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SALUDO DEL SEGADOR 2004
Quiero expresar mi agradecimiento a la Corporación municipal, y en su nombre a la Sra. Alcaldesa, la oportunidad que me brindan para dirigirme a mis convecinos de Alaejos. Pues a pesar de no haber nacido aquí, y sin renunciar a mis raíces, me siento uno más entre todos vosotros. En esta cuarta edición de la Fiesta de la Siega tengo el honor de saludar a todos los que participan en la exaltación y memoria del ingrato oficio de segador.
Hoy os habéis ataviado a la antigua usanza, con la nostalgia festiva de los viejos tiempos: abarcas para los pies, faja para sujetar el cuerpo, dediles atados a la muñeca, sombrero de paja, que es más fresco; las mujeres pañoleta y zagalejo.
¡Qué diferentes tiempos donde ganar la soldada era el sustento de medio año!
¡Cuántas inquietudes, desvelos y trabajos olvidados habréis recordado en este caluroso día!
Desde el comienzo festivo del ajuste, la robla, donde se fijaban las condiciones de trabajo y el mayoral, en nombre de todos, negociaba, trataba con el amo la ansiada soldada para tapar agujeros del invierno: dos tercios para el atador y un poco más para la media hoz; que no falte vino, pan reciente de vez en cuando; ¿mañanadas? en San Pedro y Santiago; lías en el hato; ¿comienzo de la faena? por Pascuas garroberas; ¿terminar? Dios dirá, que nadie estamos libres de tormentas, torzones y otros gajes del oficio, como cortaduras, vahídos de la calor y otros imprevistos.
Había que proveerse de ropa ligera, calzao el apropiao, hocines para el revuelto, hoces para el pan alto, dediles para los dedos.
No faltaba competencia de gente forastera que ayudaban a recoger la senara y hasta de la lejana Galicia se desplazaban con su hato a sufrir los rigores del clima de Castilla. Así, la escritora gallega Rosalía de Castro se lamentaba: “gallego que a Castilla blanco vas y negro vuelves”
Duro trabajo bajo el sol inmisericorde que no pocas veces producía algún síncope, vahído y, en el peor de los casos, un cólico miserere, acigurrio que podría traer malas consecuencias.
De menor importancia eran los problemas que acarreaban los despistes del principiante, hatero, que por mor del desconocimiento o falta de pericia, o bien por tropezón del burro o despiste de sendero, había que beber el agua como un caldo y las sopas con hormigas; como premio, coscorrón del mayoral y recordatorio de los mandamientos del hatero: dar agua al burro; poner sombra al hato; recoger platos y pucheros; andar por el gavillero; comer poco y andar listo.
También es verdad que no faltaba el chascarrillo oportuno, ni el trago del vino de la bota, ni el refrescar en los manantiales de Valdefuentes, ni la siesta a la sombra de un chopo en El Redondo o de un pino por Picazos, siempre, claro, que el corte pillara a mano.
Pero la nota amena y colorista la ponían las espigadoras que, al toque de campana y bajo las instrucciones del Meñe, como reguero de hormigas, invadían al amanecer los senderos previamente elegidos. ¡Cuánto esfuerzo para espigar unas manadas de mies, que a veces generosamente dejaba el segador para su amada!
“Ten memoria de mí, segador,
no arrebañes los campos de mies,
que detrás de las hoces voy yo”.
Fiesta grande con jolgorio incluido, morcón, jamón, queso y bota de vino fresco, era el acarreo de garbanzos con recogida de matas. En primera línea, las de confianza, las acribadoras, luego, dependiendo si estaba cerca la tierra, la marabunta de gente ávida de recoger las preciadas matas, mejor con sarro, síntoma de cochura, proveyendo el cocido de todo el año.
Ahora acabamos de recordar El Ramo, entonando el alegres son, máxima expresión de alegría, final de siega y acarreo, donde se expresaban los deseos de todo el verano.
Permitidme que me tome la licencia de repetir algunos párrafos de ellos:
“El día siete de agosto
terminamos de segar
en la tierra del Retiro
con mucha serenidad”
“Ahora comemos el ramo,
¡qué rico y qué bueno está!
pero mañana y pasado
con tomate y poco pan”.
Todos:
“Mi tía, mi abuela,
que tiene viruela
también sarampión,
los de la compañía
alegres son,
alargue ‘usté’ el porrón”.
Ricardo Martín Gutiérrez
SALUDO DEL SEGADOR 2005
Buenos días amigos.
Quiero comenzar este saludo con el agradecimiento a mi presentador, a todos los alejanos que estáis participando en esta siega comunitaria y a todos los forasteros que, como yo, hoy os acompañamos en esta celebración.
Decía el célebre pintor Pablo Picasso: “Si se sabe exactamente lo que se va a hacer ¿para qué hacerlo?” Por eso yo que no sabía muy bien dónde me metía cuando me llamó Cristina, vuestra alcaldesa, invitándome a realizar este saludo me dije “¿por qué no?” Y decidí venirme a Alaejos.
Alaejos es un pueblo pintoresco y con historia. Falafeios era su antiguo nombre, un pueblo con aleros y cornisas de ladrillo mudéjar en sus iglesias; una localidad donde la agricultura y la alfarería han dado de comer a muchos de sus habitantes desde antiguo; una población con dichos populares como “beber a peto” o “comer a pilón”, con frases populares que lo comparan con la capital de España: quién no ha oído la frase “Tres cosas tiene Alaejos que no las tiene Madrid: Barragán, Pedro Mella y la calva del tío Gil”. O esa cantinela con la que los alejanos soléis adornar vuestras expresiones: Co.
“– ¿Sabes cómo se llaman las dos mulillas que han traído para la trilla?
– Golosina y Gominola.
– Co, ¡no jodas!”
O esos refranes que “espetan” los jóvenes a los forasteros en las fiestas de los pueblos vecinos: “Muchas chicas hay en Rueda, también en Nava del Rey, pero las alejanitas son las que marcan la ley”
En definitiva, cuando los representantes de un pueblo como este, con tantas peculiaridades y personalidad, invitan a un maestro de escuela a ser protagonista en un acto suyo, casi íntimo, su Fiesta de la Siega, no puedo por menos que responder con mi gratitud.
Habéis recogido la mies de madrugada; alguno habrá alegrado el gaznate con aguardiente, como se hacía de antiguo; algún anciano habrá preparado los vencejos para agrupar las gavillas y hacer los haces; alguna se habrá estrenado con la hoz y la zoqueta; habéis trabajado como antes, en familia; habéis acarreado, con ayuda del carro y las mulas, los haces hasta el pueblo y ahora nos queda esparcir la mies por la era, preparar la pareja, unirla al trillo y marear el trillo en la parva, rompiendo la mies para liberar el grano.
Ya os habéis ganado el descanso, el hambre aprieta, la siesta espera y este saludo toca a su fin y en el epílogo quiero recordar esas figuras antiguas que están desapareciendo de nuestros pueblos y que tantos recuerdos traen a nuestros mayores. Me refiero a las figuras del alguacil o pregonero que eran, sin duda, el altavoz, el periódico local, el Internet de entonces; esos señores que, quizá con una gorra, quizá con una banda que le cruzaba el pecho, y siempre con una trompetilla o cornetín, eran los encargados de transmitir las noticias, de leer los bandos, de comunicar los avisos, en definitiva, de pregonar a viva voz lo que verdaderamente interesaba.
Como homenaje a esas figuras, a esos antiguos oficios, voy a narraros un antiguo romance que aquí, en Alaejos, hace una montonera de años cantaba un ciego acompañado de su lazarillo en la puerta de la ermita de Nuestra Señora de la Casita un jueves de compadres. El romance se titula La princesa y el segador, y dice así:
“El conde de Romanones
tiene una hija muy guapa
su padre que ha de ser monja
ella que ha de ser casada.
Pasan condes y marqueses
y a todos los despreciaba
pasó un día un segador
y ese es el que le gustaba.
¡Oiga usted buen segador!
¿quieres segar mi cebada?
y el segador le contesta:
según donde esté sembrada.
Ni está en alto ni está en bajo
ni en umbría ni en solana
que está encima las rodillas
y debajo las enaguas.”
Sirva este antiguo romance
para alegrar vuestras caras,
sirva como aperitivo
del buen cocido que aguarda,
sirva para desearos buen provecho y
muchas, muchísimas gracias.
Manuel Fuentes López
SALUDO DEL SEGADOR, EN ESTE CASO SEGADORA, 2006
Buenos días.
Lo primero que quiero decir es que me siento muy agradecida al pueblo de Alaejos por estar hoy aquí, aunque me siento y estoy muy cerca de vosotros, porque tengo buenos amigos aquí. También quiero saludar a todos los forasteros que, como yo, están hoy aquí en esta fiesta.
Dice la historia que Alaejos fue repoblado por portugueses, gallegos, leoneses y mozárabes que vinieron por la Vía de la Plata y que el nombre que le dieron fue Falafeios. Lo que sí afirmo es que Alaejos es una villa ilustre, nombrada por el buen vino y que, como afirma el padre Guadix, “Vale en lengua arábiga como peregrino por acudir los forasteros a esta llamada del buen vino y si es así por acudir muchos forasteros o porque los de Alaejos traían y bebían el vino o se hacían peregrinos para llevarlo a otros lugares”.
En definitiva, si una villa tan ilustre como ésta me invita a su fiesta de la siega, no puedo por menos que estar muy agradecida a este pueblo.
Esta fiesta me trae muy bellos recuerdos de mi infancia, donde pasaba los veranos en un pueblecito de la provincia de Ávila, donde nació mi padre, y recuerdo las labores de la siega que realizaban mis abuelos.
Se iba al campo a las cinco o las seis de la mañana y sólo se descansaba una hora para almorzar; en aquellos tiempos se tenía poco, pero el que tenía chorizo, llevaba chorizo, y el que no, pues tocino rancio.
Primero se segaban las cebadas y después creo que los trigos y posteriormente los centenos. Después de golpear las espigas en una tabla, recuerdo que se igualaban las espigas y se juntaban los manojos para hacer una moraga, que se ataba por arriba y por abajo, y se guardaba hasta el año siguiente.
El montón de paja se dejaba en el medio de la era. Para todos los chavales y chavalas de mi edad o, como decían en el pueblo, los muchachos y muchachas, la “era” era un lugar divertido. Yo ayudaba a mi abuela, como podía, a barrerla con una especie de escoba garranchuda, que se hacía con las ramas del río que estaba a cuatro kilómetros del pueblo.
Pero quizás lo más ameno de todo era la trilla: trillaban igual los hombres que las mujeres, pero sobre todo los chicos a los que nos encantaba subirnos y ¡a dar vueltas! Poníamos un “siento” dentro del trillo y allí nos sentábamos. Una vez que te metías en el trillo, casi todos cantábamos. Al lado de la era que yo trillaba con mis abuelos, una mujer del pueblo cantaba:
No está aquí, mi madre
no está aquí, no, no
no está aquí mi madre
solita estoy yo.
Por eso me gusta esta fiesta y venir a Alaejos, porque me recuerda mi infancia, pero porque también Alaejos tiene muchas más cosas que ofrecer. Quién no ha oído la frase: “Tres cosas tiene Alaejos que no las tiene Madrid: Barragán, Pedro Mella y la calva del tío Gil” o la musiquilla y acento con los que los alejanos soléis adornar las frases como: Co ¿sabes cómo se llaman las dos mulillas que han traído para la trilla? Baya y Bayón... Co, ¡no jodas!
Habéis recogido la mies de madrugada, habéis bebido de la botija y el porrón, o alguno habrá alegrado el gaznate con el aguardiente, habéis trabajado en familia como antes, habéis traído las mulas y los haces hasta el pueblo; nos queda lo que a mí más me gustaba: la trilla, y después de la trilla y una vez aventado, vendrá la criba y el harnero.
Pero ahora nos hemos ganado el descanso, ese cocido alejano nos está esperando para recordar tantos buenos recuerdos, que pueden desaparecer de nuestros pueblos cuando desaparezcan nuestros mayores.
Como homenaje a nuestros antiguos oficios voy a hacer de pregonero y de transmitir o pregonar la siega 2006 con un poema de los segadores del cancionero popular que sé:
Ya vienen los segadores
de segar pan de Castilla,
con el atadito a cuestas y
abrasadas las costillas.
Ya vienen los segadores,
ya vienen de trabajar,
vienen de coger la espiga
y dejarse la mitad.
Ana Vázquez Vegas. |