que los vecinos consideran un rito ancestral que se pierde en la memoria del tiempo, que las generaciones anteriores ya celebraban y que nosotros nos sentimos en la obligación de preservar como algo que nos dota de identidad propia y nos diferencia de los demás. Si a esto añadimos el desarrollo en los últimos años de los estudios etnográficos, que profundizan y analizan desde la perspectiva antropológica nuestras manifestaciones culturales, llegamos a que estas costumbres y tradiciones populares, no sólo no desaparecen, sino que están muchas veces siendo recuperadas y poco a poco van recobrando fuerza y vigor en nuestros pueblos. A veces, incluso entramos en dura competencia con ese turismo de sol y playa o de nieve que en los últimos años se había impuesto durante los días de la Semana Santa en nuestra sociedad de bienestar. Es por eso que poco a poco el turismo cultural y de interior ha ido ganando fuerza en estas fechas señaladas del calendario, y nuestros pueblos recobran vida y bullicio en sus calles a la luz de los faroles, hachones y procesiones.

                Como digo, nuestros pueblos se aferran a sus tradiciones y ritos como símbolos de su propia identidad, y a veces pensamos que si un pueblo pierde sus ritos perderá algo tan fundamental como su identidad que le hace único, una sociedad viva y con un sentido que la llena de orgullo. Pero podemos preguntarnos ¿qué es un rito y qué importancia tiene? Por rito, palabra que proviene del latín ritus, entendemos que es un acto o ceremonia repetidos invariablemente, con arreglo a unas normas estrictas. Además, el rito tiene claramente un carácter simbólico, y su celebración, lo que llamamos ritual, puede consistir en fiestas y ceremonias, de carácter religioso más o menos solemne, siguiendo las pautas que establece la tradición o la autoridad religiosa.

                Sobre ritos de nuestra Semana Santa en Alaejos podemos destacar como algo único y peculiar en nuestras celebraciones la ceremonia de bajada del Santo Cristo de la Salud y posterior lavado de sus llagas con vino. Es esta una ceremonia muy entrañable que está marcada por la sencillez, sencillez que curiosamente dota a la atmosfera de ese rito de una solemnidad que sólo los que hemos tenido la suerte de asistir podemos captar en el ambiente. Es pues un rito que a los alaejanos nos gusta celebrar todos los años y que con gran orgullo, amor, dedicación y responsabilidad los hermanos cofrades del Santo Cristo pretenden conservar para nuestras generaciones venideras.

                Si hablamos de las principales manifestaciones populares de la Semana Santa de Alaejos, podemos reconocer que en los últimos años las cofradías se han revitalizado, incluso se han creado algunas nuevas. El término cofrade también procede de la unión de dos términos latinos cum, que significa “con”, y frater “hermano”. Está claro que el fomento de la confraternidad no puede ser en absoluto negativo para una sociedad tan individualista como la actual. Y qué podemos decir de las procesiones; estas han cambiado mucho en los últimos años; están mejor organizadas, sin duda gracias a la labor de Junta Local de Semana Santa, también las autoridades locales colaboran en que resulten bien, las cofradías compiten y se esmeran en realzar sus pasos, y gracias al esfuerzo de todos, nuestras procesiones resultan un momento muy entrañable para todos nosotros y para los que nos visitan durante estos días.

                Las procesiones son de origen muy antiguo; algunos historiadores consideran que las primeras procesiones cristianas se remontan en origen a la procesión que realizaban los sacerdotes del pueblo de Israel con el Arca de la Alianza. Por lo que respecta a nuestra Semana Santa hay cofradías y procesiones antiguas de Alaejos que se han perdido. Un ejemplo documentado es el caso de la cofradía de la Santa Vera Cruz. Existe documentación como las ordenanzas de la procesión del Jueves Santo de la villa de Alaejos del año 1610 que fueron publicadas en abril de 1618 y que se crean con el fin de regular dicha procesión. En dicha procesión participaba una cofradía ya desaparecida; era la cofradía de la Santa Vera Cruz. Esta cofradía procesionaba el día de Jueves Santo un crucificado desde la iglesia de San Pedro a la de Santa María. Este crucificado bien podría ser el actual Cristo de la Caridad, y esa cofradía desaparecida el germen de la actual cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad.

                También la procesión del traslado del Santísimo Sacramento desde el monumento de la iglesia de Santa María al monumento de la iglesia de San Pedro, ya hace muchos años que se perdió. Esta procesión personalmente sí que la recuerdo con añoranza desde mi infancia de monaguillo, cuando apenas levantaba unos palmos del suelo y no sin esfuerzo llevaba el farol de dos velas alumbrando al Santísimo Sacramento que, bajo palio y casi como a hurtadillas, los fieles acompañaban desde la iglesia de Santa María, por la calle de Zabacos cruzando la plaza hasta la iglesia de San Pedro. La plaza, a esas horas de la noche, era un bullicio de gentes en los bares donde siempre se producían exclamaciones al repique de los duros de plata que desafiaban la suerte de los jugadores de chapas. Recuerdo con cariño cómo hacia esos ruidosos y bulliciosos bares dirigía discretamente unas miradas de censura D. Ausencio y el Sr. Mariano y cómo a alguna mujer mayor se le escapaban expresiones entre dientes como “¡que poco respeto!” o “¡no sé donde vamos a parar!”. Alguna vez, algún curioso del corro de chapas, expectante de que las chapas dieran su veredicto, se daba cuenta de que el Rey de Reyes pasaba por la plaza, y discretamente entornaba las puertas y ventanas de los balcones para que el ruido de las partidas de chapas no perturbara tan silenciosa y piadosa procesión.

                Cuando participamos en nuestra Semana Santa, a veces justificamos nuestras obligaciones con expresiones como “es algo tradicional”, “ya lo hacía mi padre y mi abuelo”, “no es bueno que se pierda la tradición”… A mí me ha pasado con cierta frecuencia que me preguntan por qué me siento en la obligación de participar activamente en los actos de la Semana Santa de mi pueblo y casi siempre me refugio en la repuesta más cómoda y sencilla y afirmo que siempre lo he hecho y son tradiciones y costumbres que me unen a mis raíces. Pero, realmente ¿qué es eso de la tradición?

                La palabra tradición proviene del sustantivo latino traditio, y éste a su vez del verbo tradere, "entregar”. Según esto podemos entender como tradición el conjunto de bienes culturales que una generación hereda de las anteriores y, por estimarlos muy valiosos, los trasmite a las siguientes generaciones.

                Podemos considerar como tradicionales los valores, creencias, costumbres y formas de expresión artística que caracterizan a nuestro pueblo, y de forma especial a aquéllos que se han trasmitido por vía oral. Lo tradicional coincide así, en gran medida, con la cultura y el folclore o lo conocido como "sabiduría popular".

                La visión conservadora de la tradición ve en ella algo que mantener y acatar sin poder criticarla. Sin embargo, la vitalidad de una tradición depende de su capacidad para renovarse, cambiando en forma y fondo (a veces muy profundamente) para seguir siendo útil. Estaremos todos de acuerdo que esta fuera de todo lugar recuperar tradiciones ya perdidas como las sangrientas procesiones de disciplinantes.

                Lo que es claro es que la tradición es un hecho humano universal, por cuanto está ligada a algunas de las características fundamentales del hombre tales como su sociabilidad, su historicidad, su educabilidad, etc. Es por esto que generalmente es admitida la positividad de la tradición; el progreso humano, la civilización y la ciencia serían imposibles sin ese trasmitirse los conocimientos y las actitudes de generación en generación.

                Llegados a este momento de mi intervención, y con intención de no extenderme mucho, me gustaría compartir con vosotros lo que humildemente considero que es la verdadera razón de ser de la Semana Santa. Esa esencia de nuestra Semana Santa debe hacerse presente en las auténticas manifestaciones públicas de fe que deben de ser nuestras procesiones. Y es que la Fe es compromiso, convivir en nuestras cofradías como verdaderos discípulos de Cristo; es caminar como lo hacemos en nuestras procesiones, detrás de Él. Ser cofrade es ser miembro de la Iglesia, ya que precisamente lo que nos compromete con la Iglesia es la Fe. Esa Fe nos ha sido trasmitida por nuestros antepasados como el mejor valor y herramienta para la vida, para toda la vida, y no puede ser reducida a pequeños y fugaces momentos, no podemos tener fe unas horas o unos días y el resto de nuestra vida desgravarnos esa fe. La fe de nuestros antepasados es la responsable de nuestra fe, y nuestra fe es, a su vez, responsable de la fe de los demás. Si no cuidamos nuestra Fe de nada sirve empeñarse en preservar los ritos y tradiciones de nuestra Semana Santa.

                Para remarcar esto quisiera pediros que acompañarais mis palabras dirigiendo vuestras miradas sobre este maravilloso retablo, ejemplo paradigmático de la escultura romanista castellana de la segunda mitad del siglo XVI. En esta joya salida de las gubias del taller de Esteban Jordán está condensada la esencia de la gran historia de la salvación del hombre. Sin duda, esta obra ha sido el catecismo en el que durante siglos han alimentado su fe muchas generaciones de alaejanos; junto a este retablo muchos se han bautizado, han recibido su primera comunión, se han casado, han sido despedidos de este mundo o han rezado piadosamente.

                Este retablo como sabéis está dedicado a la figura de María, ejemplo maternal de Fe, ella sí que supo fiarse de Dios. ¡Qué bellas las escenas de la Anunciación y la Visitación! El centro de la encarnación de la Virgen es el sí que pronunció María, y ese sí llevaba ya implícito la salvación del hombre. María en las escenas de esta obra maestra nos está ayudando a conocer nuestro camino de salvación. ¡Qué bella es la mirada de María hacia Jesús niño en su Natividad! ¡Cómo muestra en la Epifanía a los magos el fruto bendito de su vientre como Salvador del mundo! ¡Cómo esa madre guardaba todo en su corazón! Y cómo no, también podemos verla junto a la cruz del Calvario siendo corredentora junto a su Hijo, el cual también supo decir sí con su muerte. Finalmente, el mensaje final de este retablo parece converger hacia el remate superior. En el ático parecen condensarse y resumirse todos los mensajes del retablo. Aquí se concentran las escenas de la Pasión, y por ello a este lugar quiero dirigirme finalmente. ¡Qué gran ejemplo de concreción en el mensaje! ¡No se puede decir más con tan pocas imágenes! En este remate superior del retablo vemos concentrada la historia de la salvación, la historia de una entrega absoluta.

                Contemplemos al Padre Eterno, creador del Universo. Él nos ama desde siempre, eternamente y nunca dejará de entregarse. Por el hombre creó el mundo, y lo creó bien. Cada día, como en la parábola del hijo pródigo, se sigue haciendo mendigo de nuestro amor por medio de la Eucaristía. Y en esa historia de entrega sólo nos pide una cosa a cambio, lo peor de nuestras vidas, el pecado.

                Contemplemos a Adán y Eva. En la creación de las demás cosas Dios no se complació tanto como al crear al hombre, lo creó de una forma “especial”, a su imagen y semejanza, y lo creó libre. La libertad es una condición natural del hombre. Adán y Eva no tardaron mucho tiempo en utilizar esa libertad y quisieron ser como Dios, pecaron de autosuficiencia, ellos representan el pecado original, los posteriores pecados de la historia de la humanidad ya no han sido tan “originales”, no son sino burdas copias de ese primer pecado. El hombre con su pecado lo que ha hecho ha sido deformar la obra de Dios.

                Fuimos creados tan libres que incluso fuimos libres para cometer el mayor crimen de la historia, matar al Hijo de Dios. Permanecemos en este mundo condicionados por muchas cosas que no nos dejan obrar en libertad; el mundo se empeña en que creamos en algo; sin embargo los que nos llamamos cristianos debemos creer no en algo sino en alguien, en Jesucristo que es el camino para llegar al Padre. Y es que Cristo sabe el camino porque Él es el camino, debemos fiarnos de Él para llenarnos de Fe.

                Contemplemos a Moisés. Es la prueba de que Dios nunca abandona a su pueblo, con Israel permanentemente Dios establecerá alianzas, y precisamente la seña de identidad de Israel será que es el pueblo elegido por Dios, y por eso, poco a poco lo irá santificando, desde la vieja ley hasta la nueva ley.

                Contemplemos al rey David. En el seno del pueblo de Israel y de su estirpe es de donde surgirá el Mesías, el Salvador.

                Contemplemos al Nazareno. ¡Ecce Homo!. He aquí el Hombre más perfecto de la historia de la humanidad, un nuevo Adán, con el que el Padre establece nuevamente su alianza con la humanidad. Pese a ello, experimentó la cruz, fue y continua siendo incomprendido por el hombre, en su sufrimiento en Getsemaní sufrió por todos nosotros. Al hacerse hombre también fue libre hasta para aceptar su destino de muerte, Él vino al mundo sabiendo su final, dar su vida y lo que predicó en su época es plenamente válido para nuestra época y sociedad. Con su muerte redimió nuestros pecados y con su resurrección nos dio la vida eterna. Por eso los cristianos no debemos quedarnos en la cruz, no seguimos a un Dios muerto, sino a un Dios vivo. Como decía Juan Pablo II: “Cristo no merece la pena, merece la vida”.

                Contemplemos a la Iglesia. Representada por los cuatro Padres y Doctores de la Iglesia latina, reconocidos como eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos. Nosotros somos miembros de la Iglesia, y la criticamos por sus errores, pero ¿acaso criticamos lo que hacemos nosotros cuando con el pecado estamos deshonrando a esa Iglesia a la que también pertenecemos?

                Finalmente contemplemos el árbol de la cruz. En él aparece clavada la salvación del mundo, si reconocemos al crucificado conoceremos el amor eterno del Padre. Cristo crucificado es la donación plena del Dios Padre y Dios es el amor que cada día hace posible todas las cosas.

                Estimados vecinos y amigos, no hay peor aberración en el hombre que rechazar a Dios. Como diría el conocido como “príncipe de las paradojas” G. K. Chesterton “el hombre que no cree en Dios acaba creyendo en cualquier cosa”. Nosotros somos seres imperfectos, pero debemos ser cofrades con Cristo, auténticos confraternales de Cristo.

                Jesús cuando eligió a sus discípulos no los eligió por ser los más perfectos, no eligió a los más cualificados, pero Él cualifico a los elegidos. Como un padre educa a sus hijos y utiliza a los maestros y educadores, así nuestro Padre del cielo se vale de sus apóstoles para educar a sus hijos, y utiliza el mejor libro de texto que podamos consultar, la Palabra de Dios. Para ayudarnos a entender esto siempre es muy recomendable la parábola del sembrador, que no por casualidad aparece recogida en tres de los cuatro Evangelios.

                Es muy importante compartir y trasmitir la Fe, si nos la guardamos, se pudre, si no hacemos pública manifestación de ella en el mundo, este mundo acabará destruyendo nuestra Fe, y eso sí que sería una gran tragedia. Por eso os pido que sepamos impregnar de la Fe verdadera los ritos y actos de nuestra Semana Santa, que sepamos entender y recoger la tradición de los que nos precedieron en la Fe y sepamos trasmitirla a generaciones venideras. Así honraremos de verdad la memoria de los que nos precedieron, sólo así lograremos mantener nuestras más auténticas tradiciones y preservaremos nuestra verdadera identidad como pueblo. Sólo así, nuestra Semana Santa perdurará y tendrá verdadera razón de ser.

                Por último, este pregón que comparto con todos vosotros, quisiera dedicárselo a mis padres; ellos me entregaron los dones más preciados que poseo, la vida y la Fe, y por supuesto a mi hijo, a quien ahora yo estoy obligado y comprometido en entregarle esos mismos dones.

                Muchas gracias y buenas noches.

 

Alaejos, 26 de marzo de 2010.

Francisco José Rodríguez Carracedo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2009

 

 

 

                

                Bienvenidos todos a la casa del Señor.

               Siguiendo el turno establecido por la Junta de Cofradías de Semana Santa, corresponde a la Cofradía de la Oración del Huerto de los Olivos el honor de pregonar la Semana Santa en Alaejos. Por este motivo, y en representación de la misma, me es muy grato poder dirigirme a todos los creyentes alaejanos, no para establecer ninguna doctrina cristiana, ni mucho menos pagana, sino tan sólo para compartir con todos vosotros el comienzo de la Semana de Pasión, pero también de resurrección y sobre todo de esperanza para todos los cristianos. 

 

                Cuando se me encomendó esta tarea, reconozco que, al igual que nuestro Señor, sentí la tentación de decir que pasara de mí este cáliz, pero pronto comprendí que no debía renunciar a la obligación que como cristiano y creyente tenemos todos de confesar y proclamar nuestras creencias, sin el temor que nos impone la sociedad cuando se trata de pregonar a los cuatro vientos que creemos en Jesús muerto y sobre todo resucitado, por nosotros. 

Entonces dije al Señor,

no quiero ser pregonero

prefiero ser muñidor,

para invitar al cofrade

a que entone una oración.

Quiero hacer sonar mi esquila,

y que toque el corazón

del cristiano alaejano,

y que rece con fervor

pues Cristo ha resucitado

vivamos pues sin temor. 

                Nuestra Semana Santa no es que tenga gran renombre ni en los medios sociales ni de comunicación, pero sí que está arraigada en el corazón de muchos de nosotros, que desde pequeños hemos vivido la pasión de Cristo desde los actos que se celebraban en nuestras parroquias de San Pedro y Santa María. En ello tienen mucho que ver la labor de las cofradías y hermandades que, con cariño y fervor, fueron creando primero unos estatutos y luego unas tradiciones, o también a la inversa, y que han ido pasando de unos a otros. Intentando que en estas fechas a todos nos llegara el sentimiento de amor y caridad cristiano que Cristo desde la cruz proclamó cuando, sintiendo incluso el dolor por la traición y el desamor de aquellos a quienes redimió, fue capaz de perdonar a quienes le crucificaron.

 

                Es verdad que ya no suenan las carracas por las calles convocando a los alaejanos al recogimiento. Porque es tiempo de que el cristiano acuda a los actos conmemorativos de la Semana Santa con recogimiento. Pues bien, vayamos recogidos, pero no encogidos, porque parece que el ser cristiano y demostrarlo está mal visto y acabamos encogiéndonos ante la adversidad de una sociedad cada vez más laicista. Hasta en los autobuses urbanos de algunas ciudades se nos invita a vivir sin miedo, porque Dios no existe. Precisamente los cristianos vivimos sin temor alguno, ni a la vida ni a la muerte, porque Dios existe. Y en estos días nos toca demostrar a todos los que no creen o no quieren creer que Jesús, con su gran amor, demostrado en su Vía Crucis, nos ha enseñado que la vida de los cristianos comienza con su muerte y continúa con su resurrección.

                Tampoco se oye ya a los muñidores de las cofradías que convocaban a sus cofrades a las reuniones de las mismas o tocaban sus esquilas para recordarnos a todos que estaban cerca las celebraciones, que dan sentido a la vida de todos los cristianos.

                Tan sólo, como pregonero, quiero cumplir tal misión recordando los actos que se celebran en nuestro pueblo y que son seña de nuestra identidad cristiana.

 

                En Alaejos existe una gran tradición de celebrar el triduo de carnaval, que los Hermanos del Cristo de la Caridad organizan y conmemoran año tras año. Y caridad es lo que más echamos en falta en nuestros días, donde el egoísmo impera y cada uno trata de salvar su alma sin importarle la de los demás. Y es que incluso los cristianos hacemos bueno el dicho popular de que “la caridad empieza por uno mismo”. Lo malo es que normalmente empieza y acaba en nosotros mismos. Precisamente, ahora que tanto se habla de la crisis imperante, los cristianos debemos seguir el ejemplo de Jesús y darnos en la medida de lo posible a los demás para demostrar que hemos entendido las enseñanzas de Jesucristo.

 

                Tras el carnaval entramos en la Cuaresma, después de que se nos recuerde con la imposición de la ceniza que somos polvo y en polvo nos hemos de convertir. Pero no somos tan sólo polvo, que pueda llevar el viento, sino como dijo el poeta polvo somos pero polvo enamorado. Enamorados de la vida de Jesús, que es el ejemplo que todos debemos seguir para alcanzar con él la gloria que nos tiene prometida.

                La Cuaresma, en la que nos encontramos, significa que pasamos estos días en cuarentena. La cuarentena no es porque suframos una epidemia, sino porque nos preparamos para el gran día con mayúsculas. Ese día es el de la resurrección de Jesucristo. Durante esos cuarenta días ayunamos y como sentencia un dicho popular hacemos “sacrificios en Cuaresma”.  De nada sirven falsos sacrificios si en el fondo de nuestro corazón no impera la caridad para con nuestros semejantes, que esperan de nosotros que actuemos como auténticos seguidores de la doctrina de Cristo.

                Esos cuarenta días, los cristianos nos abstenemos de comer carnes los viernes, pero a veces nuestra abstinencia dura más de cuarenta días y no se reduce tan sólo a los viernes. Me refiero a la abstinencia de alimentarnos de las enseñanzas de Cristo. Y cada vez se nos nota más nuestra delgadez en el alma por falta del alimento verdadero, que sólo la lectura y práctica de lo que Cristo nos enseñó puede engordarla para que parezca sana y lustrosa.

 

                Nos encontramos ahora aquí, en el que tradicionalmente se llama el Viernes de Dolores, y nuestro pueblo mantiene con orgullo esta tradición, pues de ello se encargan las integrantes de esta Cofradía, que año tras año organizan la novena en honor a la Virgen de los Dolores.

Tiene bonito nombre esta Virgen que veneramos, pues de dolores de parto pasa a dolores de muerte, por el Hijo que llevó en sus entrañas. Es tanto el dolor de esta Madre, pero que lo sufre en silencio, aunque lleve clavado en su pecho los puñales del desprecio. El desprecio de los hombres que no entendieron lo que proclamó su hijo a los cuatro vientos, y es que el motor del mundo es el Amor Verdadero.

 

Y pronto llegaremos al Domingo de Ramos, y como aquí decimos “en el Domingo de Ramos el que no estrena nada, no tiene manos. De pequeños no entendíamos esta sentencia, y siempre teníamos algo que estrenar, aunque fueran unos calcetines o un pañuelo, pues era como una superstición. Con el tiempo hemos comprendido que no se trata de estrenar ropa para no perder nuestras manos. Lo que tenemos que estrenar, o renovar más bien, en este día todos los cristianos es la ilusión de ver a Cristo triunfador entre las palmas, que agitan sus seguidores, porque de él esperamos la salvación. Y así debe ser, tenemos que renovar nuestra fe en la salvación, porque sólo así podremos mantener intactas nuestras manos para seguir trabajando con ilusión y ser ejemplo de la alegría que nos invade por esa seguridad, moviendo nuestras palmas y ramos en señal de gozo. 

Despierta, Alaejos, vamos

vamos a estrenar el aire

que ya es Domingo de Ramos

no vas a perder el tiempo

tampoco perderás las manos,

debes seguir agitando

las palmas y cual hermanos

uniremos nuestras fuerzas

pues Cristo viene a salvarnos. 

Una vez entrados en la Semana Santa propiamente dicha, el miércoles los hermanos del Cristo de la Salud, manteniendo también una larga tradición, lavarán las llagas del Cristo con vino para luego compartirlo con todos los alaejanos, que beberemos con la devoción y la creencia de que dicho trago nos mantendrá sanos durante el año venidero.

También los hermanos del Cristo Atado a la Columna lavarán con vino el lazo del paño de pureza.

Estas tradiciones es bueno mantenerlas, pues todos necesitamos mantenernos sanos y con las manos desatadas para poder trabajar, pues en estos tiempos que corren el trabajo y la salud son bienes muy preciados.

La noche del miércoles acompañaremos a Jesús Nazareno y a su madre la Virgen de la Soledad en el vía crucis. Ese camino de cruces nos recuerda nuestro propio caminar por esta vida con la única esperanza puesta en el premio que se nos ha prometido. La verdad es que da pena cuando oyes a alguien decir que no cree ni en Cristo ni en lo que él nos enseñó. Y da pena porque la vida que hoy disfruta no tiene mucho sentido si acabara en el calvario, sin la esperanza de una resurrección, por eso tenemos una gran tarea los cristianos para intentar convencer a los que no creen que se vive mucho mejor cuando el premio que esperas recompensa todos los sufrimientos de esta vida.

 

El jueves y el viernes santo celebramos los Santos Oficios. La verdad es que de pequeño cuando me decían que tenía que ir a los oficios me resultaba como algo costoso, pues uno asocia la palabra oficio con la dura tarea de cada día. Sin embargo, si añadimos el adjetivo “santo”, parece que la carga es más liviana. No obstante, ya con la madurez, uno descubre el verdadero significado de estos actos en los que el día de Jueves Santo se celebra la institución de la misa por Jesús, cuando en un acto de humildad es capaz de sentirse servidor de todos, lavando los pies de aquellos que en teoría debían ser sus servidores. Y el Viernes Santo celebramos la pasión en toda su extensión, recordando el enorme sacrificio que supone para alguien, que es el Hijo de Dios, la humillación de ser considerado un bandido, crucificado como un malhechor, al lado de dos ladrones.

 

En esos días todas las cofradías “procesionamos”, sacando a nuestros pasos con devoción, arraigada en tantos años de hombros doloridos, cantando “mil veces me pesa, y a veces sí que nos pesan, pero como lo hacemos con fervor, la carga es más llevadera. Este año, por circunstancias que todos conocemos, los pasos de las cofradías de San Pedro no podrán ser portados por sus cofrades, pero no impedirá que todos los llevemos presentes durante la procesión.

 Celebramos la pasión del Señor. Esa pasión que sufrió por nosotros y que, sin embargo, nosotros no le recompensamos poniendo pasión a los actos que conmemoramos, pues a veces lo hacemos con desgana y por obligación. Y enterramos al Señor en un sepulcro que acoge no sólo el cuerpo de Cristo, sino también nuestros pecados, pues en su inmensa compasión quiso Jesús con su muerte limpiar nuestros corazones.

 

Es el sábado santo, el día de la esperanza por excelencia. Todo el que se considera cristiano y cree en ello pasa ese día esperando que llegue la gran noticia, que nos traerán los apóstoles que visitaron el sepulcro, de que Jesús ha resucitado.

 

El domingo de resurrección con la procesión del encuentro se desatan muchos sentimientos al ver como el Hijo se encuentra con la Madre. Este es el verdadero significado de nuestra vida, al unirse de nuevo la madre con el hijo, simboliza la vuelta a la vida. Volvemos a atar el cordón umbilical, que un día fue cortado para no desatarlo jamás. Ese cordón puede ser del que colguemos nuestras medallas de cofrades, pues con él unimos el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo, al hombre con Dios.

Es cierto, por tanto, que con la resurrección de Jesús se nos abre una nueva esperanza para nosotros los mortales y es que algún día nosotros también podremos gozar de ese don de la resurrección.

 

Por todo ello os invito a que vivamos esta Semana Santa de manera especial y pongamos en nuestros autobuses, o si no más bien en nuestros corazones, el lema de que Dios existe y por tanto podemos vivir tranquilos.  

Quien te dijo Alaejos

que pregonarte era caro

pues basta oír tu silencio

para sentirse pagado

procesionas el silencio

el día de Viernes Santo

haces sonar tus campanas

en silencio redoblado

silencio que se nos pide

porque a muerto están tocando

el muerto que hoy enterramos

mañana ya es resucitado

y puesto que silencio pides

yo ya silencio voy dando

termino aquí este pregón

silencio, silencio y callo. 

Muchas gracias y buenas noches.

 

 

Alaejos 3 de abril de 2009.

B. Jesús Nieto López

 

 

 

 

 

 

 

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2008

 

 

 

Queridos amigos todos. Me presento ante vosotros en una situación y en un momento muy distinto al de otras ocasiones. Hoy es día y hora de reflexión, de hablar desde dentro de uno mismo, desde la vivencia personal, con el alma un tanto encogida por la responsabilidad que he adquirido para pregonar los acontecimientos más grandes que ha vivido la humanidad en los últimos dos mil años: la pasión, la muerte, la resurrección de Nuestro Señor, la historia de nuestra salvación.

Queridos D. José, párroco de esta mi parroquia de Santa María, Sr. Alcalde y autoridades, paisanos de nuestra villa, hermanos cofrades, feligreses alejanos y forasteros, hermanos todos en Cristo, para todos mi saludo y mi abrazo sentido y fraternal.

 

Salía huyendo, hace unas horas, del bullicio de Madrid, de las luces de neón, del reino del caos, del imperio del despilfarro, del mundo de los falsos dioses, de los dioses con pies de barro, del individualismo y el materialismo más cruel, escenificado por todo aquello que al hombre le hace menos hombre: el egoísmo, la egolatría, la indiferencia, el odio, el fanatismo.

Conforme me acerco al puerto del León, en la sierra de Guadarrama, y veo atenuarse el resplandor de luz que ilumina el mundo inane y fatuo de la capital, mi mente se aclara y mi ser se apacigua. Con el paso de kilómetros me empieza a inundar una paz y una profunda tranquilidad, mi alma se sosiega y la fuente del recuerdo me tararea las palabras de Fray Luis de León.  

¡Qué descansada vida

la del que huye el mundanal ruido

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!  

Por la tierra parda, árida y seca de Arévalo y Medina me asalta el espíritu de Teresa de Jesús y su ansia de morir para vivir y brota, de nuevo, en mí el espíritu manantial de su verso sublime:  

Vida, ¿qué puedo yo darle

a mi Dios que vive en mí,

si no es perderte a ti

para mejor a Él gozarle?

Quiero muriendo alcanzarle

pues a Él solo es el que quiero.

Que muero porque no muero.  

Cinco, seis, hasta siete torres cuento en Arévalo. Tapias de conventos jalonan y amparan el cruce de Medina, ya estoy en el corazón de Castilla, tierra recia, tierra de oración, tierra que invita a la espiritualidad, que anima al recogimiento, al reencuentro con la vida, con el espíritu del hombre y su trascendencia. Estoy llegando, veo ya las torres iluminando el cielo con su luz, a la derecha dejo el camino de la Casita, y rezo. Al paso por el cementerio recuerdo a mis padres, que me infundieron la fe, que me criaron en ella, y me acongojo al pensar en lo poco que la he cultivado.

 

Ahora me encuentro aquí, ante vosotros, este viernes de Dolores, en la antepuerta de una nueva Semana Santa. Una Semana, un pequeño periodo de tiempo, pero suficiente para la génesis bíblica, seis días para crear el mundo, seis días para injuriar, flagelar, maltratar y crucificar al Hijo de Dios, seis días para la Salvación del Mundo.

Me asaltan los recuerdos de otras semanas santas vividas, de aquellas de mi niñez y mi primera juventud, las recuerdo entres tristes y alegres porque es muy difícil entender en la niñez la Pasión y la muerte de Nuestro Señor.

Son recuerdos desorganizados en los que predominan lo visual y lo anecdótico, de ahí que lo primero que veo en la retina del tiempo sean los alegres jueves de comadres y compadres, precursores de la cuaresma, el Domingo gordo, el sencillo y discreto carnaval, la imposición de la ceniza a todos los críos acompañados por los maestros, la inquietud y el desasosiego, por aquello de la confesión, para el cumplimiento del mandamiento recogido en el catecismo: confesar y comulgar por Pascua Florida, el pique por el recorrido de las procesiones entre las dos parroquias, personalizado en los respectivos párrocos, don Ausencio y don Antonino, ambos de feliz memoria, las carracas, irritante y estridente imitación del melodioso tañer de las campanas, el olor a cera fundida del Monumento, las procesiones sin flores, ni palios ni bandas de música, sólo la tristeza sonora de los cantos penitenciales, el callejero pregón de los monaguillos anunciando los oficios religiosos, los actos paganos ligados a hermandades y cofradías, el cocido y el potaje en las dependencias de lo que hoy es el Centro de Salud, el reparto a domicilio de los cirios del monumento con los nombres de los propietarios grabados y coloreados con pimentón, el cadencioso murmullo del Vía Crucis, el recogimiento de la procesión del Silencio, el estallido de alegría con el repique de las campanas tocando a pino el Domingo de Resurrección y, cómo no, el olor del aceite caliente de las Flores de Pascua que hacía mi madre.

Llegado a este punto me asalta la inquietud intelectual y me pregunto ¿por qué tenemos los cristianos la necesidad de exteriorizar nuestras creencias, de exteriorizar nuestra fe? ¿Acaso no incumplimos el consejo de Dios, nuestro Señor, de que no vea nuestra mano izquierda lo que hace la derecha? 

La interrogante tiene sencilla respuesta y compleja interpretación por la propia complejidad humana. Veamos un poco de historia.

 

Ya desde los primeros tiempos del cristianismo los creyentes representaban y escenificaban su fe, primero en secreto, en silencio, por la cruel persecución romana, más tarde, abiertamente, pero aún contaminada de cierto paganismo romano. Las hermandades y las cofradías, que hoy conocemos y a las que muchos de nosotros pertenecemos, son asociaciones de fieles cristianos laicos. Están definidas por dos palabras de origen latino, germanus=hermano carnal y cum fratre=con el hermano, por tanto, etimológicamente significan lo mismo, pero el Derecho canónico de 1917 las distingue y señala que “una hermandad es una asociación de fieles erigida para ejercer alguna obra de piedad o caridad constituida a modo de cuerpo orgánico (es decir, organizada jerárquicamente con cargos como el de ministro, capellán, diputados, secretario, sacristán, portero, llamador y hermanos). Si, además, han sido erigidas para el incremento del culto público se las llama cofradías”.

Estas asociaciones no nacen en el siglo XII o XV, nacen con Jesús y sus discípulos, con María y los apóstoles, reunidos en el cenáculo después de la muerte y Resurrección de Jesús y llegan hasta nuestros días. A pesar de lo dicho, bien es cierto que es a partir del siglo XII cuando se organizan.

Primero surgen las cofradías de devoción o de culto a los santos protectores, los catorce santos auxiliares, a los que se invocaba contra las enfermedades y las catástrofes, y a los santos patronos que reunían a las gentes de un mismo oficio o profesión. Entre estas, en Alaejos, había muchas: la de san Blas, patrón de los cardadores y protector contra las enfermedades de la garganta; San Isidro, patrón de los labradores; santa Bárbara, patrona de los artilleros, mineros y bomberos y protectora contra las tormentas y los rayos; santa Águeda, patrona de las nodrizas y de los fundidores de campanas y protectora contra los incendios y los terremotos; san Antón, patrono de los animales y protector de la sarna y la lepra; san Cristóbal, patrón de los viajeros; santa Cecilia, patrona de los músicos; además, la de la Santísima Trinidad y el sagrado Corazón. Las cofradías de la Purísima, la de la Virgen del Carmen y la de los Pastores de la Virgen de la Casita (1712) nacen al amparo de María, como abogada y patrona.

Más tarde surgen las llamadas hermandades hospitalarias, entre nosotros la del Cristo de la Caridad (1733) y la del Cristo de la Salud (1882), separadas en su origen por más de un siglo, sus fines son parecidos: realizar obras benéfico-asistenciales, entierro y sufragio por los difuntos, atención a viudas y huérfanos, dar asilo y refugio a los pobres, a los enfermos, a los peregrinos, a los presos, donación de alimentos en épocas de escasez, atención de un hospital o un asilo y la penitencia de los hermanos cofrades. En una palabra, practicar, como buenos cristianos, las obras de misericordia.

La Hermandad del Cristo de la Caridad a la que, como bien ha dicho Mariano, pertenezco por herencia paterna y voluntad propia, surgió por iniciativa de los clérigos beneficiados de san Pedro y cumplirá su 275 aniversario el día 15 de noviembre próximo. Será un día de alegría y buenos deseos para que perdure para siempre.

Finalmente aparecen las cofradías de Pasión o penitenciales, que nacen para la contemplación de la Pasión y muerte de Jesús y su imitación por medio de actos penitenciales como la flagelación u otro tipo de penitencia casi siempre públicos. Estas últimas florecen con la eclosión espiritual de los siglos XV y XVI y, tras pasar por períodos difíciles, de incertidumbre e incluso de prohibición en algunas épocas, es a finales del siglo XIX cuando se revitalizan definitivamente y la Semana Santa echa a andar tal y como hoy la conocemos y vivimos. Ojalá siga, pero a mejor. Las hermandades y cofradías alejanas penitenciales más antiguas se remontan a comienzos del XVIII y hoy disfrutamos de La Oración del Huerto, del Cristo atado a la columna, de Jesús el Nazareno, del Cristo del Despojo, del Santo Entierro, de Nuestra Señora de la Soledad y de la Dolorosa.

Todas fomentan una vida más perfecta, promueven el culto público, la doctrina cristiana, realizan labores de apostolado, ejercitan la caridad y la piedad.

 

Es el momento de retomar la pregunta que ha dado lugar a esta explicación. ¿Por qué? Las representaciones religiosas surgen frente a una liturgia de espaldas al pueblo, llena de gestos, símbolos y lenguaje que el pueblo llano no entiende (latín) y frente a una predicación muy verbalista y conceptual, por ello surge el movimiento religioso de manifestaciones procesionales donde se visualizan y se saborean los hechos sagrados y no sólo se escucha, sino que el pueblo participa y se implica activamente en ellos.

El hombre, débil y frágil como su fe, necesita comprender el misterio y, como Tomás, tocar y ver para creer. El Hombre en su debilidad cree lo que huele, ve y toca y por ello esculpe, pinta y porta sobre sus hombros sus propias creaciones que le ayudan a entender el misterio de la Salvación.

Qué endeble es nuestra fe para no entender el misterio que rodea la Semana Santa, pero qué fácilmente entendemos a una Virgen, a una madre, llorosa y compungida y esculpimos su imagen encogida de dolor, pintamos su palidez, grabamos sus lágrimas, qué fácilmente entendemos a un Cristo herido y sangrante; qué fácil entender la cobardía y el miedo de unos apóstoles confundidos que se sienten traicionados por quien les ha prometido el poder y la gloria junto a Él; sí entendemos la avaricia y la traición de Judas por ser defectos muy humanos, sí entendemos la crueldad de soldados mal pagados y sedientos de sangre, sí entendemos la compasión de la Verónica y de las mujeres que acompañan a Jesús, sí entendemos la cobardía de Pedro y su negación, sí entendemos el odio en la mirada de Barrona.

Es por ello por lo que sacamos el misterio de las iglesias a las calles, en éstas es donde mejor nos desenvolvemos, en ellas es donde podemos expresar plásticamente nuestra fe, nuestra religiosidad, nuestra humanidad y gritamos:  

Prestadme una escalera

para subir al madero

y quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno.  

¡Qué cosas hacemos y decimos los hombres! Mas, no nos engañemos con la fe, es muy tenue, al menos por parte de este pregonero, y de esa fragilidad es desde donde se pueden entender estos versos, tan humanos, tan creíbles.

¿Quién de nosotros no hubiera desclavado a Jesús? ¿Quién no le hubiera librado de su dolor? Pero con ello, pobres, hubiéramos deshecho el misterio de la vida y de la muerte, el misterio de la Salvación.

 

En Semana Santa, en estos pocos días que van del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, están reflejados los vicios y las virtudes de la condición humana, encarnados por los personajes que aparecen en los evangelios y en la tradición cristiana.

Vemos la crueldad y la violencia en los soldados de Roma; la pasividad y cobardía de Pilatos, que prefiere mirar para otro lado, esconder la cabeza, no implicarse, y, ante la injusticia, lavarse las manos; vemos un pueblo, una masa dirigida y manipulada por unos dirigentes, unos gobernantes que ven peligrar sus cargos y que le hacen gritar ¡Crucifícalo, crucifícalo!; vemos el oportunismo de Barrabás; el egoísmo, la avaricia y la felonía en Judas; el miedo en los discípulos que se esconden y niegan su vinculación con Jesús; la compasión en la Verónica que enjuaga el sudor sanguinolento de nuestro Señor y le alivia; vemos la grandeza moral de Simón de Cirene, que pasaba por allí, venía del campo, y no se niega ni se resiste a ayudar a nuestro Señor; vemos el dolor de una madre, con el corazón partido, pero serena; el amor fraternal de Juan, el discípulo predilecto de Jesús; el valor y el coraje de José de Arimatea que exige el cuerpo de Jesús ante el propio Pilatos; el desprecio y la burla de los poderosos Herodes, Anás y Caifás; el inconsolable llanto de las mujeres que le siguen en su Calvario; la indiferencia de los guardianes que se juegan la túnica a los dados, la poca fe y la incredulidad de Tomás; y sólo y por un instante la debilidad del propio Jesús, que en su condición humana, grita: ¡Padre, por qué me has abandonado!.

Veámoslo, vayamos paso a paso, día a día.

 

Primer día de la semana, Domingo de Pasión o de Ramos.

Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, con todo su Poder y Gloria, aclamado por una multitud que le recibe con ramos de olivo, hojas de palma y laurel. Y Jesús subido en un biche. No entra montado en blanco corcel, ni en carruaje de plata, sino en una borriquilla, la más humilde de las caballerías y Jesús, con toda su Majestad, nos muestra el camino de la Humildad, huyendo de la vanagloria, la presunción y el orgullo.

 

Segundo día de la semana, Lunes Santo.

En este día recordamos el pasaje de la Unción en Betania (San Juan 12, 1-11). Unos amigos le invitan a cenar y una mujer le unge los pies cansados con un costoso perfume. Judas protesta, ¡cuánto gasto! La Hospitalidad personalizada en Marta, el egoísmo, la avaricia y la envidia en Judas Iscariote.

 

Tercer día de la semana, Martes Santo.

La traición de Judas y el papel de éste centran las reflexiones evangélicas que leemos en las ceremonias de este día. Así mismo se anuncian las Negaciones de Pedro. Miseria humana, felonía, vileza, avaricia, cobardía y miedo aparecen en los pasajes evangélicos, al mismo tiempo que la comprensión de Jesús ante estas debilidades y el Amor por los protagonistas, porque, no lo olvidemos, Jesús es Amor.

 

Cuarto día de la semana, Miércoles Santo.

Seguimos recordando la traición de Judas y la venta de Jesús por treinta monedas. Además, el Miércoles Santo se celebra la denominada Misa Crismal, en la que los obispos proceden a la bendición del Santo Crisma, que será utilizado durante el año para los Bautismos, en la confirmación y en el Orden Sagrado, el Óleo de los Enfermos, que se utiliza en la unción de los enfermos, y el Óleo de los Catecúmenos, que se utiliza en el Bautismo junto con el Crisma.

 

Quinto día de la semana, Jueves Santo.

La Semana Santa llega en este día del Jueves Santo a su máxima relevancia. Con el Jueves Santo iniciamos el Triduo Pascual. Jesús celebra la Última Cena. El lavatorio de pies que realiza el sacerdote a los hermanos del Cristo de la Salud para recordar el gesto que Jesús realizó antes de la Última Cena con sus apóstoles.

De nuevo una señal del valor de la Humildad, del servicio a los demás, del amor al pobre, al desvalido. Jueves Santo, Día del Amor Fraterno. En el recuerdo, siempre unido al Corpus Cristo y la Ascensión, los tres jueves que relumbran más que el Sol. Finalizados los oficios vespertinos, el Santísimo Sacramento se traslada del Sagrario al “monumento”, altar de cirios y velas, luces de Cristo, fuegos de amor y purificación, mientras queda el Sagrario abierto y el altar despojado de todo tipo de ornato. Por la noche adoramos al santísimo en la Hora Santa.

Amor es la palabra de este día. No en vano el mandamiento que más nos remarca Jesús, aquel que nos manda amarnos unos a otros como Él nos ha amado, hasta la muerte, hasta la entrega de la última gota de sangre.

 

Sexto día de la semana, Viernes Santo.

Ha llegado la hora, todo queda consumado en este día de tinieblas. Celebramos la Pasión y la muerte de Jesús. Y lo hacemos de la mejor forma, con el Vía Crucis, máxima representación del calvario que padeció Nuestro Señor, catorce estaciones en las que escenificamos los acontecimientos, nos metemos dentro del escenario histórico de la Pasión, sufrimos los latigazos, las espinas, el escarnio, la burla, recorremos la Vía Dolorosa acompañando a Jesús en su subida al Gólgota, allí será crucificado entre malhechores, para que se cumpla la escritura, a su derecha Dimas, el buen ladrón, el arrepentido, el único santo canonizado por el propio Jesús, “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, a su izquierda, Gestas, en el lugar del llanto y el crujir de dientes, los soldados indiferentes, Estéfaton le acerca una rama de hisopo con una esponja empapada de vinagre, Longinos le atraviesa el costado con la lanza. María de Magdala, María, su madre, María la de Cleofás, Juan, el discípulo predilecto, sólo unos pocos valientes en esta historia de traición, ambición, violencia y miedo.

Los cielos se rasgan y la tierra se estremece, sin haber llegado la noche se ha hecho la oscuridad. Jesús ha muerto.

Ya apareció, ya está aquí la muerte, presente y constante en la vida, y la terrible duda ¿y si Dios nos ha creado para la nada? ¿Y si la muerte es el final del camino? No hay cosa que acongoje más que el vasto vacío de la nada, la nada es más aterradora que el infierno más truculento, es la ausencia total de esperanza. Pocas veces, un par, no más, el que os habla, ha abstraído mentalmente la ausencia de todo, la no existencia y he sentido el miedo más pavoroso, la congoja más desoladora, ante la nada el ser se estremece, la nada abruma, acongoja y desespera.

Son breves, pero intensos momentos de desesperanza, mas, como de un manantial invisible surge el anhelo de Dios y gritas: Muerte, ¿es esta tu victoria? La muerte, que nace cuando nace el hombre, se desvanece cuando el amor la ilumina y la traspasa. D. José nos mostrará la Cruz y nos dirá “Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”.

Llega la noche, noche callada, noche rota sólo por el llanto de María.  

He aquí helados, cristalinos

sobre el virginal regazo,

muertos ya para el abrazo

aquellos miembros divinos.

Huyeron los asesinos.

Qué soledad sin colores.

Oh, Madre mía, no llores.

Cómo lloraba María.

La llaman desde aquel día

la Virgen de los Dolores.  

Las hermanas cofrades de Nuestra Señora de los Dolores y de la Soledad representan junto con Ella lo femenino de esta historia. Parece que Dios es, en nuestra mente, masculino, es el Padre, y los hijos siempre tenemos una Madre. La Madre que perdona siempre porque mira con amor, porque ve siempre el fondo de la culpa y en ese fondo la justicia única del perdón, la Madre que abre siempre los brazos al hijo cuando huye del ceño fruncido del Padre, la madre cuyo regazo nos acoge en el nacimiento y en la muerte, la Madre que no conoce más justicia que el perdón, ni más ley que el amor, esa Madre necesita ahora nuestra compañía, con estremecedor silencio, en esta noche de llanto, soledad y dolor.

 

Séptimo día de la semana. Sábado Santo.

Jesús yace en el sepulcro del huerto de José de Arimatea, apresuradamente ungido, con la mirra y el áloe de Nicodemo. María sufre su soledad. Los discípulos siguen escondidos, sólo María Magdalena, María, la madre de Jacobo y Salomé, y otras mujeres devotas quieren, una vez acabada la pascua judía, volver al sepulcro para terminar de ungir el cuerpo. Jesús desciende al lugar de los muertos, a su extremo abajamiento para liberar a los que moraban en el reino de la muerte.

Sábado santo, es día de espera, de una espera fervorosa y silenciosa junto al sepulcro, cargada de paz, expectante, el altar desnudo, las luces apagadas, pero hay en el ambiente un aliento cargado de esperanza que irrumpe esplendorosamente, muy entrada la noche, de amanecida, en la Vigilia Pascual ¡Jesús ha resucitado!

 

Domingo de Pascua de Resurrección.

Jesús ha resucitado. Los apóstoles, desorientados, empiezan a comprender, Jesús resucitado se encuentra con ellos. La Virgen está alegre. Es Domingo de Pascua florida, es nuestra fiesta grande, es el día de Nuestra Salvación. Muerte ¿dónde está ahora tu victoria? Qué poco te ha durado, dos noches y un día. Has sido vencida. El amor te ha derrotado. La nada se ha llenado de Luz, hoy brilla, de nuevo, la esperanza en el corazón de los hombres.

Cristo, triunfador sobre la muerte, nos abre las puertas del Cielo. El Cirio Pascual nos recordará la luz de Cristo resucitado y permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo, junto al Padre. La Resurrección de Cristo es nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte. Lo celebramos con gozo, con la procesión del Encuentro entre Cristo Glorioso y la Virgen de la Alegría.

Este es el resumen de Semana Grande, pocas y vanas palabras para la grandeza que encierra la historia de la Redención.

 

¡Ea, hermanos en Cristo! Ha llegado el momento. Hermanos cofrades de las nueve cofradías alejanas, hermanos míos del Cristo de la Caridad, al que celebramos hace ya casi 40 días, acompañémosles, carguemos con los Pasos y salgamos a las calles alejanas, calles silenciosas de aire limpio y fresco, llenémoslas de recogimiento y de oración.

Demostremos al malvado que dijo en su corazón que no hay Dios, que sí lo hay, a los que gritan que Dios ha muerto que se equivocan, porque la vida sin Dios no tendría ningún sentido, sin Dios y sin vida futura todo sería lícito, todo se podría hacer. La opresión, la injusticia, el desprecio, el ultraje, la violencia, la sedición, la calumnia, el fraude, la guerra y ¿qué sería del hombre después de eso? ¿Qué haríamos con los remordimientos, la vergüenza, la angustia, la cólera, la frustración, la ansiedad, el miedo, el abatimiento y la desesperación?

Sin Dios estos crueles sayones harían de nosotros unos seres infelices, con Él se desvanecen en su infinita misericordia:

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos, bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra, bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos, bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia, bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios, bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios, bienaventurados los que padecen persecución por la justicia porque suyo es el reino de los cielos, bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal para mí.

Salgamos, pues, valientes, pero desde la humildad, porque nuestro Dios es el Dios de los humildes, porque Dios, según el Apóstol (I Cor., I, 27), escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios y lo flaco para avergonzar a lo fuerte, y desde la fragilidad de nuestra fe, pero en la certeza de su Amor por nosotros.

Amor, nunca mejor expresado con palabras, que en estos versos de Lope:  

Pastor, que con tus silbos amorosos

me despertaste del profundo sueño;

Tú, que hiciste cayado dese leño

en que tiendes los brazos poderosos;

Vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño,

y la palabra de seguir empeño

tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres,

no te espante el rigor de mis pecados,

pues tan amigo de rendidos eres;

Espera, pues, y escucha mis cuidados.

Pero ¿cómo te digo que me esperes,

si estás para esperar los pies clavados?  

Queridos amigos, esperando haber cumplido decorosamente el mandato de Mariano, hijo de Mariano el músico, a quien tanto quise, finalizo ya el pregón con el deseo de que esta Semana Santa la vivamos en la belleza inconmensurable de su sencillez y con la fe, la esperanza y la caridad en Dios fundadas, pues como dijo Unamuno, el mismo que se extasiaba y liberaba su angustia vital ante la belleza de la cúpula de esta iglesia “De la fe en Dios nace la fe en los hombres, de la esperanza en Él la esperanza en estos y de la caridad o piedad hacia Dios la caridad para con los hombres”.

Que la paz y el perdón reinen en estos días para parecernos, siquiera un poquito, a Aquel que tuvo la inmensa generosidad de morir por nosotros.

Muchas gracias por vuestra paciencia y buenas noches.

 

Alaejos, 14 de marzo de 2008

Antonio Lucas Varela

 

 

 

 

 

 

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2007

 

 

 

Reverendo Señor Párroco de esta iglesia de San Pedro, que nos acoge en este Viernes de Dolores, ilustrísima señora Alcaldesa y Corporación Municipal, señores miembros de la Junta de Cofradías de Semana Santa y cofrades de las nueve hermandades de Alaejos: de la Oración del Huerto, del Atado a la Columna, de Jesús Nazareno, del Cristo de la Caridad, del Despojo, de la Salud, del Santo Entierro, de Ntra. Sra. de la Soledad y de la Dolorosa..., alaejanos, amigos y forasteros llegados de lugares y villas próximas, pueblo fiel reunido aquí esta tarde en torno a este pregonero, vallisoletano y comunicador, mi saludo y deseo de Paz y Bien para todos.

Llegada es la hora de la Pasión, tiempo en el que rememoramos el sufrimiento del Hijo de Dios hecho hombre, su muerte y también su resurrección.

Aquí está la Semana Santa y nos disponemos a salir a la calle con nuestra devoción bajo el brazo o, en algunos casos, sobre el hombro, con la intención de revivir intensamente esos momentos en los que un tal Jesús de Nazaret, que se autoproclamaba Hijo del Altísimo, fuera detenido, humillado, flagelado, escupido, insultado, mal juzgado y condenado a morir en la Cruz. Despojado de la vida por ser justo y caritativo, amén de cometer grandes delitos como ser amigo de sus enemigos y amar y perdonar a los que le odiaban.

Mi agradecimiento especial a la Junta Local de Semana Santa por pensar en mi persona para pregonar los acontecimientos que evocaremos en días próximos y que en Alaejos, como en otros muchos puntos de nuestra geografía vallisoletana, se celebran con austeridad y en medio de un silencio roto por el sonido de las campanas, carracas y matracas, llamadores, tablillas... sonidos nuestros, característicos, música penitencial con la que nos identificamos desde hace siglos.

 

De las posibles definiciones de la palabra pregón yo me quedaría con la que explica que se trata de la publicación que en voz alta se hace, en los sitios públicos, de algo que conviene que todos sepan, o aquella otra que dice que es un discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella. Cualquiera de las dos acepciones nos vale esta tarde del Viernes de Dolores o Quinto Viernes de Cuaresma, y espero cumplir, de la mejor manera, el cometido que se me ha encomendado.

Tengo claro que no es prudente repetir la historia de esta localidad, que el auditorio conoce perfectamente y que los oradores y pregoneros, llegados antes que yo, a buen seguro repasaron, descubriendo, en muchos casos, detalles escondidos en los rincones más recónditos de los viejos archivos.

Hablar desde el corazón y compartir mis vivencias en torno a la Semana de Dolor... será algo más sincero. Aunque tampoco es fácil la tarea. Son tantos sentimientos y emociones...

 

Soy vallisoletano, nacido y criado en esta tierra que dicen fría y árida, pero nada más lejos de la realidad cuando se trata de vivir intensamente las viejas tradiciones heredadas de nuestros abuelos. En esta tierra nuestra la Semana Santa no sólo es Pasión, Muerte y Resurrección, es mucho más, o debería serlo, para no quedarnos únicamente en ese gran espectáculo de teatro de calle que muchos vienen a presenciar.

Vivo intensamente, desde niño, los días de Semana Santa, que nunca significaron para mí descanso o vacaciones, aunque durante ese periodo quedara libre de mis obligaciones escolares. Esperaba ansioso la llegada de estos Días Santos para estar más tiempo en mi cofradía, la que venera en Valladolid a la Dolorosa de la Santa Vera Cruz, y lo hacía para no perderme ni el más mínimo detalle, ninguno de los preparativos para lo que se avecinaba.

Tengo que reconocer que, aunque mi vínculo con la Cofradía permanecía vivo a lo largo de todo el año, para la inmensa mayoría de los hermanos cofrades se reducía a los días de la Novena a la Virgen Dolorosa, que se cierra precisamente el Viernes de Dolores, y los que van del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección.

Aquí, en Alaejos, la celebración se extiende un poco más para la gran mayoría de vosotros, ya que los días que preceden a la llegada de la Cuaresma traen consigo el inicio de las actividades religiosas protagonizadas por hermanos cofrades.

 

Días de salir a la calle, de hacer una manifestación pública de vuestra fe, que en definitiva debería ser el objetivo principal de todos los desfiles y procesiones.

Y es la Cofradía del Santo Cristo de la Caridad, creada en 1733 en esta iglesia de San Pedro, quien ha mantenido la tradición desde que naciera precisamente en fechas carnavaleras.

Y así, treinta y tres hermanos del Cristo de la Caridad de Alaejos, uno por cada año de vida de Nuestro Señor, tal y como recogen los papeles documentales de la cofradía, trataban de reparar las blasfemias y demás ultrajes que se cometían especialmente en los días del Carnaval.

Misa, sermón y exposición al Santísimo Sacramento, con vela a cargo de los hermanos cofrades, en tres días intensos, desde el Domingo Gordo hasta el martes de Carnaval, que culminan con la primera procesión, la del Santísimo Cristo de la Caridad, al que acompaña la cofradía titular y el resto de cofradías de la villa.

Me cuentan que no siempre fueron así las celebraciones litúrgicas, aunque la esencia se mantiene a través de los tiempos y, aunque ya no os sorprende el “susto del fraile”, las campanas de Alaejos siguen sonando en lo alto, convocando a los fieles a congregarse en los templos para las distintas celebraciones litúrgicas, que se van sucediendo durante los viernes de Cuaresma con el rezo del Vía Crucis, en la iglesia de Santa María, donde además las mujeres honran a Nuestro Padre Jesús Nazareno, en una Eucaristía especial, y los cofrades de esta Hermandad asisten a una confesión general, el día antes del solemne besa-pie a la imagen de Jesús.

Luego vendrá la Novena a la Virgen de los Dolores y así hasta llegar al inicio de la Semana Grande y Santa, con el Domingo de Ramos, día en el que recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Hecho que acontecía, según las escrituras, pocos días antes de su muerte.

Es curioso, fue una entrada grandiosa y al mismo tiempo humilde, y eligió un día en el que la ciudad estaba llena de peregrinos, llegados de distintas partes del mundo, para celebrar la Pascua Judía. Y allí estaba Él, sobre el pollino, paseándose entre la multitud que le rodeaba y vitoreaba agitando ramos de olivos y ramas de palmeras o de laurel, como sucede en estas latitudes y que, bendito, se guarda para condimentar los guisos familiares de todo el año.

Todo un recibimiento al Hijo de David, acompañado con cantos y aclamaciones. Qué gran puesta en escena, qué gran reconocimiento popular, a las puertas del trágico final que se avecinaba. Pero Jesús no quería defraudar a aquellos que le reconocían con fe y esperanza. Y aceptó el homenaje de su pueblo, sabiendo que se acercaba su hora, en la que daría su vida para ejemplo de todos, en la soledad y pobreza de la Cruz. Y ese momento lo recordamos cada Domingo de Ramos en nuestras iglesias, en nuestras calles, levantando los ramos de olivo, las palmas o los ramos de laurel hacia el cielo, en un gesto que no necesita explicarse demasiado: es una forma visible de aclamar a Jesús con alegría y entusiasmo. No cabe la menor duda de que es nuestro Salvador.

Momento para reflexionar, ya que, seguramente, nunca pensamos en un detalle curioso: la Semana Santa comienza y termina con alegría. Esto es porque sabemos que, pasando por el dolor de la Cruz, Jesús triunfó sobre el mal y la muerte mostrando al mundo, con su ejemplo, el camino a la Vida y a la felicidad que nunca termina.

Por lo tanto, y sabiendo cómo sucedieron los hechos, y en base a nuestra fe, debemos unirnos todos los que creemos en Jesús para, juntos, intentar seguir su ejemplo. Ese debiera ser nuestro compromiso a la hora de echarnos a la calle en los días de Semana Santa. Porque, aunque este camino nos lleve posiblemente a compartir su Cruz, sabemos que caminamos hacia el triunfo de la resurrección.

Y deberíamos hacerlo con el mismo espíritu con el que nacieron las cofradías penitenciales, de asistir y prestar ayuda y cobijo a enfermos y necesitados.

 

En esta línea, cada Miércoles Santo, los cofrades del Cristo de la Salud de Alaejos bajáis su imagen y laváis con vino las cinco llagas del Cristo, vino que después se mezcla con una mayor cantidad para repartirlo y compartirlo con los más desfavorecidos, enfermos y fieles en general. Lo venís haciendo desde 1882, cuando se fundó la cofradía, y desde entonces veinticuatro cofrades custodian al Cristo, como aquellos veinticuatro ancianos con coronas de oro, sentados junto a Dios Padre, según relataba en una visión San Juan Evangelista en el Apocalipsis.

También utilizan vino, todo un símbolo que asemeja la sangre derramada por Nuestro Señor, los Hermanos del Cristo atado a la Columna cuando, tras hacer descender su imagen, lavan, en la mañana del Miércoles Santo, el lazo del paño de pureza. Campanas, Pan y Vino, Silencio y Tierra, y las llagas de Cristo... todo esto me hace evocar unos versos escritos por el escritor y académico vallisoletano, y sobre todo buen amigo, Godofredo Garabito:  

“Fue como un manantial en el camino

empapado en la tierra redimida,

fue como un hontanar de amanecida,

sosegado murmullo cristalino.

Se puso en oración incluso el pino

y el álamo clamó por tanta herida,

por esas cinco llagas de por vida,

sembradoras de pan y de buen vino.

Anochecieron miles de luceros

estrenando la luz de la mañana

sin consuelo de montes y de oteros

y quedóse en silencio la campana

por ver al Salvador por los senderos

esparciendo el perdón por la besana”.  

El Miércoles Santo es sinónimo de Vía Crucis. Camino de la Cruz marcha el Hijo de Dios por la calle Arrabal de Alaejos, en la noche del Miércoles de Pasión, y no va solo. Todas las cofradías cubren las catorce estaciones de dolor.

Leí una vez un relato en el que en forma de cuento una abuela describía a sus dos nietos lo que representaba cada una de las catorce estaciones del Vía Crucis. En él la abuela se esforzaba por hacer entender a los pequeños cómo un hombre bueno era machacado con el único objetivo de redimirnos del pecado.

Recorriendo el Camino de la Cruz uno asiste a la condena de Jesús, al momento en que carga con la Cruz y su peso hace que caiga hasta tres veces, somos testigos de ese encuentro doloroso de Cristo con su Madre en la calle de la amargura y cómo consuela a las mujeres que lloran a su paso. Vemos cómo un ser anónimo, sin vínculo alguno con Jesús, el Cirineo, le ayuda a cargar con la Cruz, y así Jesús llega al Monte Calvario y es despojado de sus vestiduras y clavado en su Cruz hasta morir.

Los niños aterrados por lo que describen las estaciones preguntaban si se trataba de un hombre malo para merecer semejante castigo. La abuela se esforzaba en explicar, ante la incomprensión de los pequeños, que no, que era un hombre bueno. Él los había curado, les había dado de comer, les había enseñado las cosas de Dios, como en la catequesis. Hubo muchos momentos de gloria que quedaron atrás: el milagro de Canaán, la pesca milagrosa, la resurrección de Lázaro, la entrada en Jerusalén.

Y mientras, sigue el recorrido por la Vía dolorosa. Los cielos se abren, tras la expiración del Maestro, dos hombres, José de Arimatea y Nicodemo, piden permiso a Pilatos y bajan su cuerpo de la Cruz.

Es en ese momento, cuando su madre lo toma entre sus brazos. Se renueva el dolor al comprobar que el cuerpo de su hijo estaba muerto. El Dolor es tan grande que siente cómo una espada atraviesa su corazón.

Las madres conocen bien el tormento que provoca el sufrimiento de un hijo y las mujeres de Alaejos acompañan en ese recorrido doloroso a Nuestra Señora de la Soledad. Mujeres valientes que, emulando a uno de los niños del relato, aseguran a María que, en adelante, no estará más sola.

La tarde llega a su fin. Es de noche cuando dan sepultura al cuerpo de Jesús. Lo ponen en una cueva cavada en roca y dejan caer una gran piedra sobre el ingreso.

Todo hace pensar en ese trágico momento que sus enemigos tenían razón: Cristo no era más que un gran hombre, un magnífico profeta... pero no era Dios.

 

El Vía Crucis termina tras un Miércoles intenso. Nos plantamos en el quinto día de la Semana. ¡Jueves Santo! En iglesias y templos de medio mundo se recuerda la Última Cena del Maestro. En la víspera de su muerte, Jesús comió la cena pascual a solas con sus amigos. Se trataba de una cena tradicional y religiosa. En ella se conmemoraba la Pascua Judía, es decir, cuando el Mar Rojo se abrió para que el Pueblo de Dios saliera de la esclavitud de Egipto.

Se celebraba en familia y el jefe del hogar explicaba el sentido de esta cena.

El plato central era un cordero que se sacrificaba en el templo el viernes por la tarde y se comía por la noche, mientras se cantaban canciones de acción de gracias.

Jesús adelantó un día esa comida, ya que el viernes, Él en persona sería el Cordero de Dios, sacrificado por los pecados del mundo.

Antes de compartir la mesa con sus amigos, Jesús hizo algo que sorprendió a todos, dando una muestra de humildad sin parangón, les lavó los pies. Éste era un rito de preparación para el banquete pascual, y les pidió que siguieran su ejemplo en los días venideros, según relata en el Evangelio Juan (13,1-38).

Al final de la cena, Jesús realizó un gesto que ahora nos parece familiar. Tomó el pan e hizo lo mismo que recordamos en el momento de la Consagración en la Misa. Ésta fue la primera misa y la consagración de los primeros sacerdotes. Además Jesús aprovechó el momento para dejarnos su mandamiento: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. En eso conocerán que sois mis discípulos”. Qué olvidadas quedan esas palabras, qué pocas ganas tenemos de que nos identifiquen como discípulos de Cristo, qué vergüenza nos da, a veces, que nos conozcan y sepan que somos uno de ellos. Y vivimos sin darnos por aludidos en esa carta de San Pablo a los primeros cristianos, en la que los reprende porque comían el Cuerpo y la Sangre de Jesús sin amarse, sin compartir...

Todo esto es los que recordamos en la Misa de la Cena del Señor, siguiendo la petición de Jesús, cuando nos dijo: “haced esto en memoria mía”.

Después de la Misa, se traslada el Santísimo Sacramento al lugar donde quedará expuesto para la Adoración Solemne.

De esa manera acompañaremos a Jesús, nosotros, los que nos llamamos sus amigos, en esta noche tan especial, que para Él fue la noche de la traición. Y en Alaejos, en la noche del Jueves Santo, mientras se cumple la Hora Santa, acudís con vuestra oración y vela al lado de Jesús, que sigue su agonía entre tantos hermanos nuestros, enfermos, solos, despreciados, explotados, perseguidos...

Y así, velaréis al Santísimo hasta el momento de celebrar la Pasión del Señor en la tarde del Viernes Santo.

 

Viernes de la Cruz, Dolor, Soledad, Tristeza y Silencio.

 

Es el día de la muerte del Señor en la Cruz. Clavado en ella, entre dos ladrones que también habían sido condenados, muere, perdonando a los que lo mataron y dando su vida por la salvación del mundo. Murió solo, abandonado por sus amigos. Solamente su Madre y su amigo más querido, Juan, estuvieron al pie de la Cruz. Murió en la mayor pobreza, como había nacido y vivido.

Todo estaba cumplido. Eran como las tres de la tarde. Antes de la bajada del sol, sus amigos lo enterraron en un sepulcro nuevo, excavado en una piedra, cerca del Calvario.

De la misma manera vosotros salís a la calle para alumbrar el Santo Entierro, en la noche del Viernes Santo, acompañando a ese Cristo yacente de Ramón Álvarez, lleno de expresión sublime, en su muerte descrita en cada una de sus llagas, en cada uno de sus rasgos.

Intentáis aliviar o compartir al menos la Soledad y el Dolor de Nuestra Señora y lo hacéis en silencio, ese silencio que resuena y se pierde en los campos de Castilla, en tierras alaejanas. Hombres, mujeres y niños. Pero especialmente las mujeres que no se resignan a abandonar a la Madre Dolorosa en su pasión inacabada.

 

Da la sensación de que todo está terminado pero, como recordaba al principio, la Semana Santa empieza y acaba con pasajes alegres. Y si lo fue la entrada de Jesús en Jerusalén, más aún lo es la resurrección que en repetidas ocasiones anunció Jesús, ante la incomprensión del auditorio.

 

El sábado no hay celebraciones ni reuniones litúrgicas. Es un día de silencio y de espera. No existe el “Sábado de Gloria”, como se decía antes. Es un día apropiado para una buena confesión personal, que nos prepare para renovar nuestro bautismo y recibir la vida nueva que nos trae Jesús Resucitado. Esto lo haremos durante la Vigilia Pascual, en Santa María. Los alaejanos viviréis la Fiesta de la Pascua. Es una noche feliz. La Noche Santa. La más importante y grandiosa.

Por eso hay que vivirla intensamente, porque como nos decía el Papa en su mensaje de la pascua del año pasado:

“Su resurrección, gracias al Bautismo que nos ‘incorpora’ a Él, es nuestra resurrección. Se cumple la promesa del Creador; hoy, también en esta época nuestra marcada por la inquietud y la incertidumbre, revivimos el acontecimiento de la resurrección, que ha cambiado el rostro de nuestra vida, ha cambiado la historia de la humanidad. Cuantos permanecen todavía bajo las cadenas del sufrimiento y la muerte, aguardan, a veces de modo inconsciente, la esperanza de Cristo resucitado”.

“Que el Espíritu del Resucitado refuerce, en los responsables de las Naciones y de las Organizaciones Internacionales, la voluntad de lograr una convivencia pacífica entre etnias, culturas y religiones, que aleje la amenaza del terrorismo. Éste es el camino de la paz para el bien de toda la humanidad”.

“Que el Señor Resucitado haga sentir por todas partes su fuerza de vida, de paz y de libertad. Las palabras con las que el ángel confortó los corazones atemorizados de las mujeres en la mañana de Pascua, se dirigen a todos: ‘¡No tengáis miedo!... No está aquí. Ha resucitado’”.

 

Así, amigos alaejanos, en este Viernes de Dolores y a punto de entrar de lleno en los días Santos, os invito a salir a la calle, a manifestar abiertamente vuestra fe, a vivir intensamente vuestras tradiciones y a ensalzar unas celebraciones que gozan del respaldo y apoyo de una gran mayoría de los vecinos de la localidad.

Con alegría he venido a este punto de la provincia vallisoletana, a Alaejos, a anunciar y pregonar vuestra Semana Santa, que es la mía, la de todos.

Sólo queda esperar que haya sabido cumplir vuestro mandato y pedir al tiempo que sea benigno y permita llevar a cabo todos y cada uno de los actos programados. Que así sea. Hermanos, Paz y Bien.

 

Alaejos, 30 de marzo de 2007

Juan Carlos Pérez de la Fuente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2006

 

 

 

Dice una tradición piadosa que, en la cumbre de una montaña, tres árboles de pequeño tamaño soñaban acerca del brillante porvenir de su futuro. El primero de ellos pensaba que su deseo era convertirse en un cofre en el cual fuesen custodiados tesoros y piedras preciosas. El segundo sentía el bello fluir de un arroyo y pensaba en el mar, en viajar por mares de gran tamaño, cobijando a personas importantes. El tercero sabía que los hombres sufrían y nunca deseó abandonar su lugar en lo alto de la montaña. Su único deseo era crecer y crecer para que la gente, cuando le viese tan alto, levantase su mirada hacia el cielo y solamente pensase en Dios. Los años pasaron y aquellos tres pequeños arbolitos, ambiciosos cada uno en su medida, se convirtieron en tres majestuosos cedros. En su orgulloso crecimiento se les acercó un leñador. Preparó su herramienta, cortó el primero y éste pensó que pronto se convertiría en un hermoso baúl donde acoger tesoros. Otro leñador se acercó al segundo y éste se acordó que habría de convertirse en un barco en el Mediterráneo. Sin embargo, el tercero sintió una gran pena cuando comprobó que su piel se rasgaba y que ya no podría ser aquel árbol inmenso que condujese las miradas hacia Dios.

La decepción también llegó a sus compañeros, antes tan entusiasmados. El primero comprobó cómo no se convertía en un bello cofre de tesoros, sino en un pesebre para alimentar a las bestias. El segundo sintió cerca un embarcadero, pero no era en el mar sino en un lago. Su madera no iba a servir para construir un gran barco, sino una pequeña barca de pescadores.

Llegó la noche sucesivamente después de las horas de cada día y en una de ellas una joven pareja de enamorados entró con rostro preocupado en un portal. Ella parió un hijo y él, de nombre José, lo puso sobre el pesebre, porque no había sitio en la posada. María, que así se llamaba la madre, lo miró con dulzura y entonces la madera de aquel árbol comprendió que en sus entrañas había recibido el tesoro más grande de la creación. Pasaron los años y aquel niño se había convertido en un maestro reputado, seguido por muchos discípulos. De su boca salía una palabra que concentraba y atraía.

Había llegado a la orilla de aquel lago y, cansado de su andariega trayectoria, se apoyó en la barca de un testarudo pescador llamado Simón, al que el maestro denominó Pedro. Éste salió al lago con su barca, mientras Jesús descansaba, y en el medio del mismo una tormenta los intentó abatir. Aquel segundo árbol, con el cual se había hecho esa barca de pequeño tamaño, tuvo miedo de que no pudiese aguantar la fuerza de los envites del agua. Se sentía defraudado. Ni siquiera habría servido, si naufragaba, para un lago interior que se llamaba de manera presuntuosa el Mar de Galilea. Pero el maestro calmó las aguas y llamó a la poca fe de las gentes. Fue entonces, cuando el segundo árbol entendió que en aquella barca de Pedro había llevado al rey de cielos y tierra.

Y el tercero de aquellos cedros, el que soñaba con alcanzar a Dios... se había acostumbrado al abandono en un almacén militar. Aquella calma, aquel olvido, se rompió cuando en la mañana de un viernes, días antes de una Pascua de un año cualquiera, unos soldados presurosos entraron a buscarle. Tomaron bruscamente los maderos y se los cargaron a la espalda de un condenado a muerte, espalda amorosamente sangrante. Todo el mundo le observaba, unos incrédulos ante lo que contemplaban, otros se mofaban y le insultaban. Algunos se preguntaban: ¿no era éste el que entró en Jerusalén aclamado? ¿No era el buen maestro que se rodeó de pescadores, prostitutas y gentes de mal vivir? ¿No era éste el galileo que calmaba las aguas?

Alcanzaron una loma que se encontraba cerca de la ciudad, fijaron sus manos y sus pies y aquel tercer árbol sirvió de patíbulo. La sangre caía a cuajarones mientras él musitaba palabras de perdón, apenas perceptibles. El tercer cedro sentía vergüenza e incluso complicidad ante lo sucedido. Tres días después, aquella madera desnuda y ensangrentada, sintió que la tierra en la que se hallaba clavada se estremecía y que algo importante ocurría. Entendió que había abrazado en su agonía al Rey de Reyes, al hijo de un padre que perdonaba cuando lo insultaban, que la derrota se había convertido en victoria y que su madera siempre existiría. No solamente sería la verdadera cruz del Salvador, sino que otros muchos árboles le imitarían para ser dispuestas en hermosas iglesias e íntimos hogares. Él había sido el trono del amor de Dios, derramado sobre los corazones de los hombres. Y el sueño de aquel tercer árbol se hizo realidad. Cuando lo mirasen, no solamente sería el más alto del mundo, sino que siempre se acordarían al hacerlo de Dios.

 

Queridos amigos, vengo de mi Semana Santa de Valladolid para proclamaros la vuestra, que desde hoy la asumo como algo propio. Todos soñamos con ser árboles muy altos, vistosos, aparentes: en Semana Santa diríamos admirados, reconocidos internacionalmente, prestigiosos desde el arte. Lo importante, cofrades de Alaejos, habitantes de estas tierras que proclamáis a un Dios de vivos, es conservar la mirada limpia en nuestros corazones y que, cuando vuestros vecinos y los que os visitan en estas fechas vean vuestros gestos y acciones y se pongan bajo la sombra de los Cristos y Vírgenes que sacáis a la calle en estos días, piensen en Dios, buscando la aspiración de aquel tercer cedro que glosábamos en esta bella tradición piadosa con la que he comenzado este mi pregón en la villa de Alaejos. Semana Santa, que es proclamación de nuestra fe, demostración pública de lo que somos, esperamos y creemos y no demostración folklórica capaz de atraer muchos turistas.

Reverendo cura párroco de esta iglesia de Santa María, Catedral de los alaejanos, bajo cuya licencia me sitúo en el espacio de la palabra; ilustrísima señora alcaldesa y corporación municipal que regís a los vecinos que cotidianamente transitan por las calles, convertidas en fechas próximas en escenario de la conmemoración de la Pasión y Resurrección de Cristo; señores miembros de la Junta de Cofradías de Semana Santa, que con esmero trabajáis en silencio y desinteresadamente por el esplendor de estos actos y cultos; queridos cofrades de las nueve hermandades establecidas en esta villa de Alaejos: de la Caridad, de Oración del Huerto, del Atado a la columna o Cehomo, de Jesús Nazareno, del Despojo, de la Salud, del Santo Entierro, de la Soledad y de Nuestra Señora de los Dolores... a todos ustedes y al pueblo fiel que han interrumpido sus quehaceres y solaces por escuchar a este historiador vallisoletano, que viene a su atención, para anunciar lo que ya meditan en su corazón, como hacía la Virgen con las palabras y acciones de su Hijo... a todos ustedes, alaejanos, amigos y forasteros llegados de lugares y villas próximas, SALUD Y GRACIA.

 

Sabed que las tierras de Castilla, durante diez días al año, cuando se cierra el ciclo de invierno, se anuncia la vida en la naturaleza y el sol comienza a crecer ganando espacio a las tinieblas, sus moradores tienen a bien renovar las tradiciones espirituales, el modo nuestro de proceder hacia la expresión más profunda de las almas, recordando la manera en que lo hicieron los que los precedieron.

El pregonero que les habla nació en el Valladolid secular de las procesiones y cofradías, en una familia en la que, durante generaciones, mis antepasados han manifestado sus devociones por las imágenes titulares de la Semana Santa. Sin embargo, considero que vivimos –ustedes como yo- dentro de la provincia de Valladolid en un espacio único en la celebración de la Pasión. Pocos ámbitos de España pueden mostrar actos tan tradicionales, cargados de sabor repetitivo de los siglos, acompañados de una importante imaginería. De ahí que haya aprendido a valorar con cariño y como algo propio lo que sucede en mi amada ciudad de Valladolid, como en Medina de Rioseco, Medina del Campo, Tordesillas, Nava del Rey, Villavicencio de los Caballeros, Cuenca de Campos y, por supuesto, en este Alaejos al que ustedes me han invitado a venir. Quizás a los vallisoletanos, sin perder el encanto de lo que es nuestro de manera particular, nos falte una conciencia de orgullo colectivo sobre lo que sucede secularmente a nuestro alrededor. Poco me importan los reconocimientos internacionales para atraer turistas si no existe el de los naturales con sus devociones.

Como cristiano no entendería unos días de vacaciones de Semana Santa vacíos de todo contenido espiritual. Naturalmente, tampoco añoro tiempos en los que no se podía hacer otra cosa que ver la película Barrabás o escuchar la Pasión según San Mateo. Nuestra diócesis nos ofrece la posibilidad de extender con belleza y sentimiento un ámbito espiritual, a través de esos signos de fe y de manifestaciones de religiosidad que son las procesiones. Sabemos, y tenemos que recordar, que la rica liturgia de estos días constituye el núcleo y cimiento de esa vivencia espiritual, pero algunos cristianos no ven en las procesiones ese magnífico complemento. No se esfuerzan ni siquiera por respetarlas. Se escudan en la turbulenta vida de algunas cofradías, en el vacío de las manifestaciones de religiosidad popular y en las actitudes de apariencias que se repiten.

Castilla y Valladolid convierten sus calles en templos a través de las procesiones. Manifestaciones que nos unen con nuestros mayores, con el modo en que nos enseñaron la fe, desarrollando incluso la dimensión afectiva y familiar de la misa y de su comunicación a nuestros hijos. Las procesiones pueden llegar a acercar, solamente con la mirada de un Jesús atado a la columna, a una persona que por circunstancias se ha alejado de toda práctica de sus creencias. Incluso, en las procesiones que vivo con entusiasmo, encuentro también una oportunidad de expresarme como ciudadano de Valladolid, con nuestro carácter austero, profundo, incluso un poco áspero, unido a esta tierra a la que amo. Quizás todos necesitemos trabajar mucho más por mejorar “nuestra” Semana Santa; además de meditar y formarnos acerca de estos regalos que nos legaron nuestros mayores, bellos medios de expresión de la fe que profesamos.

 

La Cuaresma que la precede siempre ha sido un tiempo fuerte de la vida de los habitantes de Alaejos, sobre todo en una Castilla sacralizada. El martes de carnaval sale a la calle la imagen del Santísimo Cristo de la Caridad, alumbrado por sus cofrades. Una imagen antiquísima, fechada hacia 1500 y de autor desconocido, pues el artista entonces solamente se convertía en vehículo transmisor de las devociones y eran éstas las que realmente importaban. Una imagen, la del Cristo de la Caridad, que fue tallada en el siglo en que se plasmó la prosperidad de la villa de Alaejos, en el tiempo en que fueron construidas estas dos grandes Catedrales de Santa María y San Pedro, que eran alabadas por los viajeros y escritores que pasaron por aquí. Los que han entrado en estas sus dos magníficas iglesias a rezar se han convertido en Evangelistas de la Pasión de Cristo, han comunicado a sus hijos y a los hijos de sus hijos estas enseñanzas con su particular modo de hacer, según los alaejanos. Así podríamos decir que...

En aquel tiempo, en esta noble villa castellana de Alaejos, los tres días previos al comienzo oficial del tiempo grande de la Cuaresma, eran un anuncio de lo que habría de suceder durante el Triduo Santo, el Jueves y Viernes Santos y en la Vigilia a la Resurrección. La cofradía del Santo Cristo de la Caridad, fundada precisamente en tiempos del Carnaval de 1733 en la iglesia de San Pedro, ha canalizado durante siglos esta devoción. El número de treinta y tres hermanos es plenamente simbólico y se refiere a la edad con la que murió Cristo desde la cruz. Treinta y tres hermanos, los del Cristo de la Caridad de Alaejos, que trataban de “reparar las blasfemias y demás ultrajes que se cometen especialmente estos días”, decían los documentos y estatutos.

En el Triduo de la Caridad, no podía faltar la misa, el sermón y la exposición al Santísimo Sacramento, en las horas centrales del día y velado por los cofrades como ocurrirá después el Jueves Santo. El sermón, en aquellos tiempos, era muy esperado y a la población se la llamaba por un sorpresivo y estruendoso toque de campana que se conocía como el “susto al fraile”, pues en los días en que los frailes de San Francisco tenían un convento en esta villa, se encargaban habitualmente de los sermones de los desagravios. Así ocurrió hasta principios del XIX, aunque el recordado “susto al fraile” continuó existiendo. Tras acabar el sermón, proseguía con la exposición al Santísimo Sacramento, pues en aquellas sociedades Dios era considerado como un habitante de la cotidianidad. Terminada la vela, en las últimas horas del día, se celebraba el baile de carnaval.

De entre los treinta y tres hermanos había uno que se encargaba de “servir al Cristo”, preparando un refresco posterior a base de vino y bizcochos blandos. Estos pequeños convites fueron criticados por algunos católicos ilustrados del siglo XVIII, que atacaban estas formas de convivencia porque con ellas consideraban que se alejaban del espíritu fundacional, de asistencia a los más pobres y meditación de la Pasión de Cristo. Estos mismos comportamientos no se reducían solamente al “Domingo Gordo”, sino al lunes y martes de carnaval. En realidad, el que servía era otro hermano y aquel acto de generosidad se ha convertido en un turno de hermanos que, día a día, año a año, sirven al Cristo de la Caridad, porque lo que “hicieredes con estos pequeños mis hermanos, conmigo lo habéis hecho”.

El martes de Carnaval, el Cristo de la Caridad salía y sale a las calles de Alaejos, siempre enmarcado por un velo en su parte posterior, donde en ocasiones se había destacado los signos de los astros, del sol y la luna, el lucero del día y el lucero de la noche. Así pues, a esta talla antiquísima se la añadió en el barroco el pelo natural, para dar mayor sensación de realismo. Aquel triduo de Carnaval era fiesta solemne donde no faltaban los gastos de músicos, predicadores, la cera de las velas –partida que era tan importante–, además de los generados por los refrescos anteriormente descritos.

Entre aquel día de miércoles de ceniza y la Dominica de los Ramos habían transcurrido casi cuarenta días. Desde las aldeas más pequeñas hasta las villas más prósperas y ciudades con mayor tradición, se conmemora en procesión litúrgica la bendición y recibimiento de los ramos. Y todos esos rincones se convierten en la nueva Jerusalén para recibir al Hijo de David. En Alaejos, sus habitantes no lo hacen con palmas, sino con ramos de laurel. Ese mismo laurel bendecido que después era echado a los potes, al pan nuestro de cada día elaborado en la cocina.

 

Miércoles Santo, en el día antes de que los discípulos comiesen la Pascua, llega el tiempo del traslado de las imágenes. Lo hacen los cofrades del Cristo de la Salud cuando después de bajar a su titular, le lavan con vino de manera ritual, especialmente sobre las llagas. Dice el Evangelio que Cristo tuvo sed y así lo expresó con palabras de agonía: “Tengo Sed. Había allí una jarra con vinagre. Los soldados colocaron en la punta de una caña una esponja empapada en el vinagre y se la acercaron a la boca. Jesús gustó el vinagre y dijo: Todo está cumplido”. Después, cuando el centurión, viendo que Jesús había expirado y no considerando necesario quebrarle las piernas, traspasó su costado con una lanza y salió agua y sangre. La sangre que la Eucaristía ha transformado desde el vino de la última cena. La sangre, el vino, los cofrades lavando con el que era el producto esencial del comer, más bien, del beber y del vivir. Aquel vino que ha servido para lavar sus llagas lo mezclan con más cantidad y lo reparten, con destino especial hacia los más necesitados y enfermos. Ya le dijo Jesús a la samaritana: “Dame de beber (...) Todo el que bebe de esta agua, volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna”. (Jn 4, 13).

Precisamente, existe en Valladolid una bella procesión que transcurre por las calles conventuales de la ciudad y que se conoce como “Ejercicio Público de las Cinco Llagas”, de esas mismas que ustedes, los cristianos de Alaejos, lavan con vino. Las llagas de sus manos, de sus pies y de su costado. Cada una de las llagas es adorada por sendas comunidades de religiosas contemplativas, de monjas, y de sus labios y de su alma surgen las peticiones por las necesidades de la Iglesia, por las vocaciones, por los que cuidan a los marginados, por los educadores cristianos, por los matrimonios jóvenes. Ellas, con sus alabanzas y oraciones, como ustedes, lavan las llagas de aquel cuerpo atormentado.

No se conoce el escultor que labró el Cristo de la Salud. Su cofradía es de antigua tradición, pues fue fundada en 1882. Le custodian veinticuatro de ustedes, según establecen sus estatutos, con un puesto heredado en las andas procesionales desde sus mayores. El número de veinticuatro hermanos era de carácter simbólico, procedente del libro del Apocalipsis, de aquellas visiones de san Juan el Evangelista, en las cuales, alrededor del trono de Dios, “había otros veinticuatro tronos, en los que estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos de blanco y con coronas de oro en la cabeza”.

Se necesitaban doce hermanos para portarlo, como privilegiados “cirineos”. Con la llegada de las ruedas, el gesto se ha convertido en un símbolo. Una cofradía que unía su dimensión devocional con la asistencial, la atención a los pobres a los que ofrecían un potaje en la comida. Pero para los pobres, para los marginados, desgraciadamente no se tenía que conmemorar la Pasión de Cristo para que se viesen obligados a ayunar.

Y es que cuando nuestros mayores tenían menester de Dios, en sus muchas dificultades, acudían antes al cielo que a la ciencia. Y aunque las cosas han cambiado, no así la fe de las gentes sencillas. Los alaejanos acuden a por el vino del Cristo de la Salud, así llamado por el consuelo que ha derramado a tantos enfermos en sus dolencias y en acción de gracias ofrecían misas a lo largo de todo el año. Pero no será el único, el de la Salud, sobre el que se cumple esta tradición de ser lavado con vino, pues así proceden los cofrades del Cristo atado a la columna.

En muchos lugares de la Semana Santa de Castilla y concretamente en este espacio único de la Pasión que es su provincia, el Miércoles Santo es el día en que se conmemora el Vía Crucis procesional por las calles de las villas y ciudades. Un Vía Crucis que habrá sido preparado, a menudo, cada uno de los viernes de la Cuaresma. Así ocurrirá también en Alaejos, con las imágenes de “Jesús Nazareno” y “Nuestra Señora de la Soledad”, porque aunque los Evangelios no cuentan la presencia de la madre camino del Calvario, la devoción popular siempre la ha encontrado buscando a su hijo en la calle de la Amargura, como un cirineo de la mirada, según plasmó en sus versos Gerardo Diego en 1924:  

“Se ha abierto paso en las filas

una doliente Mujer.

Tu Madre te quiere ver

retratado en sus pupilas.

Lento, tu mirar destilas

y le hablas y la consuelas.

¡Cómo se rasgan las telas

de ese doble corazón!

¡Quién medirá la pasión

de esas dos almas gemelas!

¿Cuándo en el mundo se ha visto

tal escena de agonía?

Cristo llora por María.

María llora por Cristo.

¿Y yo, firme, lo resisto?

¿Mi alma ha de quedar ajena?

Nazareno, Nazarena,

dadme siquiera un poco

de esa doble pena loca,

que quiero penar mi pena”  

Y aquel Jesús Nazareno era portado, antes de la constitución de su cofradía, por cuatro únicos cofrades, siempre adjudicada su posición en las andas por disposición familiar, por transmisión, con ese sentido restringido del privilegio de ser cofrade. Y las mujeres de la villa de Alaejos acompañan en esa y en otras a Nuestra Señora de la Soledad. Son esas mujeres de Jerusalén que lloran. Y Cristo, con su cruz a cuestas, las encomiaba con palabras de consuelo:  

“qué vivo dolor aflige

a estas mujeres piadosas,

madres, hermanas, esposas,

sin culpa de crucífige.

Jesús a ellas se dirige.

Sus palabras, oídlas bien.

-Hijas de Jerusalén, Llorad vuestro llanto, sí,

por vosotras, no por mí.

Por vuestros hijos también”

(Gerardo Diego, Vía Crucis, 1924)  

Y llegó el tiempo en que habría de comer la Pascua con sus discípulos. Jueves de la Cena. Jueves Santo. Y antes de la carrera, en la iglesia de Santa María, comienza el Triduo Sacro con la conmemoración de la Última Cena. Doce hermanos de la cofradía del Cristo de la Salud se convertirán en los doce apóstoles. Esos mismos no dejarán solo a su maestro, como ocurrió cuando los soldados capturaron a Cristo. Los doce cofrades alaejanos acompañarán al Cuerpo y la Sangre patentes de Cristo hasta el altar donde será venerado en el Monumento. Allí durante toda esa tarde, esa noche y esa mañana, hasta el día siguiente, Dios recibirá las alabanzas de sus hijos.

En el día del Amor Fraterno, Cristo dejaba unas bellas palabras como testamento a todos los que somos sus seguidores, los cristianos, y por tanto a los cofrades, que muchas veces nos preocupamos más por organizar y aparentar que por meditar estos misterios de la Pasión: “Amaos los unos a los otros”. Y sintió miedo ante el final... y así se lo expresó a sus discípulos, deseoso que lo acompañasen. Los imagineros de Castilla expresaron esa soledad en la agonía. Sólo restaba ese cáliz que le acercaba la mano amorosa del ángel. Así lo supo sacar de la madera el maestro Luis Salvador Carmona. Él fue uno de los evangelistas de esta Pasión castellana. Ese es el primer paso de la procesión del Jueves de la Cena, donde en tantos lugares de nuestro alrededor salían las escenas que habían encargado las cofradías de la Vera Cruz. En esta Oración del Huerto de Alaejos, todavía Cristo está más solo, su mirada se encuentra de frente con la de los fieles.

Cristo ha sido traicionado, besado, vendido, juzgado, maltratado, abofeteado y atado a una columna. El evangelista de Alaejos lo plasmó ante una de gran tamaño en esta segunda escena de la procesión o Carrera del Jueves de la Cena. Su autor era anónimo y su huella la del siglo XVI. Cuando los imagineros plasmaban en esa centuria el azotamiento del Señor, lo hacían ante una columna de gran tamaño, ante la cual el ejecutado se abrazaba y hacía más llevadero el cruel martirio. Después, en la centuria siguiente, maestros como Gregorio Fernández redujeron el tamaño de la columna, pero no por una caprichosa decisión. El Concilio de Trento, la reunión de los padres conciliares que determinó el comportamiento de los católicos hasta el siglo XX, había sancionado una columna mucho más pequeña, convertida en reliquia verdadera en aquella basílica romana de Santa Práxedes. Recuerdo la emoción que sentí al contemplarla, y sobre todo el dolor físico, también emocionado, que experimenté cuando subí los peldaños de la Escalera Sacra, instalada junto a la basílica romana de San Juan de Letrán y que según la tradición fue traída por santa Helena en el siglo IV. Eran veintiocho peldaños procedentes de la casa de Poncio Pilatos por los cuales Jesús habría subido y bajado una vez azotado y condenado. La piedad invita a subir de rodillas. Cuando uno es castellano se recuerda en Roma a los Cristos atados a la columna mientras subes con penitencia por aquella Escala Sacra, compartiendo esos dolores de su espalda sangrante. Poco importa si la reliquia es verdadera o no. La reliquia sirve para meditar algunos de los misterios de nuestra fe. Pues bien, cuando el maestro Fernández en el siglo XVII tallaba sus Cristos azotados, los ataba a esa columna baja que permitía recibir los golpes por todos los rincones de su cuerpo. Era la trágica plasmación de la Pasión en el Barroco. Mientras, este “Cehomo” de Alaejos, después de haber sido lavado el lazo de su paño de pureza con vino y de haberlo repartido, sus cofrades salen con él a las calles.

La tercera escena es Nuestro Padre Jesús Nazareno, capaz de atraer tantas devociones, tantas miradas, tantas palabras en silencio y nacidas de lo profundo. Por segunda vez las calles acogen los pasos lentos, agonizantes, de Cristo con la cruz a cuestas. Después, en el paso de “La Caída”, al lado de Jesús con la cruz a cuestas, no podía faltar la madre, pero también la crueldad del sayón romano, llamado popularmente el “barrona”, que siempre acogía toda la sátira de los escultores y la furia del pueblo fiel de antaño, con sus salivazos, convirtiéndose en sayones del verdugo:  

“Ya caíste una, dos veces

la rota túnica pisas

y aún entre mofas y risas

tendido a mis pies te ofreces.

Yo no sé a quién me pareces,

a quién me aludes así.

No sé qué haces junto a mí,

derribado con tu leño.

Yo no sé si ha sido un sueño.

O si es verdad que te vi”.  

Esa misma crueldad es la que refleja la mirada del soldado romano que arranca las vestiduras a Cristo, esos mantos pegados a la piel por la sangre derramada tras la flagelación. Cristo Despojado o la Desnudez, con la mirada puesta en el suelo o en la cruz que estará esperando su cuerpo. Una mirada que pronto se va a dirigir al Padre, una mirada que pronto se va a arrodillar, no para pedir perdón por lo que él ha hecho, él que es la víctima, el cordero llevado al matadero, el varón de dolores... no, es la mirada que se arrodilla y pide perdón en nombre de sus verdugos, en nombre de aquel soldado romano que le arranca ya una piel de tela, porque no sabe lo que hace y por ello no se arrepiente. Y Cristo se adelanta, como lo hace con nosotros, como nos espera siempre que somos hijos pródigos. Todas estas actitudes las tenían que expresar los cristianos de Alaejos, sus padres y sus abuelos, y se lo encargaron a un maestro valenciano, lo que permitió la entrada en esta Semana Santa de otras estéticas, quizás más blandas, pero nunca escasas de dramatismo. Un grupo procesional, este de la “Desnudez”, que fue regalado a la iglesia de San Pedro por el recordado cura párroco Tomás Caballero en 1892.

Y llegamos al acto central del auto de la Pasión en Alaejos, el “Santísimo Cristo de la Salud”, pendiendo de una cruz, cumpliéndose sobre él todas las profecías, ejecutado como un malhechor entre malhechores. Aquellos hombres, que vieron salir de la madera del escultor a este Crucificado, encontraban, en la plasmación del dolor, la razón del cambio de su vida. Ya lo decía Santa Teresa de Jesús cuando en esta contemplación de Cristo llagado hallaba la causa de su “conversión”.

Transcurre esa noche del Jueves Santo con tiempos especiales para el encuentro de Dios con los hombres: la Hora Santa. El tiempo de compartir la soledad ante un final en la cruz. El Getsemaní de cada uno... cuando exponemos ante el Monumento nuestras dificultades, nuestros temores, nuestras agonías, nuestros agobios y contemplamos esta presencia de Dios. En Alaejos el silencio puede ser profundo, en medio de unos campos silueteados en su horizonte por la sombra de las torres de San Pedro y Santa María. En la noche del Jueves Santo.

 

Amanece, le da pereza amanecer en Castilla, para ser testigo de la muerte en la cruz... y entonces el bronce de la campana enmudece. Y los monaguillos de entonces, casi siempre traviesos, gustaban de hacer esos ruidos ensordecedores con las carracas y los carracones, instrumentos sonoros de las penitencias conventuales. Era mediodía y con ello anunciaban que era el tiempo de las comidas de Cuaresma: potaje, bacalao, huevos rellenos, además de la leche frita o la limonada. Y así transcurre, con sabor a ayuno y abstinencia hasta una nueva celebración litúrgica, tan rica en sus símbolos: Todo está consumado... La procesión del Santo Entierro tiene esa dimensión. El ejecutado que ya ha sido descendido de la cruz, tendido. Sin duda, el dramatismo de un cadáver en madera policromada nos debería continuar estremeciendo. Sin embargo el lenguaje de nuestra mirada y de los imagineros, los escultores, al tallarlo es otro. Ramón Álvarez, en el caso del Yacente de Alaejos, manejó el lenguaje único y sin traductores de la devoción. El cuerpo de Jesús, maltratado, con los ojos medio cerrados o medio abiertos, la sangre bordeando los rincones de su piel, la llaga del pecho aún sangrante, la señal de los clavos arden aún sobre la carne. Es, pues, impresión y expresión sublime de una tragedia que conmueve.

Detrás del Hijo, la madre. Todos los años, llegado este momento, me pregunto si ella no será la otra víctima del Calvario. ¿Tenía confianza en lo que había de venir, en lo que tendría que esperar o simplemente pensaba María que se había puesto fin a ese desafío de la divinidad? Ante mis preguntas, plagadas de un exceso de teologías, están las palabras populares, las transmitidas, sentidas y cantadas por el pueblo. Aquella Virgen Madre, me importa poco que sea la de la Soledad o Nuestra Señora de los Dolores... esa Virgen Madre, acompañada por las mujeres de Alaejos, es el regalo de Cristo aquel Viernes Santo y ustedes en su Pasión, en el evangelio que han escrito tienen el encargo expreso, esa noche del Viernes Santo, de acoger a María en su casa.

Nuestra Señora de los Dolores cierra ese cortejo, con su hijo entre sus manos y con la mirada en el Padre, sentada, casi derrumbada, bajo una cruz de la cual pende una de las sábanas que han permitido a los santos varones, Nicodemo y José de Arimatea, haber descendido el cuerpo muerto de Cristo... de la cruz a María. Y no solamente en esa procesión del Santo Entierro, sino que en la medianoche, Nuestra Señora de los Dolores, retorna a las calles de Alaejos para evitar que su mirada se olvide en los que la contemplan. Parece que siempre hemos vivido en una sociedad como la actual. Ya pueden proyectar en nuestros medios los millones de hambrientos del mundo, los que sufren, los marginados, los que están presos de las drogas, los que carecen de libertad, los que son perseguidos a causa de la justicia... nosotros apenas dejamos de separar el tenedor de nuestros labios a la hora de la comida... nosotros seguimos en nuestras comodidades. Por eso, no debe de extrañarnos que ella salga a la calle con su hijo en brazos, una y otra vez, para decirnos éste es. La Soledad y la de los Dolores, siempre servidas por mujeres, en esa división de las devociones. No, no piensen que voy a reivindicar absolutamente nada, pero ellas, nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras esposas, nuestras hermanas... ellas siempre, al menos en la Semana Santa, hasta hace bien poco siempre han servido desde la trastienda, trabajando para que todo saliese bien y sin recibir el brillo de sus esfuerzos. María también, en la sombra, pero presente, allí al pie de la cruz. La piedad, las gentes, no necesitaban mucho Evangelio para formular esa presencia. Solamente tenían el convencimiento, sabían por su propia vida, que una madre nunca puede abandonar a su hijo. Desde ese convencimiento se entiende el protagonismo de María en la Pasión de Cristo, su protagonismo en la forma nuestra de contar el modo en que ocurrieron las cosas, su protagonismo en esta Jerusalén de la Cruz que es Alaejos en los días de la Semana Santa.

 

El final, a pesar de su solemnidad, no es el Viernes Santo. Y así ocurriese sería el final también de nuestra fe. Nada tendría sentido, no mereciendo la pena ni siquiera ser conmemorado. Recordamos las palabras del inolvidable Santo Padre Juan Pablo II, del que mañana se cumple el primer aniversario de su fallecimiento, palabras escritas en su carta Salvifici Doloris: “El misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez testigos de su resurrección”. Por eso, solamente resta la vida, los encuentros entre Cristo victorioso y una madre enlutada que pierde el negro de su manto para tornarlo en blanco de alegría. Una contradicción más de la vida. Ese Jesús que ha salido del sepulcro, casi siempre en los pueblos y ciudades de Valladolid, ha sido representado por una talla de pequeño tamaño, menudita para tanta alegría. ¿Acaso será por que los cristianos de antaño carecían de esperanza? ¿Quizás pensaban que todo quedaba en la cruz? No lo creo. Más bien, el camino se encontraba en su fe ciega, en que para creer no necesitaban ver y no pensaban que fuese menester meter los dedos en las llagas del Resucitado.

 

Por eso, alaejanos, en virtud de la comisión recibida por vuestras autoridades eclesiásticas y civiles, de lo encomendado por las cofradías penitenciales, hago un llamamiento a que se conserven la pureza de las tradiciones y devociones recibidas de sus mayores, proclamando la vida de los que les precedieron en los gestos, en las oraciones y en los modos con los que se dirigen a Dios. Proclamo mi alegría y transmito el agradecimiento de todos los presentes al señor cura párroco por animar la vida espiritual de esta Semana Santa, por ayudar a la fundación de distintas cofradías, reuniendo lo que antes había quedado dormido, restringido y limitado. Proclamo mi alegría y transmito el agradecimiento de todos los presentes a las autoridades municipales pues, desde el respeto a las ideologías y creencias diversas, han contemplado en la Semana Santa la manera más adecuada de expresión de un pueblo, interpretando el sentir mayoritario de los ciudadanos a los que sirven. Y así, tras haber celebrado solemnes cultos al “Santísimo Cristo de la Caridad” en tiempos de Carnestolendas, de haber culminado los cultos en honor a Nuestro Padre Jesús Nazareno y el Novenario en Honor a Nuestra Señora de los Dolores, organizados por sus respectivas cofradías titulares invito, a los presentes y a todos aquellos que esta carta vieren y oyeren, a recibir a Cristo, nuestro bien, en la mañana del Domingo de Ramos, a recibir la sangre del sacrificio manada de sus llagas el Miércoles Santo en el traslado del “Santísimo Cristo de la Salud” y de las llagas de su azotamiento, a recorrer el camino de la Cruz a través de catorce estaciones repartidas por la calle del Arrabal, a conmemorar la Cena del Señor y el amor derramado en el lavatorio de los pies de sus discípulos, a adorar el Santísimo Sacramento del Altar, a iluminar los pasos procesionales en la Procesión de la Pasión del Señor, contemplando de manera respetuosa su discurrir por los lugares habituales, a celebrar la Pasión del Señor en su iglesia parroquial de Santa María, a permanecer con devoción junto a la Madre del Señor en la Procesión del Santo Entierro, compartiendo sus Dolores al pie de la cruz, a participar de la celebración solemne de la vida en la Vigilia Pascual, a encontrarse con Jesús Resucitado, nuestro bien, en el primer gesto comunicado a su madre María de la Alegría.

Todo ello con la certeza de ser partícipes de un milagro, el de la Semana Santa, concluido en este noble rincón de Castilla que es Alaejos, en la mañana del mayor milagro: el de la vida que rebrota para no finalizar jamás. Y para que esto sea firme y estable, he proclamado esta carta con sello de cera colgado, en la fecha de hoy, primer día de abril del año 2006. Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo.

 

Alaejos, 1 de abril de 2006.

Javier Burrieza Sánchez

 

 

 

 

 

 

 

 

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2005

 

 

PAZ Y BIEN

 

Durante muchos siglos la forma más popular y sin duda única de comunicarse con el pueblo fue el pregón, palabra que según el Diccionario de la Lengua Española es “la publicación que en voz alta se hace, en los sitios públicos, de una cosa que se quiere que todos sepan”, que el pregonero, oficial público que, de orden de la autoridad, se encarga de difundir.

En las villas y pequeñas ciudades provincianas, quietas, tranquilas, sosegadas, en las que la vida se deslizaba mansa y suavemente, el eco gracioso, dulce y musical de los pregones interrumpía el silencio de la vida local y del fondo de la calle subía hasta los balcones de las casas el mensaje del pregonero.

Todo se comunicaba por pregones. La voz del pregonero era el primer ruido mañanero que despertaba a los vecinos, poniendo a la gente en movimiento para el trajín del nuevo día. Eran pregones de comercio, de cambio, de compraventa de mercancías, de comunicación de fallecimientos, de noticias locales...

Muchas tardes, a la puesta de sol, el toque agudo de un cornetín o el redoblar de un tambor alborotaban a la chiquillería. Se escuchaba otro pregón. Había llegado el carro de la farándula, de los comediantes pobres o la caravana de los titiriteros y las mujeres corrían presurosas con sus sillas a la plaza mayor, donde generalmente tenían lugar las representaciones.

Eran pregones de fiesta y de alegría; anuncios de festejos de ferias, de días de regocijo público.

Por su parte el diccionario de Dña. María Moliner, define así el pregón en su segunda acepción: “Designación que se aplica a un discurso literario que se lee o pronuncia para anunciar algunas fiestas”. Y esto es lo que voy a tratar de llevar a cabo.

 

El primer pregón de la primera Semana Santa de la historia fue pronunciado hace veintiún siglos, por un sacerdote, cuyo nombre es desde entonces maldito y execrable: Caifás. Era el Sumo Sacerdote de Israel aquel año.

Inmediatamente después de la resurrección de Lázaro, dice el Evangelista San Juan que se reunieron los miembros del Sanedrín, alarmados por la popularidad creciente de Jesús, y dispuestos a tomar definitivas determinaciones.

La tradición supone que ese conciliábulo se celebró en una quinta que poseía Caifás fuera de la ciudad, al sur, sobre el siniestro valle de la Gehenna, paraje que todavía en la actualidad en los planos topográficos lleva el nombre de “Monte del Mal Consejo” (Rops: Jesús en su tiempo, pág. 452).

En medio de las tumultuosas deliberaciones, Caifás habló así: “No comprendéis nada; no reflexionáis que lo que conviene es que muera un solo hombre por el pueblo en vez de que perezca toda la nación”. Y añade San Juan: “Mas esto no lo dijo de propio movimiento, sino que, como era Pontífice en aquel año, sirvió de instrumento a Dios, y profetizó que Jesús había de morir por la nación y no solamente por la nación judía, sino también para congregar en un campo a los hijos de Dios, que estaban dispersos” (Jn 1, 59-52).

Hay que imaginar que esas palabras de Caifás hubieran sido pronunciadas en un tono de voz suficientemente alto y a la pública luz del día. ¿Qué más hubiera hecho falta para pregonar a los cuatro vientos la fecundidad redentora de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús? Es cierto que él se refería de una manera directa e inmediata a la conveniencia política. Caifás estaba pensando en los romanos, a quien no agradaría la posible alteración del orden público, y a la vez pensaba en él mismo y en su casta, para quienes existía el peligro de que, producido un hipotético alboroto, perdieran sus puestos, dada la enérgica facilidad que tenían los hombres de la Roma Imperial para deponer Sumos Sacerdotes.

Pero también había en sus frases un segundo sentido, como subraya cuidadosamente San Juan, que ni él mismo comprendió: el de la conveniencia teológica del sacrificio de Jesús para unir los destinos sueltos del mundo con el Dios de la unidad y del amor.

 

Pues bien, este es a mi juicio el motivo supremo de la Semana Santa, toda una maravillosa exaltación, en la que sin perder la serenidad y el equilibrio indispensables, el pueblo capta con instinto religioso de primer orden la trascendente conveniencia para la vida humana de la muerte del Hijo de Dios que, con su acción, nos redimirá del pecado.

Y la expresa, puesto que se trata no ya de un hecho que va a suceder, sino del gran drama que sucedió una vez y para siempre, con los sentimientos de la más conmovedora gratitud y fidelidad a lo que han aprendido en el Evangelio. Gratitud y fidelidad al ambiente de aquella primera santa y desgarradora semana. Y por eso, la seriedad hierática, majestuosa, sagrada casi; y el silencio trágico y colosal, semejante al que anuncia o sigue a las grandes tempestades; y la renovación espiritual de las conciencias, que se hace en estos días mediante una implacable acusación de todas las vergüenzas; y la participación de todos, hombres, mujeres y niños, en los ritos conmemorativos y en los cortejos procesionales, acompañando a las Dolorosas o Cristos cargados con la cruz o crucificados en ellas, por las calles estrechas, labradores cantando el Miserere o plegarias a la Virgen que parecen romance de hijos que hubieran venido al mundo con el único destino de ofrecer el consuelo a la Madre en su desamparo.

Y los cofrades limpian las imágenes, preparan los pasos y sacan sus hábitos de las maletas, donde han estado guardados durante todo un año.

Llega la ocasión de revivir los momentos en que se consuma la vida de Jesús a través de los actos y manifestaciones de piedad que tendrán lugar a lo largo de estos días, nos encaminarán ciertamente al fundamento del cristianismo, la base de nuestra fe, la Resurrección, siendo capaces de maravillarnos ante este gran misterio, siguiendo la huella de un camino, ya recorrido por Cristo.

Y Castilla y España entera crearán en cada una de sus ciudades, de sus pueblos, de sus más escondidos y remotos lugares una serie de tallas a las que comenzará a contemplar con cariño. Sufriendo con Jesús y María el dolor del martirio y al mismo tiempo transmitiendo su resentimiento y, por qué no decirlo, su odio a los sayones, a los torturadores, que someterán a Cristo a todo tipo de humillaciones en presencia de la Virgen.

A este respecto quiero contar una anécdota que demuestra esta afirmación. En mi Valladolid natal, desde mediados del siglo XV y hasta muy avanzado el siglo XVI, las imágenes que se acompañaban estaban construidas en un material llamado “papelón” (un cartón engomado y que posteriormente era pintado, del que lamentablemente no se conserva más que el grupo de “La Entrada de Jesús en Jerusalén”, la popular Borriquilla). Era una época en la que todavía no habían llegado a la ciudad los dos grandes genios de la escultura que dieron lugar a la escuela vallisoletana: el francés Juan de Juni y el gallego Gregorio Fernández. Pues bien, la cofradía más antigua de la ciudad, la de la Vera Cruz, tenía la costumbre de dejar expuestos sus pasos en la Plaza Mayor en la noche del Miércoles Santo hasta el momento de celebrar su procesión del Jueves Santo, denominada de la Cena. Todos los años la cofradía debía gastar una importante suma de maravedíes en restaurar los daños que el indignado pueblo causaba a los sayones judíos y soldados romanos, que eran apedreados por torturar a Jesús y causar dolor y pena a su bendita Madre. Sin embargo nunca aparecen detallados que las imágenes sagradas necesitaran restauración, ya que no sufrían el menor desperfecto.

 

Durante una semana las calles de pueblos y ciudades españolas se transforman para celebrar en ellas las procesiones de Semana Santa, convirtiéndolas en un río de congojas que, por estar encerradas en lo más hondo del pecho, labran profundamente los surcos del corazón.

Y en esta vieja e histórica ciudad de Alaejos, iluminada por esa luz que constituye la fe de los hombres, transmitida de generación en generación, de padres a hijos, alimentada por el sacrificio del hijo de Dios y por los sacrificios seculares de sus gentes, y declarada conjunto histórico artístico en 1980, con su rico patrimonio en sus calles, plazas e iglesias, esas dos grandes catedrales que son los templos de San Pedro y Santa María, nueve cofradías, agrupadas en torno a una Junta Local de Semana Santa, se disponen a vivir con toda intensidad sus actos y procesiones, dispuestos a renovar por sus viejas calles el Drama de la Pasión, en las que resonarán con fuerzas las oraciones que, como palomas, lanzarán al cielo las voces de sus habitantes, entonando con voz temblorosa por la emoción sus peticiones al Señor o a su Madre.

Pero aquí, en Alaejos, se da la circunstancia de que continuando con una ancestral tradición, la primera procesión de auténtica penitencia tiene lugar el martes de carnaval, cuando la imagen del Santísimo Cristo de la Caridad es sacada por los treinta y tres hermanos que la componen, en un recorrido por las viejas calles de la localidad, en desagravio a los excesos cometidos durante estos días. Conservad estos actos, no se puede permitir que se pierdan y mantened ese refresco ofrecido a los hermanos, consistente en vino blanco y bizcocho. Estas y otras muchas son nuestras tradiciones. Las de Alaejos y muchos pueblos de España entera.

 

Y con el Domingo de Ramos llega la primera procesión, en el que todas las cofradías, unidas con el pueblo fiel, celebran la Entrada de Jesús en Jerusalén.

Domingo de Ramos al que el poeta Lope Mateo cantó: 

En los balcones floridos

el sol juega con las lilas;

las lilas con las campanas;

las campanas con la brisa.

¡Oh Domingo de las Palmas,

que por la ciudad transitas

con ese vestido nuevo

color primavera viva!

Ay mi Domingo de Ramos:

quien fuera niño en tu día

para volver a empuñar

-fuste de mística ojiva,

surtidor de aguas celestes-

la esbelta palma hacia arriba,

con farolillos de flores

colgando de las trencillas.

Cómo cruje la mañana

de sedas recién nacidas.

Cómo salpica de espumas

el pecho de las colinas,

la sangre-plata del río,

el pie de las calles limpias

y la frente de las torres

con cigüeñas pensativas.

Una bandada de rosas

cruza la mañana tibia

con leve esquife de nácar

hacia playas de alegría.

¡Gloria al Hijo de David!

¡Gloria al Señor que lo envía!

Los guijos fueron diamantes,

los muros, de plata fina;

de oro, los mantos y capas

que a su triunfo se tendían,

cuando pasaba Jesús,

jinete en la borriquilla,

y a su lado el jumentillo

soñando joviales pistas.

¡Ay domingo marchitado

en un manojo de olivas!

¿Dónde estará ya aquel niño

que en la procesión blandía

la luz de sus ojos negros,

negros como golondrinas?

En los balcones floridos

el sol juega con lilas;

las lilas, con las campanas;

las campanas con la brisa;

la brisa con mi esperanza;

la esperanza, con mis cuitas!

Y la procesión se aleja

cantando en el alma mía;

¡ay primavera, ay abril,

ay altar de mis cenizas!  

Llega el Miércoles Santo, y con él dos tradiciones seculares de esta villa. Los 24 cofrades del Cristo de la Salud bajan la imagen de su titular y proceden a lavarla con vino de forma ritual, haciendo especial hincapié en las llagas. El vino es recogido y mezclado con más cantidad, procediéndose a su reparto entre la gente que asiste al acto, por considerar que tiene poderes curativos, de ahí su advocación.

Y más tarde, la Cofradía de Cristo Atado a la Columna, baja la imagen de su titular, para proceder a la limpieza con vino del lazo de pureza.

A las nueve de la noche tiene lugar el Solemne Vía Crucis con las imágenes de “Jesús Nazareno” y “Nuestra Señora de la Soledad”, cuyas estaciones son cubiertas entre todas las cofradías de Alaejos.

La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, talla de autor anónimo del siglo XVII, antes de la reorganización de los años cincuenta del pasado siglo, era portada por los cuatro únicos cofrades, que tenían adjudicada su posición en las andas, transmitiéndose de padres a hijos este derecho.

Un Nazareno, como el mío de Valladolid, que lo mismo da que esté a pie o caído, ambos llevan el peso de la cruz, al que en este día 18 de marzo de 2005 elevo esta súplica:  

De nuevo a tu lado Padre.

Otra vez estoy contigo.

Otra vez está tu nombre

nublándome los sentidos.

Otra vez, manso Cordero.

Otra vez, morado lirio,

me atraviesa tu mirada

mi nombre y mis apellidos.

De nuevo juntos Tú y yo.

Se entrelazan los destinos.

Otra vez me estás llamando,

otra vez pides mi auxilio

y no puedo levantarte

mi Nazareno Caído.

Tres golpes en tus rodillas,

dos rótulas se han partido.

Tres veces caíste al suelo;

tres veces oí tus gritos;

tres veces muriendo a chorros;

tres veces en el abismo,

y no puedo levantarte

mi Nazareno Caído.

¿Cuántas veces fui, Señor,

los guijarros de tu sino?

¿Cuántas veces te cargué

con las cruces de mi olvido?

¿Cuántas otras en tus hombros

fueron falta de cariño?

Por mi culpa, fue mi culpa.

Tan sólo el rencor es mío,

tan sólo el odio es del hombre,

tan sólo nuestro el egoísmo.

Otra vez estamos juntos.

Tú en mi verso. Yo, en tu oído.

Y no puedo levantarte

mi Nazareno Caído.

Hoy quiero saldar mis cuentas

Señor mío Jesucristo.

Hoy quiero aplacar la afrenta

del dolor que te ha rendido.

Hoy quiero besar tus manos

y esos pies doloridos

que por mí pisaron tierras

de pesares infinitos.

Hoy quiero darte mi vida

como ofrenda y sacrificio.

¡Hoy quiero ser cargador

violeta de los suplicios!

¡Quiero ser portador

de mi Nazareno Caído!

Hoy quiero saldar mis cuentas

Señor mío, Jesús mío,

porque caíste por mí,

yo quiero cargar contigo.

Por eso, te lo imploro y te lo pido.

Permíteme que a mi muerte

-junto a Dios Padre divino-

envuelto en sudario morado

lo proclame a voz en grito:

¡Yo fui portador, Padre,

en la tierra, de tu Hijo!

¡Yo fui portador, Padre,

del Nazareno Caído!  

Y este Nazareno, se encontrará con la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, acompañada por las mujeres de Alaejos, agrupadas en su Cofradía. Una Soledad a que rezo:  

¡No estás sola, Soledad!

¡Alaejos está contigo!

¡No estás sola Soledad

en tu destierro infinito!

Tus dolores de Belén,

se hicieron vida en tu Hijo,

y son remotos los días

de tus zozobras de Egipto.

¡Cómo quisieras mecerle

entre tus brazos dormido!

¡Cómo quisieras besarle

con tu amor hecho suspiro

y sus manos en caricia

para tus pechos henchidos!

¡Tus besos de Nazaret

los llevó, yerto, Tu Lirio!

No hay pena como esa pena

ni hiel como tu destino!

¡Ay, Soledad de los mares...!

¡Ay, Soledad de los siglos...!

¡Ay, Soledad de los cielos

en corazón de cuchillos...!

Soledad de soledades,

tu soledad va sin gritos,

llevando tu pena toda

con un trenzado de espinos...

¡Ay, carne la de tu carne!

¡Ay, pan de tus mismos trigos!

¡Ay, Sangre la de tu sangre

en un cáliz hecha vino!

¡Todo el dolor de la tierra,

soledad en tu martirio...!

Pero no estás sola, Madre,

ni lo estarás en tu frío...

Por las calles de Alaejos

te llevan las alejanas

mujeres enlutadas

manos de nieve en los cirios,

hombres y mujeres tienen

su amor para ti rendido,

y cada pecho es un templo

para brindarte su asilo...

¡Ángeles de los luceros

bajan a tu lado mismo

y besándote en la cara

tus lágrimas se han bebido!

¡El dolor de tus dolores

se hace dolor en tus hijos!

¡No estás sola, Soledad!

¡Alaejos está contigo!  

Y llega el Jueves Santo. Al anochecer, se pone en marcha la Procesión de la Pasión, con las cofradías alaejanas acompañando sus pasos titulares:

 

- “La Oración del Huerto”, obra del gran Luis Salvador Carmona sobre 1756, la más joven de las hermandades de la localidad (fundada en 1999).

-“Cristo Atado a la Columna”, imagen de autor anónimo del siglo XVI, acompañado de su Cofradía fundada en 1999, aunque existió otra de la misma advocación de la que se tienen noticias de su existencia en 1866.

-“Nuestro P. Jesús Nazareno”, obra del siglo XVII, de autor anónimo, cuya cofradía fue reorganizada a mediados del pasado siglo, y que era portada por los cuatro cofrades que tenían adjudicada su posición en las andas, transmitiéndose este derecho de padres a hijos.

-“La Caída”, grupo formado por las imágenes de Jesús Camino del Calvario, la Virgen de la Soledad y un sayón romano, acompañado por la Cofradía de la Soledad.

-“Cristo Despojado”, obra de un escultor anónimo de la escuela valenciana, que representa el momento en que el Señor es despojado de sus vestiduras por un soldado romano, conocido popularmente como “La Desnudez”.

-“Santísimo Cristo de la Salud”, bellísima imagen de Cristo Crucificado, de autor anónimo, acompañado por su cofradía titular, fundada en 1882 y formada por 24 hermanos, varones, por disposición estatutaria. Hasta hace pocos años la Cofradía ofrecía una comida, el Viernes Santo, a los pobres, consistente en un clásico potaje.

 

Y el Viernes Santo, la Procesión del Santo Entierro, con los pasos del “Santo Entierro”, imagen de Cristo Yacente, del gran escultor zamorano Ramón Álvarez en el año 1884, depositado en el interior de una urna; María Santísima de la Soledad y la Virgen de los Dolores, grupo formado por la Virgen, sentada al pie de la Cruz de la que cuelga la sábana que sirvió para bajar el cuerpo de su Hijo, que descansa sobre su regazo. En realidad en Castilla es conocida como la Virgen de la Piedad y en Andalucía como Virgen de las Angustias.  

¡Dolores! Vente conmigo.

Deja tu pena penando.

Y aunque sufras por el Hijo

que murió crucificado,

vente conmigo, María.

Agárrate de mi mano

que voy a llevarte a un sitio

donde no cabe más llanto.

Porque te llamas Alaejos,

que quiere entregarte algo

más valioso que tus joyas,

tu corona y tus bordados.

Deja el luto por las puertas

de todo el Viernes Santo

y empápate de ese alba

de azulados presagios.

Ponle soles de Domingo

a ese réquiem de tu manto

y corona de sonrisas

ese gesto y esos labios.

Por fin te tengo a mi lado

sin puñal que te atraviese

el alma por los costados.

Así te soñé de niño

un primer Viernes de Marzo.

Vente conmigo María

de los Dolores llorados.

¡Que resuenen aleluyas

por los altos campanarios!

Vente conmigo, María.

Agárrate de mi mano.

Vamos a ver a tu Hijo.

Dominando luz y espacio.  

Y cerrando la noche “Procesión del Silencio” con la imagen de Nuestra Señora de los Dolores.

 

Todo se ha consumado, y el dolor y la tristeza dejan paso a la profunda alegría de la Resurrección, y en la mañana del Domingo de Pascua tiene lugar la Procesión del Encuentro, con las imágenes del Resucitado, y Nuestra Señora de la Alegría.  

Que repiquen de alegría

allá por el altozano

viejas torres que proclaman

que Cristo ha resucitado.

Termina aquí mi pregón

como quise comenzarlo.

¡Despierta Alaejos! ¡Despierta!

¡Despierta de tu letargo!

Mira que la Primavera

te lo viene pregonando.

Cristo viene a nuestra casa

con el cielo entre sus brazos.

Ya está aquí la Semana Santa.

¡Levántate Alaejos!

Vamos a ganar la Gloria

desde el Domingo de Ramos.  

Pero antes de concluir mi intervención, quiero hacer un llamamiento a los cofrades y devotos creyentes de Alaejos. En el pasado mes de septiembre, en la conferencia inaugural del XVII Encuentro Nacional de Cofradías, manifesté que se avecinaban tiempos difíciles para la Iglesia Católica y para las cofradías. Al concluir mi intervención el Obispo de Jerez de la Frontera se acercó a mí, manifestándose de acuerdo con mis afirmaciones.

Todo esto se confirma con la noticia aparecida en el diario digital El Confidencial, con fecha 3 de marzo: “El gobierno prepara un código de laicidad que desaconsejará cualquier manifestación religiosa por la calle”.

Se avecinan tiempos muy difíciles y los cofrades tenemos que aportar mucho en apoyo de nuestra Iglesia y la Iglesia tiene que apoyarse en las cofradías.

Las cofradías tienen que tener vivencia durante todo el año, no pueden limitarse a vivir con mayor o menor intensidad la Semana Santa. Las cofradías tienen que adaptarse a los tiempos y ofrecer un servicio, a los creyentes.

Y quizás, en el campo de formación de los niños y jóvenes, tienen un objetivo prioritario. Esos niños que van a dejar de recibir una formación religiosa, y lo que es peor, van a ser encauzados en un claro sentido anticatólico, cada vez más acentuado.

Tenemos que estar unidos, y salvando las diferencias que en ocasiones nos han separado a las cofradías y alguna parte del clero, hacer un frente común, en defensa de nuestra religión, que es lo que nos mueve a unos y otros.

 

Muchas gracias.

José Luis San José C. Carreño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2004

 

 

 

Que sepan todos en Alaejos que pasado mañana, Domingo de las Palmas, 4 de abril, se prohibirá circular a los vehículos por la Plaza Mayor, las calles Peñaranda, La Casita y Teatro y la Plaza de Santa María para que los niños vuelvan un año más a ser los protagonistas de la llegada de Cristo a Jerusalén.

Empezará así una semana en la que esta memorable villa convertirá su centro histórico en el escenario en el que los cristianos podrán conmemorar la Pasión y Muerte del Hijo de Dios y en el que los no creyentes podrán admirar la belleza de unas tallas que adquieren aún mayor realce al paso por estas históricas calles.

Es deseo de la Junta de Semana Santa que os anuncie que el miércoles, a las diez y media de la mañana, los hermanos del Cristo de la Salud bajarán la milagrosa talla de su altar en Santa María y lavarán sus llagas con vino para distribuirlo entre los vecinos. Media hora después, los hermanos del Cristo Atado a la Columna protagonizarán una ceremonia similar con el lavatorio del Lazo de Pureza con vino. Al llegar la noche, Nuestro Padre Jesús Nazareno volverá a las calles, con su pesada cruz a cuestas, para encontrarse con su Madre, la Virgen de la Soledad, mientras los alaejanos oran el Vía Crucis.

La Junta de Semana Santa me encarga que os recuerde que el Nazareno saldrá de nuevo el jueves a las calles en la que, sin duda, es la más completa muestra de la Pasión de Nuestro Señor en esta villa. Entre la Oración del Huerto y el Santísimo Cristo de la Salud desfilarán también el Atado a la Columna, la Caída y Cristo Despojado, acompañados de sus cofradías titulares, miembros de las demás hermandades y las autoridades. Y el cortejo, que partirá de la Plaza de Santa María, a la que volverá después, andará lentamente por Pastores, Trabancos, Fortaleza, Plaza Mayor, Peñaranda, La Casita, Teatro y la Plaza de Santa María.

Es deseo de la Junta de Semana Santa que os anuncie que sólo veinticuatro horas después, en el Viernes de la Cruz, la Virgen Nuestra Madre, envuelta en el silencio que sólo es posible ante un drama como la muerte de un hijo, pedirá a todos los alaejanos, creyentes o no, que la acompañen en su luto, bien al caer la tarde, en la Procesión del Santo Entierro, bien a medianoche, en su lento caminar entre un ensordecedor silencio, muestra palpable en esta villa de la admiración que se le profesa.

Y tengo el encargo de deciros que el domingo 11 las campanas de Santa María y de San Pedro saludarán el final del duelo dando paso a la resurrección que da sentido a la fe de los cristianos en el Hijo de Dios, que se encontrará con su Madre de la Alegría en la Plaza de Santa María.

Pero, además de este anuncio, la Junta de Semana Santa me ha concedido el honor de dirigirme a ustedes.

 

Reverendo señor Párroco, ilustrísima Alcaldesa, señor Presidente de la Junta de Semana Santa, mayordomos de las hermandades, cofrades, señoras y señores:

Soy de un pueblo al norte de Valladolid, pequeño, muy pequeño si lo comparamos con Alaejos. Siempre estoy orgulloso de mi pueblo pero, les digo la verdad, cuando más me gusta es en esta época que hoy comienza. Podría darles muchos motivos para explicarles tan tajante afirmación. Incluso varios de ellos seguro que los suscribirían ustedes para su Semana Santa y su pueblo. Me detengo en dos. El primero, que no tenemos que echar mano del motivo turístico para mantener nuestras tradiciones semanasanteras; en mi pueblo, las plazas hoteleras están todo el año al cien por cien, porque no hay ni una. El segundo, que tampoco hay que echar mano del motivo religioso; la Semana Santa forma parte del devenir diario del pueblo y, como tal, todos los vecinos participamos en las tradiciones de esta época: unos movidos por su fe, otros porque están seguros de que deben participar de algo que han visto desde niños como suyo.

Para mí, eso constituye la autenticidad en los grupos de personas. Y es un elemento que nos distingue a los de los pueblos de los que viven en las ciudades. Porque –y se lo digo muy convencido– en una época en la que muchos consideran que los pueblos están en decadencia es cuando para otros muchos más sentido cobran lugares como Alaejos y momentos como la Semana Santa.

 

Vine por primera vez a Alaejos allá por 1986. Me acuerdo del año por cómo me impresionó el perfil de la villa con sus dos espectaculares torres. Fue un día de impactos consecutivos porque me trajeron a ver esta iglesia y quedé prendado de este artesonado, de su cúpula y de este hermoso retablo ante el cual nunca pensé que podría llegar a tener el privilegio de dirigirme a ustedes para poner en marcha los pregones de Semana Santa. Y es que sólo de privilegio puede calificarse estar ante esta bella obra de Esteban Jordán, que ha transformado la madera en arte, con mayúscula. A mí me pasa una cosa cuando admiro una obra tan bonita como esta: siempre pienso que la gubia del maestro imaginero por fuerza tuvo que estar guiada por los ángeles, porque tanta belleza parece imposible que pueda salir de manos humanas.

De haber sabido, cuando vine por primera vez, hace dieciocho años, que don Miguel de Unamuno se tendía en el suelo, ahí delante, para contemplar el artesonado de este templo, habría seguido yo tan original y apasionante sistema de contemplación.

El nombre de Alaejos sonó por primera vez en mis oídos vinculado a una Iglesia. Fue en mi pueblo cuando, siendo monaguillo, pregunté quién era un señor que ayudaba como sacristán durante unos días que él pasaba de descanso allí en Villavicencio. Y me dijeron que era don Mariano, el sacristán de Alaejos, que había nacido en mi pueblo. Y pensé: cómo será de importante Alaejos, si este hombre es tan solemne en la función religiosa. Hacía honor a esta villa. Lo comprobé años después, cuando estuve por primera vez ante este retablo y entendí el porqué de aquella solemnidad del sacristán. Ante esta obra sin igual de Esteban Jordán pude sentir cómo una sensación de paz invadía el espacio que acababa de conquistar la impresión, la sorpresa. Y me fijé en aquel Nazareno de allá arriba. No me pregunten por qué, pero desde entonces lo guardo de forma especial en mi memoria.

Desde aquel primero, en 1986, mis viajes a Alaejos se sucedieron con mayor frecuencia, la misma que imagino en cualquiera que haya hecho el feliz descubrimiento de una nueva tierra, abierta y hospitalaria en sus gentes y espectacular en sus lugares. Lugares como un buen número de calles de Alaejos (Fortaleza, Pozo, Gonzala Santana o Zabacos) que invitan a soñar, a dejar que la imaginación guíe los pasos de aquel que se adentra entre esos muros de ladrillo macizo y piedra. Muros entre los que he imaginado el paso de ese Nazareno de allá arriba, con su pesada cruz. O a esta Virgen Dolorosa llevando su dolor hasta los lugares más alejados de su templo. Muros entre los que en Semana Santa desfilan Cristos de bocas entreabiertas y Vírgenes que miran al cielo en actitud de implorar. Muros entre los que es más fácil mirar cara a cara al cielo mientras pasan cofrades y Cristos y Vírgenes. Y entre los que en un momento, un sencillo momento a golpe de segundero, uno puede preguntarse ¿por qué? y ¿para qué? Así año tras año. Y es que lo llamativo de la Semana Santa es que el año que viene será como éste y éste como el pasado. O hace veinte años. O cincuenta. ¿Completamente igual? Sí, si exceptuamos que los que no somos completamente iguales somos nosotros, que cada año somos uno más viejos. Y nosotros pasamos y nuestros Cristos y nuestras Vírgenes permanecen. Vendrán otros, claro que vendrán otros, que lavarán con vino las llagas del Cristo de la Salud, que cargarán con el Nazareno y que cantarán la Salve a la Virgen. Y entre ellos y vuestros antepasados estaréis vosotros; sin vosotros no será posible lo de dentro de unos años. Porque sois vosotros los que deberéis enseñar a vuestros hijos a lavar esas llagas del Cristo, igual que un día vuestros padres, y a ellos sus padres, y a ellos los padres de sus padres, enseñaron a hacer con lentitud, con solemnidad, confiando en el poder de este Dios para sanar enfermedades.

Solo así se construye la tradición, a base de décadas, de siglos. Qué pena que, ahora, uno hace una cosa tres años seguidos y ya le damos el título de tradición. No. La tradición se gana con los años, se sedimenta en la memoria y se ennoblece con el respeto por lo antiguo. Así se crean formas de vida, costumbres, lenguajes e incluso actitudes que acaban constituyendo el ser de un pueblo. Joaquín Díaz, uno de los estudiosos de más prestigio de España, arremete contra lo que él bautizó como el “cólico industrial”, que tan graves destrozos causó a la forma de vida de los pueblos, una forma de vida que él recuerda como “tejida pacientemente durante siglos” y que quedó dañada al ser “alcanzada por el hacha de un desarrollo enloquecido”. Díaz y otros grandes pensadores como él nos enseñan que nivel de vida no equivale a calidad de vida y que el ser humano se acerca más a la plenitud de su esencia cuando es capaz de entender su pasado, asimilarlo con orgullo y hacerlo compatible con el porvenir.

 

No sabéis cómo agradezco a la Junta de Semana Santa que aceptase que este pregón pudiera ser pronunciado aquí y hoy. Aquí, porque en este templo adquiere verdadera dimensión lo de entender el pasado, asimilarlo con orgullo y hacerlo compatible con el porvenir. Hoy, porque desde pequeño uní inicio de la Semana Santa y Viernes de Dolores. A mí, desde niño, me enseñaron a ponerme ante los Cristos de bocas entreabiertas y ante las Vírgenes que imploran. Me puso mi madre y, de mayor, con uso de razón, decidí quedarme. Comprobé que aquella decisión materna no estaba equivocada, porque la paz que transmiten tallas como vuestro Cristo de la Salud son casi imposibles de encontrar. Y con ponerse ante ellos una vez al año, una única vez, el espíritu carga el depósito para soportar la quema de combustible con el que el ser humano tiene que asimilar y hacer frente a multitud de tragedias e injusticias con las que choca cada día.

Pero nos queda la tradición. Y lugares como vuestro Alaejos. Y tallas como las de vuestros Cristos y vuestras Vírgenes. Y calles como Zabacos. Y rincones de ladrillo macizo y piedra en los que los Nazarenos y las Dolorosas seguirán desfilando para que nosotros, seres frágiles, podamos adquirir fuerza para seguir adelante. Y ver cómo nos miran al pasar portados por los cofrades, en silencio, en un contundente silencio. Un silencio que debe ser el mejor pregón de la Semana Santa, porque desde el silencio es más fácil meditar. Un silencio que de ser roto por algo, que lo sea por los acordes de la Banda de Música de Pollos. Por ello, debo callar ya.

 

Gracias.

 

José Ignacio Foces Gil.

            
 
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